Somos chicos B.I. (Primera parte)

Durante el taller de crónica urbana en la universidad, en un ejercicio de tarea nos pidieron escribir sobre una tribu urbana; y yo, como buena fan y antigua integrante traumada, decidí hablar sobre aquellos jóvenes tijuanenses que decidimos inscribirnos, pagar y atravesar el Programa del Diploma del Bachillerato Internacional.

Mitificado en ese entonces aún como la oportunidad de estudiar en el extranjero, para mí era simplemente una meta de vida que en retrospectiva pude haber aprovechado más, aparte de entender junto a otros exalumnos y amigos que el programa en sí continúa teniendo aquellas dichosas áreas de oportunidad que permitan al estudiante salir con las mismas herramientas y habilidades que tanto profana, pero también con menos traumas, como el hecho de que en un trabajo ponderado a 40 puntos, tener la mitad ya significaba, textualmente, ser “mediocre”.

Entre memorias, ligeros arrepentimientos y satisfacciones, no está en mí vender el programa del BI/IB (International Baccalaureate), más sí hacer labor de introspección ante una etapa que no fue la peor, tampoco la mejor, pero una importante y formativa para mi ser (y seguir romantizándola un poco como en esta crónica de 2015):

Mi hermanito lleva horas en la mesa, atacando trabajos que en su momento yo también ataque, desvelándose de la misma forma que yo lo hice. Definitivamente estamos  locos, pero no hay marcha atrás. «Ni loco entraría a B.I.», exclamaste hace ya demasiado tiempo, y ahora mírate, tal como yo lo estuve. 000243-0008 eres tú. 000237-0008 soy yo. Inevitablemente, en cada generación B.I. el ciclo se repite. Somos chicos B.I. y ése es el estigma que llevamos. Somos la élite del instituto, somos de los pocos que se atreven a aplicar con tal de obtener resultados tras dos interminables años. Somos los sobrevivientos, los privilegiados. Llevamos a cuestas una pesada carga. Somos chicos B.I. y ése es el estigma que llevamos. A esto pertenecemos.

A los 12 años me enteré de su existencia. El hijo de mi profesora estaba por terminar su ciclo, y ella nos recomendó encarecidamente a mi familia y a mí que cuando llegara el momento aplicara; desde entonces, la idea quedó firmemente prendida a mi cabeza, así que cuando llegó mi turno de ingresar al instituto, ya tenía en mente mi objetivo: ser una chica B.I. Por supuesto que lo anhelaba. No me visualizaba en ningún otro lugar, y en mi camino induje sin querer a mi mejor amigo. No diré que me arrepiento, porque ésa ya es su historia. El problema es que cuando aplicas todo mundo te dirá sobre el grave error que cometes, que los siguientes dos años de tu existencia resultarán los más difíciles, pero siempre esperas que no lo sean. Obviamente erré.

El sistema te absorbe; ése sistema traído a Tijuana en 1982 ha aterrorizado y atraído a más de treinta generaciones por igual. ¿Cómo identificar a un chico B.I.? Unos te dirán que mires bien sus ojos y notarás en su faz las continuas noches de desvelo, estrés y montañas de trabajos; otros te dirán que por su actitud ante la vida, algunos cuantos te dirán que por su inconfundible insignia ceñida al pecho, obviamente.

¿B.I.? Ni idea de qué es eso, dirán  los demás. Identificarnos es tan sencillo o embrolloso como resolver la ecuación de una recta, analizar a Oliverio Girondo, crear una base de datos, asistir a eventos internacionales o realizar miles de horas CAS;  o sea, no sabrás quién es un chico B.I. hasta el último momento. Las generaciones en turno son dos pequeños, selectos y apartados grupos de no más de veintiún alumnos, cuyo mayor privilegio, según algunos, será el aire acondicionado de sus salones. Diría un profesor: «oficialmente ustedes no son especiales en comparación a los demás, pero ustedes saben que lo son». Punto. Somos chicos B.I. y no hay nada que cambie el parecer del resto sobre nosotros.

Son mediados de marzo y llega el turno de entregar la solicitud. Realizas todo el papeleo y te presentas a las evaluaciones y entrevistas requeridas. Para junio sabrás si lo lograste. Entonces tus padres también son evaluados y se comprometen a pagar tu estadía en el programa. Para agosto tu coordinadora CAS introduce a los cuarenta y dos aceptados.

Llega el primer día y tanto profesores como la generación de arriba se dedican a presentarse y bombardearte con preguntas sobre tu tremenda decisión. Pasan los primeros meses, y con ellos llega y se va la primera crisis; pasa el primer año y ya eres un hueso duro de roer. La procrastinación se convierte en tu segunda piel. Trabajos, evaluaciones internas y externas, monografías, grabaciones, caracterizaciones, y más llegan y se van. Finalmente los temidos exámenes internacionales irrumpen en mayo. Toda tu labor de esos dos años se reduce a sólo trece exámenes. Qué va; en realidad lo demás también cuenta, más ya no importa.

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