―La mejor de las vidas es tu segunda novela, salió en 2016, han pasado nueve años, han pasado nueve siglos, parece que fue ayer, parece que fue en otro mundo, ¿está cayendo el listón?, ¿está el lector exigente en peligro de extinción?, «¡Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también!», decía Machado, y te pregunto, David, ¿bajamos hoy como siempre o, más que bajar, caemos con la prisa de lo digital?
―Tu pregunta aborda un tema profundo y ampliamente debatido: la evolución del gusto lector y los estándares culturales, y no creo que exista una respuesta categórica en términos de sí o no.
»Es cierto que, en la actualidad, muchas de las obras más populares no exigen demasiado del lector. Los títulos que encabezan las listas de ventas suelen priorizar tramas simples, emociones inmediatas y un lenguaje accesible. En un entorno dominado por lo digital y la competencia constante de plataformas como TikTok o YouTube, la paciencia para la lectura densa o compleja se ha visto notablemente reducida.
»Sin embargo, también es importante no caer en la idealización del pasado. Nunca hubo una época en la que las masas leyeran a Joyce o a Proust. Siempre han coexistido distintos niveles de lectura. Lo que ha cambiado es la visibilidad de cada uno. Hoy, la lectura ligera goza de mayor exposición mediática gracias al marketing, los algoritmos y las redes sociales.
»Vivimos, además, en un contexto donde la atención y el tiempo libre se han fragmentado. La cultura contemporánea tiende a desconfiar de lo intelectual y a privilegiar lo emocional y lo inmediato. No se trata de un juicio moral, sino de un cambio de paradigma: donde antes había prestigio en leer a Thomas Mann o Sartre, hoy lo hay en quien sintetiza y simplifica.
»Como ocurre con otros productos culturales, la lectura también se ha diversificado. Hay más libros, más formatos y más acceso, pero también más ruido. El lector exigente, hoy, debe ser más intencional, más disciplinado y más curioso para hallar lo que busca, en un panorama donde lo comercial suele imponerse sobre lo literario. No está desapareciendo, pero sí necesita resistir, porque leer con profundidad requiere tiempo, método y contexto. Es un ejercicio que, como el físico, demanda esfuerzo, pero fortalece. Nadie empieza con Dostoievski o Faulkner: se entrena el músculo lector, y cada obra leída abre el camino hacia otras quizá más enriquecedoras.
»Por eso, si un libro es realmente valioso y con el aliento para trascender, terminará —eso creo, eso quiero creer— encontrando a sus lectores.
La mejor de las vidas (2016) es la segunda novela de David de Juan Marcos, y aunque han pasado nueve años que parecen nueve siglos, sigue tan fresca como el primer día: «La verdad es que no tengo mucho que contarte. Llegaste tarde. Paseabas con tu bicicleta holandesa a un lado. Tus tacones golpeaban el suelo como gorriones suicidándose contra la ventana. Me sonreíste con media boca. No lo olvidaré. En tu boca lo imposible tenía razones para existir. Agachaste con cierto rubor la cabeza. Tuve el preámbulo de una lucidez: ya no estaba solo en aquella tierra extraña».
