“A las niñas les enseñan muchas cosas. Si un niño te pega, le gustas. Nunca trates de emparejarte los flecos. Y un día conocerás a un hombre maravilloso y tendrás tu final feliz. Cada película que vemos y cada historia que nos cuentan, nos imploran que esperemos el giro del tercer acto: La declaración inesperada de amor. La excepción a la regla. A veces nos concentramos tanto en el final feliz que no aprendemos a interpretar las señales, a diferenciar entre los que nos quieren y los que no… Entre los que se van a quedar y se van a ir”.
El clásico recordatorio anual de Occidente deviene de una película de 2009: Si un tipo no te habla/llama/busca, es porque no quiere.
La primera vez que lloré conmovida por una boda fue en 2014, viendo el video especial de Tiler Peck y Robbie Fairchild en el canal de Martha Stewart. Una de ensueño que terminó en divorcio y ciertas incomodidades, con Fairchild eventualmente confirmando su homosexualidad y Peck hallando el amor en un hombre un poco más joven. La última vez que lloré fue apenas en marzo, con el video de la youtuber Micarah Tewers revelando su segundo compromiso, ahora con alguien que a leguas se nota que es “el indicado”, a diferencia del anterior.
Sobre las concepciones amorosas y nupciales, en un artículo por parte del DIF Jalisco se confirmaba en 2005 el detalle que aún hoy, tras dos décadas, aún se perpetúa: Mientras para las mujeres, “es la máxima realización personal en la búsqueda de sus sueños e ilusiones para lograr su felicidad, pero además está en función de hacer feliz a su pareja y familia”, en los hombres, “además de casarse para formar una familia, la necesidad de compartir su vida y experiencias con alguien más, entendiendo con tal no estar solos”.
Resulta que hace tiempo, no sé dónde, leí a una mujer teorizando sobre el hombre estadounidense promedio, y sus motivaciones detrás del matrimonio; sobre cómo puede durar años en una relación y no decidir casarse, a pesar incluso de sentirse enamorado o que ella sea la elegida, para, de repente, en una siguiente relación, contraer nupcias. Que mientras la mujer generalmente busca casarse con el hombre de su vida, el hombre lo hace cuando está listo, no necesariamente con la mujer de su vida; incluso, que desde que conoce a alguien, ya la diferencia en esa mítica lista mental de las mujeres con que se casaría, las que no, las que son para algo casual o para algo serio. Estereotipos que, desafortunadamente, he confirmado de forma personal.
Ya a finales del siglo pasado, Julieta Quilodrán analizaba el comportamiento de las nupcias en el contexto mexicano, el cual, en pleno 2026, está más vigente que nunca: “Los matrimonios se han incrementado, (pero) la soltería ha aumentado en menor proporción, y la consensualidad (uniones libres), los matrimonios solamente religiosos y las uniones interrumpidas han disminuido, pero los divorcios y las separaciones se han multiplicado varias veces, sobre todo entre las mujeres. Ella señala que: ‘La proporción de mujeres viudas, divorciadas y separadas es 3.3 veces mayor que la de los hombres lo cual nos habla de una mayor sobrevivencia de las mujeres a la vez que de una mayor tendencia de los hombres a contraer nuevas nupcias”, le cita Cecilia Gayet en su artículo analizando la edad promedio del hombre mexicano que llega al altar.
Mientras vuelvo a ver esa película de 2009, me pongo a pensar en la diversidad de matrimonios que he ido conociendo personalmente, y cómo está en mí la esperanza de que todas esas uniones confirmen esa sintonía y compatibilidad romántica, mientras recuerdo todas las veces que he teorizado cuántos individuos masculinos conocidos no nos tendrán divididas en esas listas, clasificándonos antes incluso de que nosotras procesemos el posible vínculo. Quizás lo importante sea hallar ese equilibrio entre los escenarios amorosos con bodas ensueño y saber leer esas señales para entender cuándo esa otra persona es o no para ti.
“Y quizá el final feliz no incluye un tipo maravilloso: quizá el final eres tú, sola recogiendo los pedazos y volviendo a empezar. Liberándote para encontrar algo mejor en el futuro. Quizá el final feliz sólo consiste en seguir. O quizá este es el final feliz: Saber que a pesar de todas las llamadas y corazones rotos, a pesar de todos los errores y las señales malinterpretadas, a pesar de todo el dolor y la vergüenza, tú nunca, nunca perdiste las esperanzas”.
Referencias
1.- Cervantes Ríos, J.C. (2005). “Relaciones de pareja, matrimonio y amor”. Estudios sobre las familias (Vol. 4). DIF Jalisco.
2.- Gayet, C. I. (2002). “Los matrimonios de los hombres de más de 35 años: ¿la búsqueda del rejuvenecimiento? Una perspectiva a partir de las diferencias de edades entre cónyuges”. Estudios Demográficos y Urbanos (núm. 49). El Colegio de México, A.C.
