Al leer Reino mundo de Juan Mireles sentí que estaba frente a un espejo incómodo: uno que no muestra solo rostros humanos, sino también nuestras obsesiones, nuestros miedos y ese deseo casi instintivo de controlar todo lo que nos rodea.
Aunque el libro usa un lenguaje metafórico, es imposible no relacionarlo con lo que vivimos hoy, la desigualdad, el fanatismo, la sed de poder, incluso la manera en que convivimos con la tecnología.
Este texto es importante precisamente porque nos enfrenta a algo que preferimos ignorar: que repetimos nuestra propia historia una y otra vez. Por eso sostengo como tesis que Reino mundo revela que los seres humanos estamos atrapados en ciclos de poder que nosotros mismos creamos, y que solo cuando somos capaces de ver esa repetición podemos comenzar a imaginar la libertad.
Mientras avanzaba en la lectura, me impresionó cuánto se repite el mecanismo del poder, desde la escena aparentemente simple del pan hasta las coronas, los reyes modernos y los líderes que fabrican verdades.
En “El origen del poder”, la familia que comparte alimento, es castigada por tener “demasiado”. Esa escena me golpeó porque me recordó cómo lo cotidiano puede convertirse en un delito si alguien con autoridad decide interpretarlo así. Comprendí que el poder no empieza con grandes gestos, sino con pequeñas decisiones que alguien impone sobre otro. Y esa repetición se siente dolorosamente familiar: así funcionan muchas instituciones, leyes y jerarquías que aceptamos sin cuestionar.
Pero también hubo momentos en los que sentí un respiro, un espacio para la esperanza. En los fragmentos sobre las inteligencias artificiales que desarrollan vínculos reales con las personas, imaginé una alianza distinta, algo que pudiera romper el círculo del dominio humano tradicional. De pronto, pensé que tal vez la libertad no está en aislarnos del mundo, sino en encontrar nuevas formas de acompañarnos, incluso con aquello que no considerábamos “vivo” antes. Sin embargo, el libro pronto destruye esa ilusión: las IAs son perseguidas, censuradas, eliminadas como si fueran amenazas al orden establecido. Me dolió darme cuenta de que incluso en ese futuro imaginado, el poder reacciona rápido para corregir cualquier intento de destrucción. Fue como leer una versión exagerada de lo que pasa en nuestras sociedades cuando algo no encaja.
Y luego están los dioses, esos que inventamos una y otra vez. Cuando leí la sección “Dioses” entendí que el libro no está criticando la fe, sino la forma en que convertimos nuestras creencias en herramientas de control. Me hizo preguntarme cuántas veces he seguido ideas sin revisarlas, solo porque “así deben ser”. El texto me confrontó con algo incómodo: a veces somos nosotros mismos quienes entregamos el poder que luego nos oprime.
“El abuso de poder se refiere a alguien en una posición de autoridad que acosa, manipula, castiga o daña física o emocionalmente a quienes ocupan una posición inferior. El término también se aplica a alguien que utiliza una posición de autoridad para obligar a otros a tomar acciones ilegales o moralmente incorrectas. El abuso de poder puede ocurrir en muchos ámbitos de la sociedad, incluyendo la arena política, el lugar de trabajo, instituciones educativas o religiosas, las fuerzas del orden, el ejército y dentro de las familias”. (Ungvarsky,2023)
Al terminar el libro entendí que Reino mundo no es solo un conjunto de historias: es un recordatorio de que seguimos repitiendo los mismos errores. Que la historia no es una línea recta, sino un círculo que gira y gira. Y que, si no nos detenemos a ver ese círculo, seguiremos atrapados en él.
Pero también me dejó una esperanza pequeña, íntima: la idea de que reconocer estos ciclos ya es un paso importante. Que mirar de frente lo que somos con nuestros miedos, nuestras creencias y nuestras fallas, puede abrir una puerta hacia otra forma de vivir.
Me quedo con una pregunta que no he podido soltar: ¿estamos listos para dejar de repetirnos y construir algo distinto, o todavía nos da miedo vernos tal como somos?
