La casa huele a flores fermentadas. A colillas de cigarro. Olor amargo que sube por las paredes y se queda atascado en el salón. Las moscas dan vueltas en espiral en el fregadero, en el fondo de mi garganta cuando me despierto con arcadas.
A veces pienso que ella es ese olor. Viva en lo podrido de esta herida que se llama vida.
Ella es Luz. Otros días, Mar. Carne. Sangre. Huesos. Tristeza. Ella era Mariana.
Nunca supe si su tristeza era una enfermedad, un sentido, o un fin.
Sus manos eran morenas, frías, tenía los nudillos llenos de grietas. Pelo negro. Decía que cuando me tocaba le dolía entre los dedos, yo era demasiado real, ¿por qué estás conmigo? Me preguntaba.
Dormíamos en una cama baja, casi al ras del piso, porque le gustaba la idea de estar cerca de la tierra. Decía que eso calmaba los pensamientos que se le subían por la médula y caían con ella al piso. La gravedad también es una medicina, me decía.
El día en que la encontré no estaba colgando. Estaba flotando. Suspendida. Como si el cuerpo ya no le perteneciera, sino a alguien que yo no conozco.
No gritó. No dejó carta. No lloró. No dijo adiós.
Solo se sacó el alma como quien se arranca una prenda demasiado ajustada. 30 pastillas de tryptizol fueron suficientes. Eso fue lo que calculé que tomó. Lo vi venir. No le presté atención.
Desde que ella no está, la casa se ha vuelto un organismo enfermo.
Los espejos transpiran. El refrigerador gime por las noches. No lo aguanto.
Las paredes se agrietan donde antes colgaban sus dibujos: trazos de mujeres con pájaros saliendo de la boca. La humedad se apodera de las grietas.
Yo me masturbo con furia. Con rabia. Con culpa. Con hambre. Como si al tragarme el orgasmo pudiera devolverme algo. La echo de menos.
A veces me corto el labio con sus aros. Los muerdo. Los entierro en la palma. Los entierro en mí. Todo lo que entra en la piel es un conjuro. Un alivio.
He empezado a hablarle. Le digo: ¿Dónde estás ahora? ¿Qué haces? ¿Hay un lugar para los cuerpos que se niegan a esperar? Silencio. Eso sí es un silencio, pienso. Sé cuáles son las respuestas.
Duermo. Despierto. Lloro. No entiendo. Duermo. Despierto. Lloro. No entiendo. Salgo. Entro.
El duelo no es tristeza. Es espera. Es saber que hay una parte de ti que ya no es tuya, y que nunca te la van a devolver.
Sueño con sus dedos metiéndose en mi boca.
Sueño con su voz debajo de la cama.
Te amo, me decía.
Un día abrí su diario. Dentro encontré una foto mía, recortada en tiras, con un mechón de mi propio cabello pegado al reverso. Ella me lo había cortado una noche sin decirme. Yo estaba dormida, supongo. Ella cosía secretos con mis células.
Una noche me senté frente al espejo y me recité en voz baja:
Yo soy la otra. Yo soy la después. Yo soy la que recoge los restos.
Esperé. No volvió.
Solo una mariposa negra que se estrelló contra el foco hasta morir.
Última anotación:
Día 144.
Si el cuerpo tiene memoria,
yo seré la lápida.
Que me crezcan hongos en los senos.
Que se me pudran las encías.
Que se me encarne el olvido en la carne muerta.
Porque no voy a dejarla ir. Porque todavía huele.
Hoy la vi a través del espejo. Estaba a mis espaldas. Tenía la sonrisa apagada, Ojos secos. Dientes negros. Me sonrió. Me quedé quieta. No quise voltear. Quédate, le dije. Fui a la cama. Dormí.
