San Juan de la Cruz: entre la mística castellana y la mística hebrea

Leí el Cántico espiritual por primera vez a los dieciséis años, lleno, como cualquier adolescente, de dudas y angustias sobre Dios, el erotismo, la existencia, la vida y la muerte. Venía de leer a Dante, y San Juan representaba otro tipo de reto, otra forma de concentración: más directa, más desnuda. En sus versos, la carne y el espíritu hablaban un mismo idioma —sensualidad, amor, vacío y trascendencia.

Siempre he creído que hay ciertos libros que deben leerse de joven, con el ímpetu producto de la angustia, pero también de la esperanza y los anhelos propios de la inexperiencia. Pienso en Así hablaba Zaratustra de Friedrich Nietzscheen Demian de Herman Hesse o en La metamorfosis de Franz Kafka y muchos ejemplos más, pero en poesía, por extraño que parezca, pienso en San Juan de la Cruz, en Novalis, en Darío y, por supuesto, en Rimbaud. Fueron para mí un catálogo de primeras lecturas que abrieron un mundo radicalmente nuevo, lleno de preguntas urgentes que estallan todas a la vez cuando se deja atrás la niñez.

Con el paso del tiempo, las sensaciones, las preguntas y las lecturas se van acumulando en capas de significado que se abren a nuevas concepciones y experiencias. Todavía recuerdo la impresión que me generó la aliteración más famosa, quizás, de la lengua española: “un no sé qué que quedan balbuciendo”. En mi primera lectura nunca supe darle nombre o explicación, tan solo era un golpe sonoro que se quedaba en mi cabeza durante las tardes. No fue sino años más tarde, durante una clase de literatura del Siglo de Oro, que una sensación me hizo conectar con aquel adolescente de dieciséis años. 

Por más de dos horas analizamos apenas cincuenta de los casi doscientos versos del Cántico espiritual. Descubrí entonces que la poesía, cuando alcanza sus momentos más altos, no solo dice: hace lo que dice. El verso de San Juan no solo nombra el balbuceo, sino que lo ejecuta sonoramente. Y comprendí que lo que en su momento experimenté como incapacidad para nombrar era, en realidad, una intuición poética. Con los años, uno gana cierta seguridad verbal, pero pierde la conciencia de que muchas cosas esenciales siguen siendo innombrables. Recuperar ese balbuceo fue un recordatorio de que mis preguntas siguen ahí, tan solo con más capas de sentido.

Esa misma sensación me invadió con la nueva edición del Cántico espiritual preparada por Lola Josa, filóloga y escritora española. El libro ofrece una experiencia triple: una edición facsimilar, un ensayo introductorio riguroso pero accesible, y una lectura verso a verso que dialoga con la tradición mística hebrea. Es una invitación a leer —y releer— el poema bajo una luz inesperada. 

Para quienes se acercan por primera vez a San Juan de la Cruz, el volumen ofrece una entrada generosa al mundo de su mística: el diálogo con el Cantar de los Cantares, los ecos bíblicos, las resonancias hebreas que la censura postridentina pretendía sofocar en el siglo XVI. Pero también hay aquí una lectura exigente, casi secreta, para quienes ya conocen el terreno: un entramado fino entre historia, filología y contemplación, donde la veritas hebraica —esa verdad antigua que atraviesa la lengua original de las Escrituras— reaparece como herencia viva, como sustancia oculta en cada verso:

“En la Europa del siglo XIII se desató la persecución y la quema del Talmud, el libro que da cuenta de la valiosa tradición rabínica a propósito del Tanaj o Biblia hebrea, una tradición rica y al mismo tiempo imprescindible en el estudio y la comprensión de las Sagradas Escrituras. Pese a las prohibiciones, los cristianos más leales al Evangelio no dejaron de recurrir a maestros judíos, porque eran los que permitían entender y estudiar la Biblia y, especialmente, la Biblia hebrea”. 

Con un tono preciso y poético, Lola Josa desentraña los ecos hebraicos en cada lira (estrofa de tres heptasílabos y dos endecasílabos). Lo hace con un respeto amoroso por el texto, sin forzar sus vínculos, dejando que la poesía respire. Leer su edición es detenerse, como propone el propio San Juan, a contemplar “las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos” y escuchar en calma “el silbo de los aires amorosos”.

Gracias a este libro, el adolescente que fui, el universitario que aún habita en mí y el adulto que soy ahora se entrelazan en una lectura que me permite reconocer, con mayor claridad, los ecos que Lola Josa va desplegando. Cada página abre una puerta: al asombro poético, pero también al reconocimiento íntimo. Así como tengo mi lista de libros imprescindibles para la juventud, empiezo a construir otra para la vejez: libros a los que volveré una y otra vez. Este ha entrado, sin aviso, en esa lista silenciosa de los libros que me acompañarán.

Así, esta nueva edición te entrega todo en una secuencia fecunda y disfrutable para todo tipo de lector: el gozo del poema aislado, el estudio que revela un contexto particular, la edición facsimilar como curiosidad y el poema comentado para releer a San Juan de la Cruz bajo una luz nueva. El resultado final es un agasajo que me remite a mi primer encuentro con uno de los mayores poetas de la lengua española: asombro y entusiasmo en un vaivén que halla su punto álgido en el silencio, producto de la cercanía con esa «inmensidad admirable» tan propia de la mística y tan en el corazón de la verdadera poesía.    

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