La maravilla de las redes sociales es que, al menos en lo individual, podemos tomarlas tan en serio o a la ligera como se nos antoje. Desde afirmar que una publicación no nos representa hasta que una publicación (o un like) sea la causa de un despido laboral, la virtualidad definitivamente ha permeado en la vida diaria.
Dice la frase del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el universo”. El consenso que me atrevo a recalcar en estos momentos es que, finalmente, las redes son parte del universo terrenal (y no sólo por la discusión ambientalista de que los servidores a cargo del internet consumen recursos). Y es que a todos nos gusta darnos a conocer: verbalizar nuestras características como método de diferenciación, pero también semejanza con otros. Ser parte de la comunidad, tanto los más básicos que no pueden vivir sin internet como los más alternativos que afirman usarlo sólo para lo “básico”.
Recuerdo el anonimato de los chats y foros en línea donde no requerías iniciar sesión, y entonces el interactuar siempre era un saludo a quien lo leyera, quizás gritar tu país y datos curiosos. Las míticas biografías de MySpace con su “About me”, inicialmente creada por una y que luego parecía más bien un obituario en vida, con el top de amigos personalizando sus descripciones, halagos y curiosidades sobre ti.
Aún tras la desaparición de las “Notas” de Facebook, esos cuestionarios para conocerte siguieron populares en Tumblr (e incluso los recuerdo en Fanfiction o Wattpad como un modo de abrirse a los lectores), sentando las bases -a mi parecer- de lo que luego sería tan popular en las encuestas Buzzfeed, o luego en los juegos de Facebook/Messenger.
En su sabiduría desaprovechada, si algo fue una buena actualización en Instagram, entre las tantas que son un desastre o mera copia, fue el implementar las plantillas de “Tu turno”; si acaso, uno de sus grandes obstáculos para darle seguimiento sería su desaparición absoluta tras las 24 horas de la última persona que lo comparta en sus historias, a menos que ésta la deje como destacada, pero la idea de base es suficiente para querer ser partícipe y compartir más.
Es así como recientemente quise sumarme a una plantilla de “10 libros para conocerme”, la cual no logré completar mientras reflexiona las diferencias y similitudes entre libros favoritos y aquellos que permiten saber más de ti. Curiosamente, me quedé a un ejemplar de los 10, pero la reflexión ahora existe para un futuro. En orden aleatorio:
- To all the boys I´ve loved before (2014), donde Jenny Han me atrapó con el manejo de las cartas de amor.
- Fangirl (2014), porque Rainbow Rowell reflejó el universo del fanfiction maestralmente.
- Since you’ve been gone (2013), y el trauma que Morgan Matson generó por esos objetivos y amistades de verano.
- Ocurre todavía (2016), con el que Eduardo Hurtado me convenció que me gusta la poesía.
- Gordas. Historia de una batalla (2002) y el espectro de los traumas sobre la gordura que Isabel Velázquez supo abordar.
- Guerra Mundial Z (2006), pues Max Brooks logró crónicas posibles a través del misticismo de los zombies.
- El código Da Vinci (2003) y el alimento que Dan Brown nos dio a los que amamos las conspiraciones.
- Los sueños del insomnio (1977), porque Luis Spota no supo que una tijuanense haría su tesis sobre el libro.
- Donde termina el arcoíris (2004), con Cecelia Ahern confirmando mis traumas amorosos.
