Un Bolaño cada medio lustro hasta que se acaben. Lo reconozco enseguida. Tenía la facultad de crear historias vivas. Todo lo que cuenta parece real. Igual lo es. Todo lo que cuenta parece cercano. Y lo es.
«A veces, cuando me asomaba a las rejas del camping, de madrugada, lo veía salir de la discoteca del otro lado de la calle, borracho y solo, o con gente que yo no conocía, ni él tampoco a juzgar por su actitud ensimismada, por sus gestos de astronauta o de náufrago».
Acierta Bolaño con la estructura, con los tres narradores y con el tono. Acierta también con la extensión, nada sobra ni falta en esta novela policíaca donde el detective es el propio lector.
«La cantante de ópera jamás estuvo alojada legalmente en el camping, ni su nombre inscrito en el registro de recepción, ni en su vida pagó una peseta por dormir allí o en cualquier otro lugar. Esto no lo sabían las mujeres de la limpieza, ni los recepcionistas; sólo el Carajillo y yo».
Aunque La pista de hielo está narrada sin puntos y aparte (al igual que Nocturno de Chile), sí cuenta con cuarenta y ocho capítulos que le dan aire, se van turnando los narradores para ofrecernos tres puntos de vista.
«Era improbable que los jefes aparecieran por el camping después de las doce de la noche y de todas maneras estaba el Carajillo para cubrirme las espaldas; a éste nunca le molestó que llegara tarde, más aún si los retrasos obedecían a una buena causa».
Me gusta la precisión de Roberto, me gusta cómo perfila a sus personajes, me gusta verlo convertido en un personaje más, me gusta su hiperrealismo, su visión, su naturalidad, me gusta su ficción, esa ficción que sabe a no ficción.
«Hasta que el Carajillo se durmió estuvimos hablando de mujeres, comidas, trabajos, hijos, enfermedades, muertes… Cuando lo escuché roncar apagué la luz de la recepción y salí afuera a seguir pensando. Al amanecer volví a entrar en la recepción, le dije al Carajillo que no había novedades en el camping y que debía marcharme de inmediato».
Decía Iosi Havilio en Estocolmo: El recuerdo ya es pura invención y sin embargo aparece cada vez más vivo, exacto, definido, y así son las historias de Roberto Bolaño, inventadas y sin embargo vivas, exactas, definidas.
«Caridad se adaptó bastante bien a la vida del camping, aunque al principio no era fácil notarlo pues casi no hablaba y yo casi no le hacía preguntas. Más que compartir una tienda nos la turnábamos: a la hora en que me iba a dormir ella se despertaba y a la hora en que yo me despertaba ella recién empezaba a tener algo de sueño».
La prosa es contundente, persuasiva, más que leer, vives la historia, te quedas pensando en ella cuando la dejas y sientes un ligero vértigo cuando la retomas, no contiene esta prosa florituras de ningún tipo, ni contiene tampoco artificiosidades, es un contar desde dentro, un contar crudo, palpable, real, y los relatos de verdad no necesitan adornos.
