Yo llegué la noche del incendio.
Estaba algo ebrio y marihuano, así que no salí de mi cuarto hasta que mi padre vino a levantarme.
—Rápido —gritó—.
—Tu tío, tu tío está adentro.
Mi tío Samuel vivía con nosotros. Era el mayor de todos.
Tenemos un terreno grande donde está nuestra casa y un cuarto aparte con baño propio, una cama y espacio para un sillón y televisor.
A mi tío nadie lo cuidaba. Tenía dos hijas, Mónica y Lorena. Esta última siempre me cayó mal; me molestaba cuando éramos niños, y todo por ser mayor que yo. Ellas vivían a unas casas más arriba de la nuestra. Pero para ellas mi tío solo era un extraño.
Alguien que nunca vio por ellas.
Mi padre, viendo que su hermano después del divorcio se quedó sin nada, decidió acogerlo en aquel cuarto que acondicionó para él. Nosotros pagábamos todo: agua, luz y gas.
Mi madre le mandaba comida por la tarde; en ocasiones lo invitábamos a comer a la casa. Así que él solo tenía que preocuparse por conseguir dinero para su alcohol y sus cigarros.
Mi tío Samuel me caía bien aunque la familia pensara lo contrario. Era muy gracioso y ocurrente. En ocasiones iba a su casa y me ponía a platicar con él; me contaba de las peleas en su juventud, de cómo era mi padre de niño y lo defendía. Me regalaba cualquier cosa; aunque no tenían valor monetario, para mí siguen siendo su recuerdo más preciado.
Yo pensaba que él odiaba a su esposa, Laura. Pero aún tenía una foto de ellos dos guardada en un cajón. Siempre me decía que eso no era justo, que él había dado todo.
No lo dejaba ver a Lorena ni a Mónica, lo que hizo pensar a ellas que su padre las había olvidado. Aunque en ocasiones me preguntaba por ellas, yo solo le decía que estaban bien.
Así pasó el tiempo. Mi tío era más de nuestra familia que de sus hijas. Pero Lorena siempre le reclamó a mi padre por qué cuidaba a un borracho como él, que debería de estar muerto. Mi papá solo les cerraba la puerta.
Hasta que llegó esa noche.
Yo salí de fiesta. Regresé por la madrugada. Vi que mi prima Lorena salía de nuestra casa, volteando a todos lados; pensé que había visitado a mi tío. La saludé, pero ella no me contestó. Caminó a paso rápido calle arriba.
A los minutos de entrar a mi cuarto, comenzó a arder la casa de mi tío Samuel.
Mi padre entró por mí.
Salí. El humo me quemaba los ojos.
Las llamas iluminaban el patio.
Agarré la manguera, que ya se sentía caliente. Mi madre y mi padre estaban a cubetazos.
Por más que aventábamos agua, el fuego parecía agarrar más fuerza.
Los vecinos salieron y trataron de ayudar, cada uno con un balde en cada mano.
El patio se llenó de humo y de calor.
Todos con la cara llena de sudor y preocupación.
Las ventanas explotaron y nos cubrimos de los vidrios.
Gritaban órdenes, que fueran por más agua, pero de todos los gritos sobresalían los de mi tío.
Tosía.
Gritaba por ayuda.
Por más que llamamos al departamento de bomberos de Santa Elena, nunca llegaron.
Mi padre gritaba: “¡mi hermano!, ¡mi hermano!”.
Mi madre lloraba y parecía murmurar una oración a un Dios que no la escuchaba entre tanto ruido.
Las luces de los bomberos se vieron en la esquina de la cuadra.
Pero algo rompió los gritos.
Un crujido fuerte.
Fue como si todo hubiera quedado en pausa.
El techo se vino abajo con un golpe seco.
Las llamas casi se extinguieron y dejaron paso a un humo negro que nos envolvió a todos.
Llegaron mis primas y, entre lágrimas, le gritaban a mi padre asesino, aunque Lorena parecía no llorar. Aun así, le dijeron que eso no se iba a quedar así.
Velamos a mi tío Samuel.
A cajón cerrado.
Fueron vecinos, familiares, con flores y música para que por lo menos su despedida fuera tranquila.
Mis primas no se presentaron.
Pero a la semana siguiente fueron con un abogado.
Querían la mitad del terreno, ya que decían que aquello le pertenecía a su padre muerto.
Ahora dormimos con miedo.
No podemos bardear el terreno. Es demasiado grande.
Así que todas las noches tratamos de hacer guardia.
No vaya a ser que Lorena entre por la noche sin hacer ruido,
con cerillos y un bidón de gasolina.
