Sobre el tercer piso

En la adolescencia, durante una charla de secundaria en la que acudieron representantes del Instituto Municipal para la Juventud, el presidente bromeaba con que todavía era joven. Ya tenía 29 recién cumplidos, pero técnicamente aún podría ser considerado joven, explicaba, porque en ese entonces el límite oficial de la juventud estaba en los 28, pero ya entonces organismos internacionales no se ponían de acuerdo con si este salto ocurría a los 27, 28 o 29.

Hace algunas semanas, la BBC compartía una publicación referenciando un estudio de la Universidad de Cambridge, ampliando el rango. La adolescencia (juventud) dura hasta los 32, dicen, aunque no aluden a un estudio previo, de 2019, por la Universidad de Stanford, donde sus investigadores ya desde ese año extendían la edad hasta los 34.

“Las proteínas son los caballos de batalla de las células constituyentes del cuerpo, y cuando sus niveles relativos sufren cambios sustanciales, significa que tú también has cambiado”, comentaba el Dr. Tony Wiss-Coray, de Stanford, sobre el estudio sanguíneo que determinó tres edades cruciales: 34, 60 y 78.

“El cerebro se reconfigura a lo largo de la vida. Siempre está fortaleciendo y debilitando conexiones, y no sigue un patrón estable; hay fluctuaciones y fases de reconfiguración cerebral», declaraba la Dra. Alexa Mousley, de Cambridge, sobre el estudio cerebral que determinó cinco edades de inflexión: 0, 9, 32, 66 y 83.

Mientras, la cultura pop recuerda edades importantes: que los 13, los 17, los 18, los 25, los 27, los 30… y luego un eterno ocaso.

De pequeña, pensaba en los 25. Mucho. Luego lloré la noche previa a mis 18 por no querer llegar a la mayoría de edad y tener todas las responsabilidades del mundo adulto, al mismo tiempo que, recogiendo mi pastel, la señora de la pastelería pensó que cumplía 12. Cuando salió la película de Si tuviera 30, no le vi el gran presagio de vida, mientras que La peor persona del mundo me hizo cuestionarme de una forma que no esperaba a los 26. Lo que ésta y tantos otros ejemplos me hacían sentir era que no me veía adulta, o al menos no esa que los medios me comparten (¿y entonces qué sentido tenía preocuparme por ello?).

Hace poco cumplí 30 y no fue el gran instante decisivo de vida.

Recuerdo que al primer profesor de Historia que nos explicó al grupo sobre las distintas líneas del tiempo. Sobre la persona caminando hacia enfrente. Sobre el navegador de espaldas. Sobre el caracol. Por ahí hay quienes la colocan como escalera eléctrica ascendente. Yo siempre he pensado en pisos infinitos. Otra concepción en absoluto novedosa y más bien empleada en broma, pero que para mí siempre ha hecho sentido. Donde una vez que naces, hay enésima cantidad de espacios por encima y debajo de ti.

Realmente, a pesar de las constantes reflexiones universales, en lo personal no he deliberado lo suficiente sobre la edad. ¿Quién más para tener autoridad para hablar sobre mí misma que yo, no? Será más una ignorancia consciente para no caer en crisis existenciales y mejor disfrutar de este periodo eterno que popularmente son los 30-50. Ya veremos si ocurre entrando el año. Como diría Eduardo Hurtado* en su poemario Ocurre todavía, “Todo comienza ahí,/ donde no faltas/ y lo nuevo/ es abrir/ y asomar/ y no buscarte”.

*Qué curiosidades de la vida, que al escribir esto en diciembre, no me imaginaba que un mes después me enteraría del fallecimiento de un autor que se emocionó en cierta ocasión con un diseño de mi autoría, y que junto a un amigo en común quedamos de ir a tomar un café que nunca se concretó. Q.E.P.D.

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