Grindadráp, o la dificultad contemporánea de mirar el mar
La sangre convertía el fiordo
en una variación del atardecer
donde rojo no significaba todavía
advertencia ecológica
ni trending topic
ni código hexadecimal en pantallas
midiendo la temperatura exacta
de una herida
sino apenas el color
de aquello que alguna vez
permitió sobrevivir
a un archipiélago
golpeado por inviernos
el océano no era paisaje
sino despensa
y calendario;
la matanza de ballenas
podía leerse como tradición
antes de convertirse en evidencia aérea,
drone footage,
resolución 4k,
la violencia circulando entre pantallas
para mirar el mar teñido sin olerlo,
sin escuchar
el golpe hueco de los cuerpos
contra las piedras negras de las Islas Feroe,
donde cada arpón entrando en la carne
parecía menos un acto de caza
que una firma ancestral repetida
sobre un documento
imposible de traducir del todo
a la moral contemporánea;
o bien el océano era solo
otra superficie reflectante
como esas ampliaciones fotográficas
donde el grano revela
no la verdad
sino la textura misma
de nuestra necesidad
de acercarnos
porque mientras más zoom hacemos
sobre la imagen de una ballena agonizando
entre espuma roja
más difícil resulta distinguir
si estamos mirando un crimen, un rito
o la lenta incapacidad humana
de abandonar
aquello que alguna vez
nos mantuvo vivos.
