«Tiempo al trasluz» de Coral Bracho

He pensado mucho en el tiempo últimamente, pero sería más preciso decir que he sentido el tiempo, acaso, como se puede sentir lo elemental: a golpe de pura intuición. La figura del tiempo aparece, creo, lo bastante en la primera parte de la obra de Coral Bracho para al menos ser un hecho llamativo.

En Tierra de entraña ardiente mi verso favorito dice: “un lirio inverso bajo el canto de luz” donde la inversión del lirio genera todo el choque cognitivo necesario para despertar una imagen. Una luz oblicua —quizá, entrando por la ventana— alumbra algo: la brevedad de nuestro ser. Por eso Bracho dice en este poema lo siguiente: “El tiempo:/ la palidez del ópalo”.     

Algo más restalla, por encima de la inmediatez del motivo básico y elemental del tempus fugit. Me interesa el tiempo que pone un dedo sobre la boca de los charlatanes: dioses, civilizaciones, creencias, hábitos, tradiciones, todo con lo que siempre hemos asociado nuestro crisol como especie. El tiempo hondo es un tiempo quieto. Como afirma la propia Bracho: 

Tiempo al trasluz

Viento

que desgarra

las hojas, que abre la red

de los tejidos, que separa

y conjuga con avidez. Vértigo vivo. Rasga

la intrincada madeja de la selva. 

Monos, vainas, entrañas, nervaduras. El movimiento

se detiene. 

Es un corte. Es la piel del origen: su espesor. 

El tiempo, 

quieto, se ve al trasluz. 

Lo que deja el cambio. El páramo que revela el cambio. Pero vamos por partes: la lógica de lo normalmente invisible (el tiempo) puesto contra una fuente de luz, que es, ¿la palabra? ¿La intuición? En un primer movimiento se tiene una potencia que “desgarra”, “abre”, “separa” pero también “conjuga”: una fuerza que reordena los elementos anteriores a su irrupción. El nudo de vidas, historias, seres y objetos son rasgados por este viento: piense el lector en un corte cuya asimilación más común es el corte cinematográfico. Montaje de lo macro a lo micro: imagen del animal, corte y luego una imagen de lo vegetal, corte y seguido de entrañas y nervaduras. Una panorámica sería un corte de bisturí que atraviesa toda la “madeja de la selva” revelando sus componentes intrínsecos. 

Es, me parece de manera irrevocable, una perspectiva. La guía está en el final de la primera estrofa: “El movimiento se detiene”. Posibilidad pura de la abstracción, pero también de la contemplación. Ese momento de maravilla que torna al tiempo espeso. La experiencia estética trae y revuelca a la abstracción en el fango de lo sensitivo: “es la piel del origen” dice Bracho; el tiempo es denso, pesado —tiene historia pues— y tiene textura. 

La maravilla del poema es que puede leerse en un registro personal e impersonal: imposible observar el tiempo en el vértigo, tiene que venir un viento que corte todo, lo más ínfimo y lo más extenso, algo que detenga la inercia del movimiento. La poeta vuelve sensible la increíble complejidad del tiempo: tejido y red de redes.

La fuente de luz que permite ver el tiempo al trasluz no es otra que la palabra poética, esa que antes invertía un lirio y aquí detiene el universo en un instante. Al hacerlo tangible, al darle «espesor» y una «piel», Bracho no solo nos permite contemplar el origen, sino reconocernos en él. Pero, y acaso más importante para esta época, es aquí donde el poema cumple esa función que anhelamos: la de poner un dedo sobre la boca de los charlatanes.

Al revelar el tiempo hondo como una sustancia quieta y palpable, despoja de su urgencia a las narrativas pasajeras —dioses, hábitos, civilizaciones—. Lo que queda tras el «corte» del viento no es un vacío, sino el sustrato fundamental que todos compartimos. La poesía se vuelve geología del ser. En esta quietud revelada, encontramos el fundamento. Por eso, el poema es un respiro. Nuestra piel compartida.    

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