Y tantas veces nos despierta el sueño de que caemos en el vacío.
Cántico cósmico, Ernesto Cardenal
Cumples cuarenta y vuelven los temores de la infancia. No quieres dormir, porque no quieres morirte o no quieres que se muera alguien que amas mientras duermes o, peor, quedarte varado en un sueño. Te mueves de un lado de la cama, ruedas hacia el otro, te sientas en la orilla. Ves de frente las tres pilas de libros pegadas a la pared, empolvados, y que seguramente esperarán ahí hasta el día del Juicio Final. Arriba de las pilas, colgada en la pared, una reproducción del Cristo según San Juan de la Cruz de Dalí; al lado de las pilas, un sillón individual color vino. Ya no quieres dormir; masticas granos de café, comes lo que había en el refrigerador, metes la cabeza en una cubeta de agua, lees y relees versos al azar del Cántico cósmico de Ernesto Cardenal, que era el libro que tienes a la mano en una mesita cerca de la cama y que, meses antes, te serenaba, pero que, en últimos días, te abruma y te hace pensar en el grano que eres entre los médanos universales; tu cuerpo cede antes de amanecer y eso implicaba, en el mejor de los casos, soñar: soñar puestas en escenas con amigos de la niñez que apenas recuerdas y con los cuales tocas timbres de las casas de los vecinos; con salidas al cine de la colonia de tus padres cuando tenías 10 años, con los domingos que juntabas por un mes, con tu mejor vestido azul, que iba mejor para una celebración familiar; con la profesora Judith de la primaria que te obsequió un reloj por haber ganado algún certamen de esos que te hacen creer que eres una lumbrera y que si te lo propones, de veras, cambiarás el mundo; con algún individuo con el que te cruzas dos o tres veces en el mismo bar y con el que hablas sobre futbol, nada más para hacer la plática, o sobre algún poeta que nunca había sido publicado del norte de la ciudad y cuyos versos hacían recordar la intensidad de Garcilaso de la Vega; por más que fueran producto de la nostalgia, sientes que una parte de tu cordura y tu fe se quedaba entre las dunas oníricas.
En el peor de los casos, aparecía el tinnitus de oído a oído antes de caer rendida, que era una señal del racimo de pesadillas vívidas: las caras derretidas que muestran huesos pútridos entre los escurrimientos de carne, con cuencas oculares como fosas en las cuales se presiente que puede emerger algún monstruo abisal; los padres y las madres que dejan caer a sus hijos recién nacidos desde un edificio con la idea de que los huesos astillados, el cráneo en partes, las vísceras… se evaporarán al caer en el asfalto y que después de un rato se condesarán, subirán y regresarán a sus brazos; los terremotos que apenas permiten asirte a algo para no caer y por los cuales pides al dios más cercano en la memoria cosas inconexas desde no morir aplastada hasta que tus pantalones nuevos no se ensucien de sangre. O ésta, la más vívida de todas: tú sentada a la orilla de la cama, mirando fijamente como si el cuello se hubiera petrificado —sin tener opción de voltear hacia ningún lado porque de tan rígido se rompería de hacer algún movimiento— a ese Cristo de Dalí con la cabeza agachada flotando en la inmensidad, con tus ojos bien abiertos y estirados por ligas invisibles, sudando, con los latidos del corazón en los tímpanos, pidiendo que no levantara la cabeza porque de hacerlo emanarían los terrores de la humanidad de su cara.
Cumples cuarenta años y vuelven los temores de la infancia. Vaya estupidez, como si no hubieras caminado con miedo toda la vida, como si no hubieras oído pasos detrás de ti en una acera y se te hubiera helado la sangre, como si nunca te hubieran visto los hombres con esa cara de perro azuzado por feromonas caninas, incluso de niña y que, por eso, no saliste sola hasta muy entrados los dieciocho, ni al cine.
Como si no estuvieras a tres gazapos de que no te firmen el contrato mensual de correctora de estilo en la Universidad y no saber cómo pagar la renta y darle de comer a tus hijos, Miguel y Dante —de algo sirvió estudiar literatura, para ponerle nombre rimbombante a la progenie—; cuál cambiar el mundo, ni cómo decirle a la maestra Judith, que, en paz descanse, que estás más cerca de la mendicidad y de dormir en arpillera en la avenida, que de una idea brillante para erradicar el hambre o para asegurar una vivienda para todos, que se pliega el cansancio por el cuerpo y que sus garras se clavan en la mente; que, para rematar, te quedaste prendada de un macarra, Juan —sí, por el poeta y santo—, que te hablaba de Garcilasos y San Juanes de la Cruz y por el cual fingías atención por partidos de futbol y cuya religiosidad pensaste eran reminiscencias de la niñez que se mantenían en ciertas pasiones artísticas y no; resultó más católico que cristero, que lava mi ropa, que hazme de comer, que quédate en casa para cuidar a los niños; tanta literatura, tanta poesía y Juan es un macarra, un pendejo, que se fue con otra mujer más devota a la familia, que lo dejase ser y hacer sus versos; que decía el muy extraviado en su vanidad que escribía mejor que Ernesto Cardenal, que “pinche rojo comunista” espetaba; si el oído apenas le daba para adaptar cierto fragmento de la canción que interpretan The Chordettes, en un terceto de endecasílabos:
Señor Sueño, haz que sueñe bonito
que caigan en un futuro mullido
y que sean felices mis dulces hijos.
Ésa es la herencia copiosa para Miguel y Dante, y el cuadro ese, que ya desde que lo colgó Juan te parecía un mal sueño; ¿y si levantara su rostro ese Cristo en medio de la nada?, ¿si no fuera humano, si en sus cuencas nadaran monstruos abisales?, ¿si estuviera fracturado el cráneo, sumido en la región de la nariz y el globo ocular izquierdo colgando por el pómulo?, ¿si no pudieras percibirlo porque su existencia es de otra dimensión y que de mirarlo tu mente hiciera movimientos trepidatorios hasta salir expulsada y perderse?, ¿si sólo fuera la cara de un hombre sin alguna emoción que, en el fondo de su ser, tiene la potencia de hacer el mal?
Cumples cuarenta. Son las tres de la madrugada. Tus hijos duermen y se levantan en cuatro horas para ir a la misma primaria a la cual acudiste. A la mierda si el Cristo levanta la cabeza. Decides salir por una cerveza a una tienda de 24 horas que se encuentra cerca de donde vives. Sabes que quien atiende te dirá que la ley no le permite venderte bebidas embriagantes a esas horas. Tu estratagema será apelar a su empatía y decirle que es tu cumpleaños, que te permita celebrar, aunque sea un ratito antes de que tus hijos despierten. Buscas tu monedero, las llaves, un abrigo café que desentona con tu pijama blanca afelpada y, por si acaso, algún objeto para defenderte. Encuentras un tenedor en la mesa del comedor, sientes sus puntas, piensas que, con la suficiente fuerza, laceraría y se enterraría en cualquier parte del cuerpo. Lo guardas en tu bolsillo interior del abrigo. Caminas hacia la puerta y la abres. Miras las estrellas, cierras los ojos y respiras hondo; aguantas el resquemor que te causa el humo de fogatas y la gelidez de la media madrugada. Caminas unos pasos y disfrutas, con su miasma y gravidez, el sereno.
Veinte metros te separan de la bocacalle y lo primero que ves es una figura humana que la custodia parada a la mitad, ebúrnea, se confundiría con una estatua de no ser porque ladea su cabeza para observarte. En el silencio, emerge el crujido de su cuello. Después de recuperarte de la estupefacción, a la distancia, distingues grietas en su piel, de donde emana un humor como si se evaporaran las dunas del desierto, su cabello tiene la misma textura. No está desnudo por completo, un paño le cubre el pudor. No enfocas sus facciones.
Al lado, en un poste de luz, se sostiene una cruz de tres por dos metros. Volteas al cielo para desasirte de esta cumbre de lo absurdo, pero ahora las estrellas te parecen búhos en parvada viéndote.
Cuando retornas la vista, el ser ha cargado la cruz por el madero horizontal sin dificultad, se encarrera y se prepara para embestirte. No corres, sacas del bolsillo interior del abrigo el tenedor y lo empuñas con fuerza. ¿Para qué buscar su costado? Lo hundirás en el globo ocular hasta el fondo. Esperas con la mano derecha levantada para asestar el golpe. Cruje el cuerpo de Cristo y, mientras más se acerca a ti, imaginas los crujidos como mandíbulas de piraña que cierran y abren. Antes de que te golpee, por instinto, cierras los ojos, pero estás segura de que lo esquivaste, que escuchaste reventar su globo ocular y que el tenedor se deslizó por todo su cerebro; sin embargo, sientes el impacto de un muro a toda velocidad y sales volando. En los aires, abres tus ojos y alcanzas a ver su rostro: sin gestos dramáticos, ni sonrisa macabra, ni la ferocidad del depredador a su presa; el aplomo de saber el secreto de la vida. Oscuridad.
¿Se levantarán Miguel y Dante para llegar temprano a la escuela?
***
Abres los ojos. Estás tirada. Personas vestidas de blanco te observan con amabilidad y alcanzas a discernir que te dicen que todo está bien. El bullicio se pliega dentro de ti como un estanque al que arrojas miles de piedras cuyas ondas se expanden y que te desplazan memorias y pensamientos. Te preguntas si así se siente que te devoren el alma. Como si tu mente estuviera agarrada a las orillas del cráneo. Frío. Debías tintinear los dientes. Pero no te puedes mover. Percibes lo liso del piso, aunque esperas lo áspero del pavimento. Ves tu vestimenta y llevas una túnica blanca. Oyes la voz de Juan y sus versos rocosos: “Señor, Sueño, haz que sueñe bonito…”. Diriges tu energía y aprietas tu entendimiento para descifrar su mensaje. Que el Dios al que le rezaba era el equivocado, que el verdadero exigía fe, y que sus versos eran los indicados para cantar su grandeza; que primero, eran los bebés, luego, los niños, por último, ellos, que Miguel y Dante ya estaban esperándolos. Que perdonara que la hubiera sedado, que ella no quería los dones que debía recibir por sus cuarenta como regalo y tuvo que actuar así.Te levantan del piso de las extremidades y te dicen que eres bienaventurada porque sigues. Observas el cielo y las estrellas son los ojos de búhos que ululan al ritmo de los cantos sectarios. Miguel y Dante. Miguel y Dante. Miguel y Dante. Mientras te mecen para impulsarte, tus lágrimas mojan tus pómulos. Te lanzan al vacío; no eres la única. De los demás rascacielos, llueven mujeres, hombres, niños, bebés. Señor Sueño, haz que sueñe bonito / que toque los timbres de los vecinos / y que juegue feliz con mis amigos.
