A las 5 de la mañana cuando Leonor salía rumbo al trabajo se topó frente a su casa con una bolsa negra con algo en su interior. Se estremeció porque de inmediato adivinó de lo qué se trataba. Por qué de inmediato lo supo y por qué estaba ahí frente a la puerta de su casa, en esa calle donde parecía que nunca pasaba nada. ¿Por qué?
Vivía en una calle que para nada tenía el silencio escandaloso a muerte que otras cercanas tenían en esa colonia Libertad de Tijuana. En esa calle que Leonor conocía desde hace treinta años se veían niños correr pasadas las diez de la noche; parejas en las puertas de sus casas platicando o besándose como si el mundo viviera en una paz eterna o bien se veían jóvenes jugando con el balón cosido en los tobillos. Cuando el calor de las tardes pegaba fuerte y seco ahí en la frontera con Estados Unidos los vecinos mantenían sus puertas abiertas para permitir el libre paso de algún viento que los refrescara.
Y lo supo de inmediato pues esas bolsas con algo adentro se les veía recurrentemente en la zona donde vivía, en el país entero. La palabra “allá…” dicha con contundencia y miedo “allá, allá…” y la mención de las bolsas negras que se habían convertido en el espacio donde podía caber todo, incluso cuerpos humanos reducidos a su mínima expresión eran algo cotidiano en la vida de los lugareños. Por eso los puntos que los vecinos no querían ni ver en sus sueños eran el Terregal, la Frontera, Río Tijuana, inmediaciones del Museo de Cera o más. Eran historias cotidianas que se hablaban en la zona y siempre anteponiendo ese adverbio: allá, allá, allá, allá…
Nunca en nuestra calle, pensó Leonor dando un paso hacia atrás para regresar al interior de su domicilio. Pero algo o alguien le dijo: espera no te metas…
Por qué en mi calle, se volvió a preguntar de otra manera, pero con el mismo miedo. Silenciosa y lentamente como si temiera despertar a alguien se acercó al bulto de plástico donde se reflejaba la luz de las lámparas de esa mañana aún oscura. Sus ojos iban y venían de las casas al bulto del bulto a la calle de la calle al bulto.
Algo buscaba. Quizá la ayuda que en estos casos siempre tarda en llegar. Pero nada, nadie, salvo uno que otro perro que aullaba anunciando la muerte o el ruido salvaje de un tráiler que a motor abierto pasaba sobre esa avenida conocida como Frontera o Boulevard de no sé qué, donde se localiza la línea entre dos países: México y Estados Unidos.
Y es que ahora, pensó ella en esas condiciones, la muerte se encuentra en cualquier esquina, al doblar la calle o junto a un coche o colgada de un árbol. O peor, los restos de cuerpos diseminados por calles, plazas, puertas, esquinas, frontera, rio… Esa pinche muerte que ya había tocado las casas, las familias, las calles, las colonias de todo el país.
Antes de esa hora de la mañana nadie escuchó ruido alguno, como el ruido de algún vehículo que llega, frena con violencia y deja caer de golpe algo sobre el asfalto. Nada. Nadie. Hubiera sido un golpe seco y es que los humanos, aún muertos hacen un ruido horrible al caer. Un par de horas después pasó por ahí una patrulla con dos policías aletargados. Seguro algún vecino que veía el bulto desde la ventana de su casa, le había llamado. Los policías, uno primero y el otro después se acercaron a esa bolsa; husmearon caminando en círculo, moviendo las manos, apuntando a algo inexistente o moviendo los labios elaborando hipótesis concluyentes; le dieron la vuelta, lo tocaron con el pie y concluyeron volteando a ver con mirada sospechosa hacía Leonor: es un muerto.
De inmediato se escucharon las voces por la radio. La de uno de los policías y la del otro del otro lado: es un 10-50, es un 10-50… Sí, era un fiambre.
Conforme los minutos de la mañana avanzaban el vecindario se enteró de aquello que los policías guardaban con mucho celo: era un cuerpo cortado en pedazos y aunque la bolsa no había sido abierta no había duda de ello. Ni el alma, ni su espíritu flotaban en el ambiente de ese cuerpo que ahora estaba ahí.
La mañana de ese día fue escalofriante para todos los vecinos que tampoco necesitaban de muchos elementos para concluir que lo que había adentro era eso. Los cortes y los pedazos, según los designios del asesino. Todo separado. Todo separado para que aprenda esté cabrón y sus cuates, seguro pensaron o pensó el descuartizador.
Leonor permaneció parada en la puerta de su domicilio. Un pie adentro y otro afuera. Pensaba en ese cuadro macabro: justo enfrente de su casa por donde a diario corrían sus hijos y los hijos de los vecinos. Se dolió y entonces fue cuando supo que la vida de sus vecinos y de ella y su familia que habitaban en cerca de cincuenta casas de ese vecindario había cambiado para siempre. Pues a este muerto, vendrían otros. Así eran las venganzas de las mafias en la frontera norte. Toma para que aprendas, parecían decirse una a otra las bandas que a diario se disputaban las calles de esa frontera sucia.
La de Leonor era una calle solitaria donde los silencios se habían apropiado del espacio: sin coches, sin peatones, sin vendedores. En un rincón de la calle los vecinos habían colocado un pequeño prado con dos o tres juegos infantiles. La calle gozaba desde siempre de una paz sin fin. Pero ahora, cómo explicarse ese hallazgo si nadie se podía explicar lo que sucedía por todo el país; de dónde sacar tanta fuerza para entender eso que les estaba sucediendo. El país y su violencia había alcanzado a esa calle que parecía extraída de un vergel.
Era una calle con sus casas muy cucas y sus fachadas pintadas de colores en tono pastel. Tenían rejas y herrería con madera en techumbres que cubrían del sol y del agua los vehículos de sus dueños que vivían y dormían como si nada pasará en sus alrededores. Sí la mejor calle de la colonia.
La mujer caminó un par de pasos, hasta donde le permitían los policías y detuvo sus ojos un rato frente a ese espectáculo grotesco que representaba una bolsa negra atada con una agujeta —seguro del zapato de ese 10-50, como había sido calificado por el uniformado— que dejaba ver ahora con la débil luz que traía la mañana, algunas puntas en su interior. Seguro son los pies del muerto. “Cómo un muerto frente a la puerta de mi casa…”, se preguntaría después. Fue cuando decidió regresar sobre sus pasos y meterse a su domicilio. Depositó sobre una mesa las cosas que llevaba y se arrimó al teléfono para marcar el número 911 de emergencia. “¿Cuál es su emergencia…?”, le preguntó una mujer que contestó del otro lado.
Aunque la patrulla ya había llegado con un par de policías somnolientos y de que ella no los había llamado, al fin y al cabo, ella había descubierto ese bulto, decidió hacer la llamada. Quería ver más policías y vehículos oficiales en esa calle.
De aquel lado de la línea la voz de la mujer le volvió a preguntar “¿cuál es la emergencia…?”; “una bolsa pesada (por qué lo diría así si ella no la había cargado, nunca lo supo…) está tirada frente a mi domicilio…”; “¿qué hay adentro…?”; “no sé, pero me parece que hay algo pesado… Sí como un cadáver, según dijo un policía…”. Telefonista y Leonor habían pensado lo mismo. Un cadáver. Un muerto. O acaso una muerta, porque por esos días estaban en auge los feminicidios y por eso pensó que por qué no podría ser el cadáver de una mujer.
“Muy bien, no mueva nada… Cuál es su dirección… Hacía allá va una patrulla y el forense…”. Casi a las seis y media o siete de la mañana las luces de las ventanas vecinas despertaban y bañaban cortinas, vidrios y ventanas. Allá una cara, allá otra, más allá vio unos cuerpos que caminaban por la calle. Leonor quería gritar, gritarles “¡¡¡aquí hay algo…!!!”, pero sin necesidad de ello los ojos de los vecinos ya estaban sobre ese bulto negro que algo tenía adentro. Un cuerpo sin vida, quizá. Pues esa era la sospecha de los patrulleros. O un perro muerto elucubró alguien. En tanto la luz de la mañana subía por el horizonte. Era el amanecer en esa colonia cercana a la frontera norte de México.
En ese punto donde Leonor veía y veía eso que habían tirado frente a la puerta de su casa se escuchaban los automotores sobre la autopista. El ruido de una ciudad que amanecía.
II
Sobre un pasillo que entra a un edificio, tres metros después de la entrada principal se alcanza a ver a una mujer abrirse el abrigo y mostrar algo a un hombre parado frente a ella. La escena transcurre sobre avenida Revolución. Son las 12 del día y los antros siguen abiertos; la poca gente que pasa sobre esa importante avenida que parte en dos a la ciudad fronteriza de Tijuana escucha la música que sale de las rockolas, el chocar de vasos y botellas y los gritos escandalosos de los borrachos que no saben de amanecer alguno. En las vidrieras de los bares escurre el sudor de esos cuerpos que nunca se fueron y que toda la noche se juraron una vida eterna una vida que para ellos no significaba ningún engaño, ningún juego. El olor a fritangas y menudo sale por las puertas. Los borrachos, crudos y demás se preparan para departir alimentos caldosos y picantes con los que, según confían, matarán esa cruda intensa que les dejó la libación de más de doce horas seguidas. Se escucha el ruido de platos que va y viene de mesa en mesa; los borrachos piden más cerveza para detener la angustia de su realidad que está a punto de alcanzarlos. Nadie quiere ir a casa, al trabajo u obligaciones diversas. Está es su realidad y la prefieren, no le hace que pronto los alcance otra vez la oscuridad de otra noche intensa. Están acostumbrados a ello y ahora solo esperan entrarle a la panza caldosa y su picante intenso que les hará sacar la cruda hasta por las orejas. ¡Negra, échame ya un plato…!, grita un hombre con la cerveza en la mano. La mujer aludida le grita ¡espera carajo, ya va la comida…!
A esa hora todo se detiene al interior de los bares pues un gritón, esos que gritan a temprana hora de la mañana algún asesinato ocurrido en cualquier rincón de México, los estremece y los pone atentos. Les ratifica que allá afuera hay una realidad que no se ha ido y que para su pesar es su realidad de la que han huido una noche anterior, antes de entrar a los bares de la avenida Revolución.
La mujer del abrigo trae cosida a su ropa, a su cuerpo, a su vida la droga que vende de bar en bar. Así va toda la noche entrando y saliendo por las puertas de esos bares que huelen a droga, alcohol y muerte. Son los bares de esa avenida que corta en dos a la ciudad de Tijuana. La música es intensa no ha parado de sonar desde ayer o antier o antes, la gente ya ni lo recuerda. La de estos días ha sido un ambiente que ha tapado por completo todo lo que sucede en la frontera. Nadie quiere salir de los bares por temor a enfrentarse a la realidad violenta que se vive afuera. Ellos lo saben y llevan el pulso de la violencia como si fuera parte de sus vidas. Sí, entre los parroquianos hay hombres que cuentan historias verdaderas, como por ejemplo lo sucedido a ese infeliz cuerpo con el que Leonor se topó al salir de su casa. La historia salió de una mesa donde siete sujetos platicaban cara con cara acompañados de cubas y cervezas. Y salió expulsada o jalada por los gritos del voceador, el gritón “¡¡¡vea usted el muerto que fue encontrado en pedazos adentro de una bolsa…!!!”.
III
Uno de esos hombres con el rostro partido en pedazos por la vejez que corre inmisericorde por todo su cuerpo y por las heridas de las mil batallas vividas, les describió con sus manos la geografía de las calles por donde corrió veloz un coche, desde aquella calle oscura donde ocurrió una balacera intensa…; los otros, dijo con un ojo cerrado, eran un puño, nada, les metimos plomo y los echamos a correr pero al Bob que ya estaba viejo, lo cazamos, le dimos punta y lo torcimos, lo dejó solo su escolta. El Bob siempre traía escolta pues era de los fuertes que venían de la Dirección de Seguridad, pero no saben que llegaron a territorio equivocado y por muy bien entrenados que vengan aquí valen nada. Eso sí, otros como El Bob han saltado al otro lado o están en el cartel del Güero, son los que dan las estrategias, hacen las rutas y saben cómo se mueven los policías, ellos traen el contacto con los de la Federal o los verdes. Sin ellos no se mueve nada. Pero El Bob la debía, quiso meterse con nosotros y quedarse con la merca, pero lo torcimos y así le vamos a dar a toda la banda, ya verán esos cabrones… Al Bob y a otros dos los llevamos a la casa de la Güera, los metimos al fondo pues aún iban vivos… Pero antes —intervino otro—, cuéntales que Dionisio había corrido a la línea por la sierra pues ya sabía que la ocuparíamos. Sí, la tenía escondida en el túnel de allá de la frontera, salió, cruzó la carretera, brincó las piedras y en el camino se cruzó con unos periodistas que hacían tomas de la barda, les sonrió y se clavó al fondo, bajo los matorrales. Nosotros desde la carretera lo cubrimos, le dimos cobertura y vimos que los periodistas no olieron nada, ellos siguieron en lo suyo. El túnel, les explicó el sujeto de rostro partido a los hombres de la mesa que movían las cejas como si corrieran con el Dionisio, que había ido tras la sierra, cruza la frontera y lo ocupamos para guardar las cosas valiosas, es el túnel donde viviremos cuando el mundo se acabe, y soltó una risotada que se expandió por la cantina de mala muerte donde estaban reunidos.
En ese momento, ese primer hombre que había hablado y que ahora le salían gusanos de las comisuras de ojos y boca, apuntaló, sí, es el túnel que nos lleva solito a San Diego, pero eso no importa, esté cabrón siempre presume nuestras tecnologías. El Dionisio trajo la sierra y en minutos El Bob quedó reducido igualito que las partes de una res que lucen sobre el mostrador de la carnicería… Metimos los pedazos en dos bolsas. Una la tiramos por acá cerca y la segunda la guardamos para dejarla en el momento más amoroso de estos días, ya verán cabrones que de nosotros no se burla nadie. La que tiramos aquí ya se la llevó el forense, una mujer nos hizo el favor de apresurar la llegada de la policía…
Y sí, Leonor parecía que había movilizado a todo el cuerpo policiaco de Tijuana que, en minutos, antes de las 9 de la mañana, habían llenado las calles con sus autos; una camioneta del forense 16 hombres y mujeres que iban vestidos de blanco y con uniformes de la policía estatal, además de un par de camionetas con soldados que en misión rápida tendieron un cordón para que nadie pasará, nadie, esa era la orden, nadie.
Por qué tanta gente en una calle pequeña, se preguntaban Leonor y sus vecinos… Horas más tarde el gritón que había dejado la zona de bares les daría la respuesta “¡¡¡Es El Bob, es El Bob, cayó El Bob en una emboscada que le tendió la otra banda, lleve su periódico, llévelo, trae fotografías…!!!”.
IV
El hombre de los gusanos en la boca y ojos dio un trago a su cerveza y recibió con agrado la cazuela de menudo que La Negra puso frente a su cara de asesino. Una cara horrible que no era de este mundo.
