«Nosotros íbamos a envejecer juntos. Lo digo en voz alta por escucharme, y compruebo lo melodramático que suena: nosotros íbamos a envejecer juntos. Lo repito con más fuerza, buscando el eco en el dormitorio vacío, exclamatorio: ¡nosotros íbamos a envejecer juntos!».
Así arranca Feliz final, una novela trepidante que empieza por el final, por el epílogo, y termina, obviamente, cuando llegamos al principio, al prólogo.
«Pruebo a decirlo sonriendo, como un vendedor telefónico: nosotros íbamos a envejecer juntos. Nada. Sigue sonando aparatoso. Ahora engolando la voz, rodilla en tierra, calavera en mano, pausas dramáticas. Nosotros. Íbamos. A envejecer. Juntos».
Escribe Isaac Rosa a lo grande, la maestría es palpable, se vierte en el texto cuando el texto se lo pide y si después le pide que vomite, vomita, no es el suyo un escribir de escribiente, sino un escribir desesperado, el escribir de un autor que tiene mucho que decir y que, además, sabe cómo decirlo.
«Abro los brazos para llenar pulmones de tenor, la orquesta se eleva, el público se estremece, tintinea la gran lámpara sobre la platea: nosotroooooos íbamos a envejecer juntooooooooos. Caigo muerto en el escenario, baja el telón, aplausos, hipidos».
Feliz final es un diálogo a dos, marido y mujer, no puede la separación separarlos, ¡tienen tanto que decirse!, ¡tienen tanta rabia acumulada!, tienen, en definitiva, tantos recuerdos comunes.
«Lo tecleo en el teléfono, en varios intentos: Nosotros, íbam, y borro. Nosotros íbamos a env, y borro todo. Nosotros íbamos a envejecer juntos. Tras observar unos segundos las palabras, que hasta en la pantalla fosforita resultan grandilocuentes, las borro de nuevo, bloqueo el teléfono, paseo hasta el salón, me siento en el sofá cojo, único mueble que queda en todo el piso».
La conversación no da respiro, ni siquiera se permiten una pausa, y por eso el texto no tiene puntos y aparte, porque el que habla no deja hueco, todo lo más una brevísima coma, no deja hueco porque no quiere ser interrumpido.
«Doy unos botes en el asiento, lo hago taconear en el parqué. Nuevo intento: Nosotros íbamos a envejecer juntos. Leo, releo. Busco en la libreta de contactos, selecciono tu nombre, que sigue siendo el primero, aquel al que llamarían los servicios de emergencia en caso de encontrarme muerto. Una última revisión del texto y por fin hago clic en Enviar. Ahí va».
Isaac Rosa ha escrito un novelón, su Wendy particular le cosió el talento al pantalón y allá va, como un ciclón, original, diferente, atrevido, mágico, dicen los entendidos que el arte ha de aportar algo nuevo, contribuir, añadir, y nuestro autor aporta con su voz, con su estilo, con su ingenio, bendita precisión, bendita atmósfera, contiene Feliz final la magia que toda literatura debe contener, aún oigo a esos dos que, quién sabe, igual hasta se quieren, igual hasta se siguen queriendo, ¡eh, vosotros, qué hacéis!
