Un siglo llamado invierno (Francisco Morales Lomas)

El exlector editorial Miguel Alcázar, en su libro Manuscritos no solicitados, nos dice que «Los manuscritos que llegan suelen ser aburridos, o normales, o mediocres…, pero eso no es muy diferente de la mayoría de lo que se publica».

La cita viene al caso porque hoy tengo que hablar de Un siglo llamado invierno, un libro del que sería mejor no hablar, pues pertenece al grupo arriba descrito, y eso siendo indulgente.

Que las editoriales publican firmas en vez de títulos, todos lo sabemos o deberíamos saberlo. Que las editoriales no leen o leen mal. Que practican el amiguismo. Que solo tienen en mente la cuenta de resultados. Que, en definitiva, no editan por amor a la literatura. Digámoslo ya en una sola frase: que las editoriales no son serias, todos lo sabemos o deberíamos saberlo. 

Porque una editorial seria sería aquella que se preocupa por ofrecer al lector un texto digno, que sabe lo que publica, que sabe encontrar un equilibrio entre la cuenta de resultados y la calidad del catálogo, que sabe lo que es la literatura y cómo custodiarla. Una editorial seria sería, en fin, aquella que se preocupa por la salud semántica de nuestra sociedad, pues, como bien decía Constantino, «cada literatura educa y maleduca también a sus lectores».

En cuanto a Un siglo llamado invierno, abandoné la lectura después de leer el párrafo que voy a transcribir. Me limitaré a explicar el porqué sin hurgar en la herida. El estilo es redundante, artificioso, impostado, no te puedes creer lo que te cuenta un narrador tan poco natural.

«Ella entonces andaba en una permanente pulsión amorosa, presa de una ruptura reciente, aunque no olvidaba al hombre al que le había dado sus últimos años con la sinceridad de una entrega total hacia el flujo todopoderoso de sus palabras. Ni siquiera ahora que su distancia la percibe como casi definitiva. ¿Qué había en la dicción de algunos hombres que tanto la seducía? Era eso: sus palabras, y no sus rostros. Ni siquiera sabía cuál era el de Günther en los momentos que portaba la máscara, pero entendía que en sus frases podía solazarse y adentrarse con suavidad porque estas la llamaban, como en su momento, muchos años atrás, y casi siendo una niña, las habían reclamado las del profesor casado, con el que el tiempo había creado una suficiente férula de desapego».

Quinientas páginas tiene la novela. Como ya dije, no voy a hurgar en la herida, creo que el párrafo transcrito lo dice todo. En La cena de los notables, nos decía Constantino Bértolo: «Leer un texto no es una tarea simple, requiere competencia. Requiere atención, memoria, concentración, capacidad de relación y asociación, visión espacial, cierto dominio léxico y sintáctico de la lengua, conocimiento de los códigos narrativos, paciencia, imaginación, pensamiento lógico, capacidad para formular hipótesis y construir expectativas, tiempo y trabajo».

Pues bien, escribir un texto es bastante más difícil.

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