El uso de las inteligencias artificiales se ha normalizado en este 2025, no nada más en el mundo desarrollado —solo Open IA tenía a inicios de este año 400 millones de usuarios* semanales—, sino en países en vías de desarrollo como México.
La utilización de IAs como ChatGPT, Gemini o Grok es cada vez más común en nuestra vida diaria. Si bien se suelen utilizar para realizar búsquedas de conceptos determinados, también se emplean como medios de “comprobación”; es decir, a través de ellas se buscan “verdades”: aquellas afirmaciones, datos, estadísticas u otro tipo de sentencias lanzadas por usuarios en redes sociales, figuras públicas, políticos o periodistas, como sucede en la red social X, se “verifican” con la inteligencia Grok, sin tomar en consideración que cada una de las inteligencias artificiales tienen —y aquí me permito citar a ChatGPT—, “una capa de principios de diseño que guía el procesamiento y la presentación de la información”.
Si bien ChatGPT aclara, al respecto de mi pregunta que le hice sobre la información que da a los usuarios, que “no se trata de distorsionar los datos en sí, sino de ser consciente de su posible impacto y tratar de evitar la perpetuación de injusticias a través de la forma en que la IA interactúa”, advierte que “incluso al presentar datos ‘neutrales’, la forma en que se seleccionan y priorizan [las informaciones], puede influir en la percepción del usuario”.
Si por “influir en la percepción del usuario” se refiere a que está condicionada para dar tal o cual información, tomando en cuenta datos, conceptos, ideas, cuestiones políticamente correctas, la utilización de cierto lenguaje que no perpetúe estereotipos o que tenga lenguaje insensible con las cuales se ha programado, o bien que sea una IA sin filtros de lenguaje pero con una capa distinta de programación, por ejemplo, proconservadora o proliberal o procomunista, podemos intuir que el resto de inteligencias artificiales trabajan y trabajarán bajo los mismos parámetros de condicionamiento que interesan a sus creadores (¿Empresarios pro tecnológicos? ¿Gobernantes? ¿Políticos? ¿Grupos sociales? ¿Activistas? ¿Inversionistas? ¿Científicos?).
Es decir, la implementación de inteligencias artificiales de manera constante en nuestra vida, el darles un valor “real” de certidumbre, como herramientas que están dispuestas a nuestro favor, se percibe como una ingenuidad peligrosa, porque ningún poder —en ciernes como las IAs— está hecho para ir en contra de aquellos que lo tienen y ejercen, en este caso, los creadores de las nuevas inteligencias.
El ser humano moderno, específicamente las nuevas generaciones que han adaptado su comportamiento de manera rápida a estas inteligencias artificiales, que conviven con ellas a diario en las áreas de aprendizaje, de verificación informativa, de extensión de conocimiento, son los más vulnerables a este cambio de humanidad —la que prescinde del pensamiento natural, de fábrica, si se me permite el término—, porque se están condicionando a una nueva alienación, a nuevas formas de percibir, procesar, pensar, entender y vivir en el mundo. Y esto será irreversible cuando la mayoría de la sociedad entienda, de forma nativa, a las inteligencias artificiales como un miembro más del cuerpo humano, otro cerebro, uno que conjugue el biológico con el tecnológico: el Transhumanismo.
Según Wikipedia “El Transhumanismo es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y la fabricación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual”.
En este sentido, no deberá sorprendernos el hecho de que pensamientos profundos, críticos, operaciones matemáticas complejas, etcétera, se dejen a las inteligencias artificiales que trabajarán junto con nuestro cerebro mediante chips (u otras formas futuras) incorporados en nuestros cerebros, mientras que las funciones motrices básicas se dejen totalmente para gozo del ser humano, o por lo menos su parte humana.
Así, la normalización del uso de las IAs, se vislumbra como el primero de muchos pasos concretos, llevados a la práctica masiva, pero quizás el fundamental, para que el Transhumanismo logre consolidarse.
Y ni hablar de las posibilidades que tendrán los nuevos poseedores de herramientas transhumanas para coaccionar las escasas voluntades propias que tendremos disponibles.
Sí, la ciencia ficción comienza a tener sentido, basta con ver el día a día de los estudiantes y, en algunos casos, el estímulo que las propias universidades generan en ellos para que trabajen de la mano de las inteligencias. No por nada las instituciones educativas, más allá de la gran labor que hacen, son grandes productoras de trabajadores especializados, con características específicas y limitantes, que se integrarán al mundo laboral que necesita apuntalarse o desarrollarse, según la etapa de desarrollo en la cual esté un país.
Por ello, debemos ser cuidados y precavidos con el aprovechamiento de estas inteligencias, que ya están permeando no solo en lo social, sino en la vida laboral y educativa. Hay que verlas bajo la lupa de la sospecha, porque su naturaleza no es ser amiga de las mayorías, los que no tenemos poder.
Veremos si algunos programadores o creadores de estas IAs son capaces de apoyarse en la ética, y dirigir con responsabilidad el poder que estas naturalmente otorgan a sus dueños, o los que están por venir, para trabajar solo en pro y en favor del ser humano, pero como agentes externos, de acompañamiento, de apoyo, no buscando mezclarse con lo que somos.
*Fuente: https://www.cnbc.com/2025/02/20/openai-tops-400-million-users-despite-deepseeks-emergence.html
