Hay muchas historias sobre el primer llanto. Especulaciones sobre que los gritos y lágrimas surgen al ser arrancados del espacio seguro al interior de la madre, y la llegada al mundo exterior. Mientras el cirujano me habría el ojo, yo no podía pensar en ningún renacer, sino en el infierno en mi rostro.
Toda la vida han y he bromeado sobre mis ojos pequeños, que si de japonesa o de coreana, curiosamente nunca el chiste de “ojos de regalo”; previamente, tomando en cuenta también mi experiencia con los pupilentes, mi doctora ya me había dicho que era seguro que fuera más intenso mi caso, al ser dos aparatos interactuando en el espacio pequeño que es mi ojo. El papel quirúrgico ocultó el grito silencioso dado.
Una de mis películas de cabecera de la infancia era “Reporte menor”, sobre todo por los conflictos con el tiempo, el rol de los videntes y tecnologías que poco a poco van existiendo, pero entre las escenas siempre recuerdo el momento en que John acude a su cambio de ojos para no ser detectado. Tras la anestesia para no sentir el rostro, el “médico” le coloca una mascarilla que le abre el ojo y John no lo siente; no sabemos si la cirugía sí la siente porque hay un salto de escenas muy necesario. Puedo afirmar que la cirugía no la sentí, a pesar de las dificultades para ver la luz verde que me señalaban, al tiempo que pasaba de ver negro a verlo todo; pero el estiramiento de la piel me dejó un trauma corporal que aun escribiendo voy sacando.
El primer ojo fue el infierno. El segundo, ya esperable, fue más llevadero al inicio, pero eventualmente se me juntaron las tensiones y mi corazón parecía salirse mientras intentaba no tensar el rostro. No pretendía salir llorando, pero lo hice. Lloré y lloré no por la sorpresa de la cirugía, que al parecer es lo que a muchos impacta, sino por el suplicio aguantado, peor aún que en el tatuaje de mi columna y la pausa del tatuador para preguntarme cómo estaba (se sorprendió al responderle que estaba sufriendo inmensamente, pues en la quietud de mi cuerpo no se notaba); peor también que los cólicos previos a la que fuera mi cirugía del quiste ovárico. Y sí, en esta ocasión también sorprendí a mi doctora (que no fue mi cirujana, pero me acompañó); lo leí en sus ojos al explicarle nuevamente que lloraba por la dolencia aguantada y no por lo “traumático” del breve proceso.
Mientras me pongo mis lentes de sol, nuevos compañeros de vida, confirmo que por el momento el postoperatorio ha sido llevadero. Más allá del posible trauma mental al sentir que mi rostro es demasiado grande (el cual exploraré en un futuro), lo más difícil resulta el no poder tallarme los ojos y batallar para quitarme las lagañas, el tener que evitar a toda costa el agua y el maquillaje o la visión borrosa que de vez en cuando seguiré teniendo. Nimiedades ante una cirugía tan costosa donde, tras la llorada, salí tranquilamente, fui al baño y luego cerré los ojos por una hora y media mientras comí una nieve de vainilla y un combo del Carls Jr.
Internamente he comenzado a bromear sobre que el dolor quirúrgico no se lo desearía ni a mi peor enemigo no porque no quiera que sufra, sino, porque a diferencia de dolencias anteriores, los beneficios esperados serán una visión demasiado nítida a la que ahora debo acostumbrarme.
