De José María reseñé Un peso en el mundo («Consigue Guelbenzu mantener el ritmo, consigue extenderse lo justo y consigue narrar con la precisión de los inspirados, resultando de todo ello una novela viva, entrañable y rotunda») y tenía muchas ganas de meterme en otra de sus historias.
El libro me lo proporcionó Siruela a través de Masa Crítica (Babelio), por lo que estaba obligado a escribir una reseña, y aquí estoy, escribiéndola. La verdad, lo hubiera dejado tras leer el primer párrafo, pero como me lo habían enviado (gratis) para reseñar, decidí seguir hasta la página cincuenta.
Y no lo entiendo. Este Guelbenzu no es el Guelbenzu de Un peso en el mundo, no lo veo por ninguna parte, ¿cómo puede el autor de una obra maestra escribir algo tan ramplón?
«El lugar era el mismo, pero también la vida lo había cambiado, lo había cambiado por completo. Al menos así lo reconoció de primera impresión y no sucedió hasta que su amable anfitrión, que le esperaba al pie de la casa con una actitud entre amistosa y expectante, le invitó a pasar con un gesto cordial y se dispuso a acompañarlo al interior; entonces el dubitativo visitante se decidió a acercarse a franquear la cancela abierta del cercado del jardín de la casa tras haberse apeado de su automóvil».
Sí, este es el primer párrafo. Bueno, la mitad, pero la otra mitad es incluso peor si eso es posible. Se podría escribir un ensayo tomando como referencia este medio párrafo. Y pensar que José María falleció hace unos días… Me quedo, pues, con Un peso en el mundo («Una novela vertiginosa para leer con pausa, ayuda la prosa, sencilla y directa, culta, mordaz a veces, natural siempre, exquisita»).
En cuanto a Una gota de afecto, poco hay que decir, Siruela no debería haberlo publicado, eso es obvio, y me cuesta entender que nadie haya dicho nada, ¿acaso pesa tanto la firma?, ¿acaso no queda ni una gota de criterio en el mundillo editorial?, ¿acaso nos hemos perdido en la borrachera de la cuenta de resultados?
En cuanto a Una gota de afecto, aunque lo mediocre se detecta, como ya hemos visto, en el primer párrafo, ese contar farragoso que además cae una y otra vez en lo trillado, sigue y sigue con un empecinamiento difícil de entender, me cuesta creer que Guelbenzu haya escrito algo tan impreciso y tan pueril.
Ya veremos si Masa Crítica me asigna más libros. No me extrañaría que Siruela se quejara. No debería hacerlo. Se supone que la crítica se ejerce en libertad. Se supone que la crítica no ha muerto.
Me niego a diseccionar las cincuenta páginas que he leído. No quiero hurgar más en la herida. Son muchos los defectos que tiene esta obra y sería ruin ensañarse con ella. Guelbenzu falleció hace poco. No sabemos en qué estado escribió esta historia. Ni siquiera sabemos si era su último trabajo. Yo diría que no. Yo diría que la tenía en un cajón. Yo diría que era una de esas obras que escondes porque sabes que no tienen arreglo.
Hasta que una editorial te pregunta: «¿No tienes nada guardado?».
Y tú te dices: «Bah, se la envío y que ellos decidan».
Post scriptum: Después de escribir la reseña, encuentro por casualidad una entrevista en la que Guelbenzu dice que seguramente no escribirá más porque «esta última novela que he escrito no la puedo superar».
Como publicidad no está mal. Una obra insuperable. Regresemos, pues, al primer párrafo. Dice la última frase: «Entonces el dubitativo visitante se decidió a acercarse a franquear la cancela abierta del cercado del jardín de la casa tras haberse apeado de su automóvil».
Se supone que el primer párrafo de una novela debe ser impecable. ¡Es el primer párrafo! Y esta frase es un claro ejemplo de lo que la novela contiene. Por supuesto, no estamos hablando de literatura. Pero es que ni como redacción se salva. Corrijámosla.
«Entonces el dubitativo visitante franqueó la cancela abierta».
Porque ya suponemos que es la cancela del cercado, y suponemos también que se trata del cercado del jardín (¡de dónde si no?), y suponemos, obviamente, que es el jardín de la casa, y para terminar, me parece difícil que alguien pueda franquear una cancela sin apearse de su automóvil.
En cualquier caso, y se mire como se mire, el párrafo entero es un despropósito.
Lo dije y lo repito, hubiera abandonado el libro después de leer ese primer párrafo, me parece alarmante que se publiquen textos tan mediocres, me parece alarmante que se publiquen reseñas amables de textos tan mediocres, me parece alarmante, en suma, que sea la firma lo único que cuente.
