Interpretamos la niebla en la concavidad infinita. En el alba reconocemos la opalescencia en las montañas y el aroma a madera penetra la piel. Descubrimos las aves en las frondas de la aurora mientras la lluvia se desliza en las calles empedradas y golpea los techos de teja. El rocío, en las violetas, se vuelve bruma con los áureos rayos de sol mientras un colibrí busca miel. Las sombras de los ancestros, bordadas en el follaje de los cedros, se vislumbran cuando la luz del amanecer las traspasa.
Poema incluido en el manuscrito De niebla y olvido de Xánath Caraza.
