Palabras
Uno no entiende mucho por qué ha venido al mundo.
Solo a través de las palabras resucitamos
a ser conscientes, a crecer, a pertenecer,
a jugar, a obedecer, a curtirnos de mitos,
a escoger entre ser próceres o mercenarios.
Nos debatimos entre dos fluctuantes discursos:
las palabras del yo de verdugos y tiranos;
las palabras del tú de piadosos y mecenas.
Ambas mudan de piel, se traspapelan sin fin.
Se puede ser a un tiempo mendigo y soberano.
Las palabras van alienando al ser más profundo;
cuando no taladran con saña infanticida
van sellando una mancha difícil de borrar;
y en el alboroto de la áspera existencia,
encubren, se obsesionan, sojuzgan, desatinan.
A pesar de que decir la verdad es consenso,
que los poderes de todo tipo legitiman;
a pesar de la ética y las buenas costumbres,
siempre una sombra de simulación nos rodea.
Entre el fondo y la forma acecha la hipocresía.
Lo ideal es manejar con tiento las palabras,
cuidarse de razonar lo oportuno y preciso.
Pero la vida avanza imparable y no hay tiempo;
hablar con escrúpulos genera desconfianza.
Es vital, en todo momento, ser seguro y práctico,
y a la vez, saber desempeñar bien los papeles;
saber ser un buen actor sin siquiera advertirlo;
saber discernir entre rumores y falacias,
y el razonar generador de la verdad crítica,
entre la libre expresión y el juicio subjetivo.
En todas partes se infiltran las hostilidades.
Las palabras chillan, palidecen, se desangran
en insultos, frases irónicas e indirectas.
Las que perseveran rumiando en la conciencia,
como labor de zapa, son las que más nos dañan.
Pero gravita una fuerza que nos hace inmunes:
la dignidad que desmantela los pensamientos,
que deshollina la mente de odios y rencores;
la dignidad que nos atrinchera de las máscaras,
que en la desesperanza alborea recomienzos.
Si somos de esos seres que hambrean en el tú,
importa saber que no hay palabra que socave
la fuerza elemental de la vida, el deseo
de permanecer en el concierto de este mundo,
creyendo en la belleza y la virtud sin ambages.
Uno a regañadientes va entendiendo este mundo;
y asume al cabo que las palabras enaltecen.
Tras un simple “buenos días” algo se renueva;
el decir de un niño se nos antoja un oasis;
se enuncian motivos que redimen y prometen:
Para la pérdida, las palabras del consuelo.
Para el agravio, las palabras de la justicia.
Para la soledad, las palabras del amor.
Para el enigma, las palabras de la ciencia.
Para lo incierto, las palabras de la poesía.
Poema incluido en el libro Quintaesencias, publicado por Editorial Capítulo Siete.
