Siempre supo que tenía una cabezota. Nunca le quedaba bien ninguna gorra, sombrero, casco. Su oculista tenía que hacerle pupilentes especiales. Le costaba entrar por la mayoría de puertas. Pero también tenía cierto hechizo, esta peculiaridad. Por ejemplo, cuando se sentía triste, inflaba su pelo en una masa de rizos. Y poco después, siempre y sin duda, llegaban las palomas y llenaban la cabezota con su mierda y sus proles y sus cantos hipnotizantes.
“No me gustan las cabezotas,” le dijo su crush de la primaria un día en el patio, tras los arbustos de rosas. “Si estuviéramos en el fin del mundo y sólo nos quedáramos nosotros dos, al respirar profundo tomarías todo el aire para ti mismo y yo moriría.” Él respiró profundo. A lo mejor tenía razón.
“En el principio era la cabezota, y la cabezota era la semilla. En el principio las cabezotas se tiraban de cabeza hasta lo profundo, se reían hasta el centro de la tierra, respirando la mugre y el gusano y la sal. Desde allí brotó el verde. Desde allí eruptó la canción. Desde allí se inventó un culto de vida, un linaje que esquivó la muerte y surgió de lo posible. Se crearon grandes catedrales, pirámides, dioses, mitos; se erigieron esfinges alrededor de lo cabezotoso. El sol era cabezota, y la luna; la tierra y el grano de arroz. Y miles de cabezas nacieron de esos originales, que caminaron en el jardín, que consolaron al filósofo, que estiraron y trabajaron el verbo hasta que fuera lenguaje. La cabezota es nuestro origen, futuro y fin. Así que no te preocupes, mijo,” le dijo su mamá mientras le ponía hielo en su ojo morado. “Qué se chinguen. Tú dale con todo”.
Cabezota lloró en un campo de trigo y allí creció el mejor trigo, trigo por siglos y siglos, trigo para todos, siempre, sin fin.
Te perdonaría si pensaras que Cabezota era alguien egoísta, narcisista, grosero, codicioso, elitista y demás. Pero deberías saber que en la noche, cuando no podía dormir, Cabezota entraba en su cabeza por la puerta de atrás y sacaba todas las arañas. Les decía cosas dulces y después las dejaba hacer sus telarañas con los hilos más finos de su pelo.
Semblanza
Rachel Whalen es escritora y traductora de Buffalo, Nueva York. Tiene una maestría en escritura creativa de NYU, y actualmente vive en la Ciudad de México. Puedes encontrar sus obras en rachel-whalen.com
