Entraste en lo editorial con El baile de las lagartijas. Premio de Novela Vicente Blasco Ibáñez. Corría el año 2011. ¿Cómo has vivido estos catorce años? ¿Han cambiado mucho las cosas? ¿Dónde piensas que estaremos dentro de catorce años más?
―El otro día le decía a un amigo que, hace quince años, habría sabido qué consejos darle a alguien que quisiera publicar su primera novela. Tenía una ruta más o menos clara: a qué editoriales llamar, qué premios considerar, qué agencias explorar. Hoy, sin embargo, no sabría por dónde empezar. No sabría qué ideas ofrecerle. Todo se ha masificado.
»Desde fuera, el mercado editorial puede parecer un sector muy tradicional, que apenas evoluciona. Pero la realidad, cuando se conoce un poco más de cerca, es distinta. En estos últimos años, los cambios han sido profundos. La digitalización, la autoedición y, sobre todo, las redes sociales han convertido la llamada ingeniería social —la habilidad para construir relaciones, visibilidad y comunidad— en un factor esencial para que un buen agente o editor te tenga en cuenta. Los hábitos de lectura se han transformado; el audiolibro ha irrumpido con paso lento pero firme; y aunque el papel sigue reinando, el ecosistema narrativo ya no es el mismo.
»A simple vista, podría parecer que hay más opciones: más editoriales, más agencias, más premios. Pero también hay más homogeneidad en la oferta, consecuencia directa de la absorción de sellos pequeños por parte de grandes grupos. Y, sobre todo, hay muchos más aspirantes a escritor. Esa es, quizá, la mayor transformación: la escritura se ha democratizado. Internet ha abierto la compuerta y ha saturado los buzones de entrada de editoriales y agencias. El sueño de publicar ya no es minoritario, y eso ha cambiado las reglas del juego. Hoy resulta muy difícil —por no decir imposible— sobresalir en el océano de manuscritos que llegan a diario a quienes pueden dar una oportunidad. Y digo una oportunidad porque no hay opción de construir una carrera si, por la razón que sea, un libro no funciona a nivel de ventas.
»En cuanto al futuro, las predicciones son, por definición, inciertas. Pero también tienen algo de juego, así que juguemos. Te diré que no soy amigo de los apocalipsis cotidianos, sin embargo creo que el mercado editorial tal como lo hemos conocido está a punto de estallar. La irrupción de la inteligencia artificial lo cambiará todo.
»No creo que eso signifique el fin de la literatura. Al contrario: la gente seguirá escribiendo, porque escribir es una forma de entenderse a uno mismo y de comprender el mundo. Seguirán contándose historias —¿acaso esto que te cuento no lo es?—, pero todo lo que rodea al comercio literario está en riesgo de desaparecer.
»Primero caerán los traductores y los correctores de estilo. Luego, los escritores que se apoyan en estructuras previsibles y plantillas narrativas fácilmente replicables; la IA los superará en eficiencia y efecto. Después vendrán los propios editores: una máquina podrá leer quinientos manuscritos en un minuto y predecir cuál encaja mejor con una línea editorial o tiene más posibilidades comerciales. ¿Será falible? Por supuesto. Pero también lo son los humanos. ¿Y qué pensarán los encargados de tomar las decisiones cuando comparen ese margen de error con el ahorro en tiempo y dinero?
»A partir de ahí, el efecto dominó será difícil de detener y, lo que vendrá después, un salto al vacío. Tal vez veamos una mayor concentración editorial como forma de resistencia. Tal vez los autores se conviertan en marcas, encargados de gestionar directamente a su comunidad de lectores. Tal vez accedamos con naturalidad a narrativas no occidentales, del mismo modo que hoy leemos bestsellers anglosajones. ¿Desaparecerá la crítica literaria, reemplazada por algoritmos que recomienden lecturas según nuestro estado de ánimo o incluso el nivel de glucosa en sangre? ¿Se consolidarán los géneros híbridos? ¿Veremos una explosión de literatura autobiográfica, esa última frontera emocional frente a la que la IA, al menos por ahora, tropieza? ¿La lectura se volverá cada vez más visual, fragmentaria y pasiva?
»No tengo respuestas definitivas, pero sí la certeza de que lo que entendíamos por industria editorial cambiará radicalmente. Y que, como en toda metamorfosis, habrá pérdidas y, quizá, nuevas oportunidades.
