Temporada de bodas

Era una mañana sabatina cuando sus parientes volvían a la casa de enfrente, luego de la misa de un conocido de la familia cuya gran condecoración era unirse en matrimonio junto a su novia de años. “Al menos voy a la fiesta”, creía la pequeña desde la ventana de ese sábado soleado. Era más tarde cuando sus papás volvieron de trabajar, apresurándose a vestirse ad hoc a la fiesta colectiva a la que no llevaron a su hija. Que no niños. Una foto semanas después mostraba a la hija de su prima junto a los invitados de la mesa.

Siempre me han gustado las bodas. Desconozco si fue el trauma de no haber asistido a esa boda familiar, la emoción de la vez que fui paje, leer incontables revistas “¡Hola!” y sus especiales de la realeza y alta sociedad europea (con uno que otro guiño a personajes mexicanos) o todas esas veces que vi a medias “The Wedding Planner” en TV Azteca, y capítulos dispersos de “Vestido de Novia” en Discovery Home & Health, pero las celebraciones matrimoniales siempre me han gustado. Qué irónico, entonces, que pocas veces me hayan invitado a una boda.

Ya a inicios de siglo, en el debut de mi gusto por las bodas, Cele Otnes y Elizabeth Pleck cuestionaban en su libro Cinderella Dreams (2003) el rol de las bodas en la era moderna, y cómo es que, en especial en las mujeres, el atractivo perdura. “Why are we equally absorbed by those staged either as fairy tales or as absurdities? Can the wedding truly still be considered a ritual? Or has it merely become a big party, an excuse for once-in-a-lifetime embossed ecru invitations and ice sculptures, that has lost much of its religious and communal meaning?”. Quizás no me cuestionaba el sistema en ese entonces, pero curiosamente tampoco me la vivía ideando mi boda perfecta. Aún ahora, con algunos videos y fotos reservadas en mi archivo mental y digital, no termino de asociarlas conmigo, pero sí con la estampa de lo que consideraría mi estándar si organizara una boda.

Una de las razones en definitiva puede ser que en los círculos sociales donde fluyo, cada vez menos personas -incluyéndome- buscan casarse. Explica Medora Barnes en su artículo “Our Family Functions”, sobre el consenso académico respecto a estos rituales: “Generally become more elaborate when people perceive that the social institution being celebrated is vulnerable and tenuous (…) Contrary to what some might have expected, this has not led to a decrease in the popularity of large traditional weddings”. O sea, que las bodas siguen ocurriendo, sólo que yo no formo parte de ellas. Lo supe cuando a los 20 tuve un descubrimiento personal al darme cuenta que no pretendo casarme. Lo confirmé cuando inició la temporada biológica de las celebraciones nupciales y las invitaciones ni como +1 llegaron.

Hace bastantes años, un amigo de Xalapa visitó la ciudad junto con su abuelita. Venían a una boda familiar. Nos reunimos a platicar, pero naturalmente no me invitó a la boda. Y estaba bien. No problem. Me enternecí escuchando lo mucho que su abuelita disfrutó el bodorrio. Una vez, un amigo potosino venía a la frontera a la boda de su hermana. Un año antes me decía que me invitaba, pero yo no le creí. A la mera hora me dijo que le cayera. Yo, erudita en esos ritos, obviamente no fui sin el +1 oficial; y al final ni detalles del fiestón tuve. En una ocasión me invitaron oficialmente a una boda semanas antes del acto, y entre todo, me conmovió escuchar que el novio (a quien conocía más) me explicaba cómo su esposa me recordaba por la ocasión en que, en un espacio lleno de gente, sólo yo me acerqué a hablarle. En otra, era la hora de la misa de una amiga y finalmente constaté que soy esa que se derrama en lágrimas al ver tanto amor y afecto de pareja. Hace poco, en la boda de una amiga del kínder, me di cuenta de cómo es cierto eso de que el tiempo no es lineal para esa persona ideal en tu vida.

A pesar de fijarme luego en otras cosas, lo cierto es que siempre hay algo bello en cada boda. He seguido los preparativos de conocidas y no tan conocidas previo a sus nupcias, con ganas de preguntarles todos los detalles posibles [Aquí mi ofrecimiento voluntario a que me platiquen/se desahoguen conmigo ante una etapa que puede ser tan maravillosa como abrumadora, sin compromiso por tener que invitarme o cuestionar qué hace esta mujer preguntando sobre bodas ajenas]. Cada tanto pienso en ese cosmos sociocultural que personalmente he presenciado apenas tres veces en mi adultez, con ganas de ahondar en sus minucias y diretes.

Concluye Wendy Leeds-Hurwitz en su libro Wedding as Text (2002): “Weddings display who we are, and who we will become. They make the social transition from two separate individuals to a single social unit visible to the larger community (or communities) having the most invested in the change. How do all of these concepts fit together? Most simply put, we convey meaning about identity and community through the design of and participation in rituals”. Más allá de entender el compromiso legal que implica (y que para muchos se entiende que no “sueñen” con la parafernalia), críticas a estereotipos e imposiciones sociales (fanatismos y machismos aún presentes, como el afirmar que organizar bodas le compete sólo a mujeres) y que sé que ando romantizando de más lo que incluso para mí no tiene cabida en la actualidad (o de todas esas nupcias que con el tiempo concluyen en divorcio), a pesar de todo eso, creo al final que una boda bien lograda es un momento para atesorar y valorar. Un ritual que seguiremos viendo.


Referencias

Barnes, M. W. (2014). “Our Family Functions: Functions of Traditional Weddings for Modern Brides and Postmodern Families”. Qualitative Sociology Review10(2), 60–78.

Leeds-Hurwitz, W. (2002). Wedding as Text Communicating Cultural Identities Through Ritual. Lawrence Erlbaum Associates, Publishers. Mahwa, NJ.

Otnes, C.C.; Pleck, E. H. (2003). Cinderella Dreams: The Allure of the Lavish Weddings. University of California Press.

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