Las historias comienzan cuando alguien se va o cuando alguien llega. Es lo que dice Vladimir Proop. Cuando alguien llega, puede causar incertidumbre, por ejemplo, en un poblado, un forastero, porque el resto de las personas no sabe a qué obedece su presencia. No saben si viene por sus riquezas, sus tesoros, o simplemente llega buscando un hogar.
La gente llega cuando nace. Un hijo o una hija, que dan luz y felicidad. Pero no sabemos si esa cría trae bendiciones y maldiciones. A lo mejor no era el momento para tenerlo, o tal vez sí.
La gente se va cuando se cambia de residencia, cuando se marcha de nuestras vidas o cuando mueren. El cambio de residencia del mejor amigo puede causar nostalgia, del novio o la novia, locura. Cuando terminamos una relación de amistad, de noviazgo, de matrimonio alguien se va. También se va la gente cuando terminan ciclos, como la escuela o el trabajo, que nos sirven de puntos de reunión.
Por supuesto, la gente se va cuando muere…
Pero esto tiene matices, porque la gente no llega del todo, paulatinamente se va incorporando a la sociedad, a los grupos, a la vida de otras personas. De igual forma, cuando se van, no siempre se van del todo, están los progenitores que, ya no estando juntos, tendrán que velar por el bienestar de una cría en común. La amistad verdadera, que separada por la distancia, siempre dará de que hablar cuando cada uno de esos amigos haga las cosas que hacían juntos, o los lugares que frecuentaban estando juntos.
O de los muertos, que no nos abandonan del todo.
Y de eso trata Lo que guardamos para el final (Editorial Capítulo Siete), de Silvia Mendoza González, porque hay historias en las que las personas se van físicamente, pero permanecen en nuestra memoria. Una dimensión en la que, paradójicamente, se puede estar y no al mismo tiempo.

Silvia Mendoza González en la presentación de su libro, en Oaxaca
En “Hace nueve días se fue”, Gabriela nos retrata la vida que sigue sin esa persona que nos acompañó. Se hace un nudo en la garganta para aquellos que hemos perdido a un ser muy muy querido.
La ausencia como una mezcla de esas dos instancias parece, en la mayoría de los casos, melancólica, desalentadora, porque perder a un hijo, un hermano, un abuelo, una tía, una amiga, sustantivo de afecto y cercanía, su pérdida, será un golpe que dolerá.
Pero la ausencia como mezcla de esas dos instancias también puede ser sanadora, si quien muere era alguien que ya merecía la paz, un enfermo de gravedad, por ejemplo, porque verlo partir nos hará sentir que estará en un lugar mejor. O el caso del violentador, que ya sea porque se ha cansado de hostigar, se ha reformado, ha muerto o desaparecido, porque su ausencia restaura la paz y hace nuestro lugar, nuestros lugares, mejores.
Pero la ausencia como mezcla de esas dos instancias también puede ser inspiradora, porque quien se marcha fue una gran mujer o un gran hombre y su marcha nos recuerda que, aunque finitos, somos perfectibles, podemos ser mejores, y tratarán, trataremos de emularlo.
En “El mole se cayó” nos ilustra con un panorama un poco distinto, que los recuerdos nos hacen dudar, pero la realidad, lo que es, nos empuja a seguir adelante. Porque el presente es más alentador que el pasado.
De esto trata Lo que guardamos para el final, porque en la cotidianeidad ocurren estos sucesos.
Nuestra presencia puede ser luz para algunas y oscuridad para otras.
Una presencia que se impregna en los actos y las cosas, como fantasmas que permanecen para desalentarnos, sanarnos o inspirarnos, y muchas cosas más.
