Balcón
Este balcón
de balaústres blancos redondeados
de piso blanco y paredes rojas
no es mío
ni la banca
ni las plantas en maceta.
Pero aquí me siento a gusto,
miro desde el segundo piso
la calle y las casas de enfrente
adornadas con afán.
Veo los ficus
las palmeras
los cipreses
las jacarandas y cómo el viento
menea sus ramas.
He disfrutado los relámpagos
el caer de las primeras grandes gotas
y en seguida toda la lluvia
y cuando es tiempo despejado
los cielos completamente azules
o con apenas unas nubecillas blancas.
He visto avecillas de varios tipos
paradas en los alambres
solitarias
o en pares acicalarse una a otra.
He escuchado diversos
pajarillos cantar
cada cual con su tono y su ritmo.
He visto el pecho
de los valientes aviones
cursando el cielo.
Y, si me levanto de la banca
y doy un par de pasos hasta la balaustrada,
alcanzo también a ver
a la izquierda
recostada
una parte de la gran ciudad
y a la derecha un pequeño cerro
por el que se levanta
la luna en sus distintas fases
y a la que le he cantado a mi ritmo.
Como también le he cantado
pero en secreto
a mi bella vecina de enfrente
que no me conoce
y que no conozco, pero
¡Cuánto agradezco al cielo
cuando tengo la suerte de verla!
He visto muchas veces
el manto estelar
y distingo algunas constelaciones
que no son difuminadas
por las luces de la ciudad.
Este balcón no es mío,
puedo acceder a él
porque rento una pequeña habitación
y sé que será así
hasta que la dueña de la casa
me pida que me vaya
y tenga que buscar otro lugar.
De tal manera funciona la cosa
para los que rentamos en la gran ciudad
y no tenemos propiedad
aquí
ni en ningún otro lado.
