Lo de la afición a los libros es algo tremendo. Lo veo todos los días. Hace unos años mi mujer diseñó un expositor de pared para el vestíbulo de nuestra tienda. Tenemos una microlibrería al fondo y los que pasan por la avenida no la ven.
Una pena, porque el trasiego de gente es grande, estamos hablando de la avenida principal de Calpe, estamos hablando de un desfile diario, pasan y pasan y vuelven a pasar, así que había que sacarle partido, y por eso pusimos el expositor.
Cuando lo llené de libros no sabía cómo iba a reaccionar la gente. A fin de cuentas la tienda no es una librería. Es una joyería-taller con una librería de fondo al fondo. Pero el éxito fue inmediato. Continuamente había gente mirando los libros raros que expuse, y las ventas se dispararon.
Lo de la afición a los libros es algo tremendo, la gente se vuelve loca, el ansia les puede, mira, mira ese libro, dice un joven, señalándolo, tengo que leerlo, voy a entrar a comprarlo. Y uno de sus compañeros le replica que él se va a llevar dos.
Recuerdo ese día, eran tres chavales de menos de veinte años, impetuosos, optimistas, no paraban de reír, y el tercero, cuando yo estaba metiendo en una bolsa los libros que sus amigos habían elegido, dijo que él los quería todos.
Los quiero todos. Los que han elegido mis amigos también. ¿Tienes más? Le dije que sí, que, como eran míos, claro que tenía más. Pues si me das una bolsa grande y fuerte, me los llevo. Te daré una mochila. Tengo unas muy chulas de ICE.
Pero ¿tú lees?, le preguntó uno de sus amigos. Nunca es tarde para empezar, respondió él, y creo que lo mejor es hacerlo con la selección que ha hecho un escritor. Porque es una selección, ¿verdad?
Le dije que sí, y que en total eran veintisiete porque mi última novela estaba repetida para que se viese por delante y por detrás. Tienes de todo ahí, pero puedes ir llevándotelos poco a poco.
No, replicó, me los llevo todos hoy, nos acabamos de mudar y me han puesto una estantería en mi habitación. A ver si la llenas, me ha dicho enseguida mi madre, y mi padre me ha dado trescientos euros para que comprara algunos libros.
En mi casa no hay ninguno, ha dicho un poco después, mientras le llenaba la mochila. Y luego me ha preguntado que cuál era el mejor para empezar. No me lo he pensado. Después de Rita. Y así conocerás a Mari Ciao. «Rubios rizos lacados. Cara de triángulo equilátero. Pecas pintadas con rotulador. Sonrisa de piruleta de fresa».
Cuando he recitado a Veloy, los tres se han quedado con la boca semiabierta. Sí, todo eso (y mucho más) está ahí dentro, les he dicho. Leer, soñar, tal vez volar. No me canso de repetirlo, lo de la afición a los libros es algo tremendo.
