Poemas de Alejandro Paniagua

Desconocimientos

 

Mi padre no sabe que lo miro dormir

y que yo no he dormido bien durante semanas.

No sabe tampoco que soy alcohólico

y que llevo un año sin tomar un solo sorbo.

No sabe que extraño, con furia irrefrenable, el whisky,

y no tanto el Martell VSOP que siempre me ofrecía.

Mi padre no sabe quién es César Vallejo

ni que yo sé de memoria varios poemas de Trilce.

No sabe hacer ningún poder en Street Figther

y mucho menos un “Fatality” en Mortal Kombat.

No sabe que hace dos años, dando de gritos,

amenacé con un cuchillo a mi madre

y luego destruí a patadas la vitrina de pino

donde guardaban las teteras y las figuras de porcelana.

Mi padre no sabe que hace tiempo lo perdoné

por haberme robado una fuerte cantidad de dinero.

No sabe que perdí mis coches jugando a los dados,

a la ruleta y a la baraja española.

 

Mi padre no sabe que mi esposa se fue de la casa

porque dice que cada día me parezco más a él.

Mi padre no sabe que durante años le tuve miedo

y que en una de sus golpizas casi pierdo la vista.

No sabe que siempre recuerdo el día cuando me puso

detrás de él para protegerme de una feroz balacera.

No sabe tampoco que a mis cuarenta años

aún me da terror la oscuridad.

 

Mi padre no sabe cómo controlar algunas partes de su cuerpo

ni que sus pulmones están a punto de colapsar.

No sabe, ni le diremos nunca,

que mi hermana se niega a pagar la cuenta del hospital San Lázaro.

Mi padre no sabe que lo admiro y que jamás seré capaz de revelárselo.

 

 

Posicionamiento de marca

 

Entrené a uno de los búhos del Sanborns

para que les sacara los ojos a mis enemigos.

Peleé mano a mano con el feroz cocodrilo

de una playera, estilo polo, de Lacoste.

Perdí dos dedos en la batalla, pero él perdió la vida.

Envenené la colorida manzana de Apple

y convencí a mi esposa de darle una segunda mordida.

Asesiné a mi mujer porque siempre fue más bella que yo.

 

Instigué una revolución armada para conseguir

la abdicación de una envoltura de Carlos V.

Después la apuñalé por la espalda con una daga

y me puse su corona aún bañada de sangre.

Una noche, se me apareció el fantasma de un empaque de Bubulubu

y me pidió, con tono severo, que vengara su muerte.

Días después, terminé en una fosa ajena,

sosteniendo el cráneo de una Paleta Payaso que presagió,

con su inmovilidad, la muerte de todos a mi alrededor.

 

Obligué al Doctor Simi a robar un riñón y trasplantármelo de inmediato.

Para abrirme el cuerpo usó un machete vestido con una botarga de bisturí.

Por desgracia, el órgano que colocó en mí, era también un monigote,

se trataba de un bazo con una botarga de riñón.

 

Hace poco, dejé abierta la ventana del logo de Windows,

un tipo desquiciado entró a mi cuarto

y se llevó para siempre a mi hijo recién nacido.

Desde entonces, el pájaro azul de Twitter

se ha posado en mi antiguo busto de Palas Atenea.

Sin mover una pluma, repite una y otra vez, a todo pulmón:

#Nunca más, Nunca más, Nunca más.

Anegado de culpas, escalé las montañas del logo de Toblerone.

Ahora miro el abismo acartonado y amarillento

convencido de que mi única posibilidad es el impacto.

 

 

Mis últimas dos vidas

 

Termino el mundo 5-1 de Súper Mario Bros.

Gano 800 puntos que no significan nada.

En el siguiente nivel, Mario devora un hongo

y se vuelve una versión colosal de sí mismo.

Me pregunto si al crecer su semblante,

también crece su alma,

o su ira,

o su eczema,

su taquicardia,

o su pánico.

Quiero saber si su autodesprecio,

su abominación por los otros

y su impulso de masturbarse se agigantan también.

Al menos en mí, estos elementos jamás han dejado de agrandarse.

Un golpe seco del otro lado del muro me hace voltear a la derecha.

Miro caer mi póster de una joven desnuda con casco de astronauta.

La muchacha es hermosa incluso en su caída, en su total abatimiento.

Oigo a mi padre que golpea de nueva cuenta a mi madrastra.

Imagino que él (o tal vez ella) gana 800 puntos que no significan nada.

Maldigo a media voz. Le pongo pausa al juego.

Debo apretar con demasiada fuerza el botón

porque mi desmesura y el tiempo lo han vuelto minusválido.

Saco entonces la antigua .22 del cajón superior del semanario.

Estaba envuelta en una playera pirata del Necaxa.

Cargo dos balas doradas y dos balas plateadas en el tambor.

Abro de un golpe la puerta de madera a punto de podrirse.

Dos disparos al vientre para él.

Dos disparos al cuello para ella.

Una punzada en el hombro me reanima.

Maldigo en voz muy alta.

Tiemblo.

Tiemblan también las piernas de mi padre.

 

En mi cuarto no ha cambiado absolutamente nada.

Le quito la pausa al juego.

Me duele el dedo cuando oprimo el botón

porque seguramente lo lastimó el gatillo.

Espero que me dé tiempo de terminar el mundo 5-2

antes de que llegue el diablo,

mi hermano,

dios

o algunos policías.

Incinero a un Koopa Troopa y miro caer despacio su caparazón.

Gano 200 puntos que son la recompensa de mis actos.

 

Me turba pensar que no podré jugar en mucho tiempo.

 

 

Quemaduras de tercer grado

 

Tu hijo se pinta de colores

las quemaduras de su cuerpo.

Sobre ellas dibuja líneas,

puntos,

espirales,

disímiles estrellas,

siluetas de amibas

y de células,

dibuja diamantes,

laberintos sin salidas

o entradas,

flores,

escamas,

grecas

y algunos arabescos inarmónicos.

Se acerca a ti,

señala sus cicatrices

y asegura:

“Mira, Papá,

soy un alebrije de colores”.

Tú sonríes

porque es la primera vez,

en mucho tiempo,

que tu hijo te parece hermoso.

 

 

Rutinas de un payaso

 

Pinta de rojo el tumor de su mejilla

como si fuera una segunda nariz de payaso.

Ahora es un Augusto mutante,

un monstruo que provoca risotadas,

un bufón contrahecho.

Inclina la sonrisa que dibuja alrededor de su boca

para seguir el trazo determinado por su parálisis facial.

El olor de su peluca dispara los recuerdos infames de su vida:

Cuando era niño, su padre murió de un pastelazo.

Su madre permanece en estado de catatonia sobre la cuerda floja.

Su esposa lo engaña, de forma simulada y en silencio, con un mimo.

Tras ver a veinte payasos entrar en un sedán de puertas oxidadas,

intentó meter a cien mil bufones dentro de un autobús sin luces.

Se fundieron todos hasta volverse un amasijo tornasol.

 

Atribulado por las evocaciones, comienza su espectáculo.

Arrastra al escenario una máquina de rayos X

y hace malabares con las piedras en su vesícula.

Fabrica entonces una serie de machetes de globo

y algunas escopetas huecas y coloridas.

Crea con habilidad a varios campesinos de globo

y a un régimen opresor relleno de aire.

Al final de la rutina elabora una revolución de globo,

y van tronando,

uno a uno,

los militares,

los sublevados.

Se pone un sombrero de capitán del imperio Austrohúngaro

e iza la carpa del circo como si se tratara de gigantescas velas.

Navega sobre las pistas hasta llegar al otro circo de la localidad.

Despliega, en hilera, trece cañones blancos.

Dispara, enfurecido, decenas de hombres bala,

que vuelan por el cielo protegidos con cascos de carbono.

 

Tras horas de ataque sin cuartel, hunde la carpa de sus adversarios.

Los ve morir, se pinta algunas lágrimas en las mejillas.

Arrepentido de sus actos, recorre el sendero budista

sobre un monociclo antiguo que lleva una bocina.

Pedalea hasta que alcanza la iluminación y se vuelve un arcoíris.

Sólo queda en el aire su moño amarillo que no deja de dar vueltas.

El público enmudece durante unos segundos.

La luz del seguidor se extingue, los aplausos estallan.