Hay «escritores» que andan por ahí vendiendo bien y recibiendo elogios de gente «importante» y ganando premios, y, la verdad, ni siquiera ellos se creen lo que escriben. O quizá sí. Pero eso sería peor.
Solo he leído el primer capítulo, diez páginas, y veinte euros a la basura, me cuesta entender lo que está pasando, me cuesta creer que la gente, incluso la «importante», lea tan mal, que es casi como decir que no saben leer.
La protagonista se muda a una alquería y, nada más llegar, descubre un espantapájaros encaramado a un árbol. La cabeza del espantapájaros es un cráneo de oveja con una peluca roja.
Pues bien, esa misma noche sale «a pasear a la luz de las estrellas», y contempla «luciérnagas y chiribitas de ojos de gato», y se deja «acariciar por la oscuridad y la brisa nocturna» mientras «el espantapájaros sacude su peluca roja al viento y asiente a mi paso con un movimiento del cráneo de oveja que tiene por cabeza, en una suerte de espasmo que por poco lo desmonta y deja ver que lo han ensamblado con un cable y que en la testa del cráneo tiene garabateadas un par de palabras en cirílico y varios signos que, más que alfabéticos, me recuerdan a símbolos astrológicos o arcanos».
O sea, que la misma brisa que a ella la acaricia, al espantapájaros casi lo desmonta. O sea, que a la luz de las estrellas puede ver con claridad lo que hay escrito en la cabeza de un espantapájaros que está encaramado a un árbol.
Pero hay más, aunque no me cabrá todo en esta reseña, ¿cómo se puede errar tanto en tan pocas páginas?, y ¿cómo se hace para que después te ensalcen los «importantes»?
La alquería que ha comprado nuestra protagonista tiene un pozo, y en cuanto llega llena «una enorme jarra de loza con agua fresca del pozo. Luego me bebo dos vasos enteros, maravillada con el sabor y convencida de que a la larga mis riñones agradecerán el cambio en la mineralización».
A ver, el que escribe vive en una finca (de verdad) y no tiene agua de la red pública. El que escribe se encarga del mantenimiento de la potabilizadora. Porque el agua que sale de un pozo rara vez es potable. Y menos aún en un terreno pantanoso como el que describe nuestra protagonista.
Para beber agua de un pozo es necesario hacer análisis periódicos, porque puede contener bacterias, parásitos, nitratos y no te cuento qué más. Por otro lado, el agua de pozo suele ser dura o incluso muy dura porque disuelve minerales en su recorrido. Además, ¿acaso nuestra protagonista bebía agua del grifo?
Segunda página: «Ahí mismo puede usted dejar el coche, bajo la sombra de la higuera, aunque ya se está poniendo el sol», le dice el lugareño a nuestra protagonista, pero el caso es que estamos al final del otoño, o sea, en diciembre, y las higueras, en diciembre, ya están sin hojas.
Acabo de empezar y ya se me acaba la reseña, pues hay que respetar la extensión y tengo que ir pensando en el punto final. Emilio Bueso no me volverá a pillar, su poética me parece impostada, expresiones que chillan, adjetivos de relumbrón, y una prosa mercantil. Y sus personajes, dos en este primer capítulo, no tienen alma.
