La traducción poética es, en su forma más elemental, un acto de interpretación crítica. Trasladar un poema de una lengua a otra implica no solo un dominio técnico del lenguaje, sino una inmersión profunda en su universo conceptual y estético. Cuando el poema en cuestión, «To Ashes» de W.S. Merwin, articula una meditación sobre la temporalidad, la materia y el lugar de lo humano en el cosmos, la traducción se convierte en un ejercicio de fidelidad no a la palabra, sino a la poética que la sustenta. El objetivo de la versión de «A las cenizas» que aquí presento fue precisamente ese: tomar decisiones formales y léxicas que sirvieran como herramienta analítica, buscando hacer explícita en español la poética de lo no-humano que late en el original.
Sin ser un poema extremadamente complejo, la traducción tuvo dos momentos: todas mis lecturas sobre el tiempo y las temporalidades desde hace ya varios años, y la propia puesta en acción de recurrir a los diccionarios especializados y la toma de decisiones consecuente. En ese sentido, el primer desafío que presenta el poema es su descentramiento del sujeto. Merwin evita el «yo» lírico, esa voz que tradicionalmente organiza el cosmos en torno a su percepción. Para preservar este gesto, la traducción opta por mantener un plano de enunciación que se dirige constantemente hacia una alteridad: las cenizas. El uso del apóstrofe («Oh estación propia», «Oh tú sin principio») no es un mero recurso retórico, sino el mecanismo clave que desplaza el foco del hablante hacia la entidad interpelada. Las cenizas no son descritas desde fuera; se les habla, reconociendo su agencia y su temporalidad radicalmente otra.
¿Es esto una novedad? En absoluto, y sin embargo este desplazamiento se completa con la aparición de un «nosotros» («as we see now»), que la traducción recoge como un colectivo humilde, despojado del excepcionalismo humano. Hay una cierta estructura circular aquí: el “nosotros” que habla es cenizas de igual manera, pero no en su factura alegórica (tan propia de la teología cristiana) sino en una incorporación donde caben tanto la consciencia como la no consciencia. La revelación final —»tú de quien una vez fuimos hechos / antes de conocernos»— es la culminación de este proceso. La traducción «fuimos hechos» en lugar de «nacimos» es deliberada: subraya un origen material, pre-consciente, una fabricación a partir de la misma materia ancestral que las cenizas. Traducción casi al calco propia de un diccionario escolar, que es, al final, la disolución de la identidad en el reconocimiento de una pertenencia geológica.
Para que el poema funcione como un artefacto fuera del excepcionalismo humano, la traducción debe ser sensible a las escalas temporales que invoca. La elección de «crecientes círculos» para «widening circles» busca capturar el gerundio inglés, que denota un proceso activo y en desarrollo, una expansión continua que es a la vez espacial y temporal. Sin embargo, la decisión más crucial en este ámbito es la traducción de «circling ages» por «eras circulares». «Edades» habría mantenido el poema en una escala biográfica o, a lo sumo, histórica. «Eras», en cambio, lo proyecta inmediatamente a una escala geológica. Esta elección léxica es una declaración de intenciones: el tiempo que se consume en las llamas no es solo el de las vidas humanas («las manos / la esperanza los rostros»), sino el de las eras del planeta. La imagen de estas «eras circulares danzando» se convierte así en una compresión poética máxima capaz de colapsar eones en la brevedad del verso.
Una poética no antropocéntrica debe ser, me parece, una poética de la materia y sus conexiones. La traducción buscó enfatizar esta dimensión, y la elección clave fue traducir «mingled nights» como «noches enlazadas». «Mezcladas» o «compartidas» habrían sido opciones correctas, pero «enlazadas» es una interpretación que activa un campo semántico más rico y afín a un pensamiento de los ensamblajes. «Enlazar» resuena con la imaginería ya presente en el poema —los «anillos», los «círculos»—, creando una red cohesiva de conexiones. Su posición en el verso, y por lo tanto su articulación sintáctica, busca ofrecer su rol de conexión (“las noches” enlazadas las manos”) de manera que el enlace funcione ambos sustantivos. Así se obtiene una unidad que puede leerse como ruptura: ¿son las noches las que están enlazadas? ¿o son las manos quienes lo están? Se pretende generar un ensamblaje cuya historia material es consumada y transformada a la vez.
«A las cenizas» es una meditación sobre el retorno a un origen material que precede a la conciencia. La traducción, por tanto, debía ser un ejercicio de despojamiento, un intento de callar la voz del agente humano para dejar que hablara la materia misma, en su quietud final, en esa «estación propia» donde incluso el fuego, el último agente del cambio perceptible, se ha marchado.
