Todo reino empieza por una ficción. Alguien traza una línea y dice: de aquí para allá, mío. Alguien inventa una palabra: patria, dios, dinero, ley. Después vienen los otros. Creen en la línea. Repiten la palabra. Construyen una casa alrededor de ella, a veces también cárcel. Sospecho que quizá el problema del mundo sea nuestra obstinación por hacerlo a nuestra imagen.
Reino mundo (Capítulo Siete, 2025) de Juan Mireles comienza precisamente por esa vieja manía humana de ocupar el centro. Sus criaturas ascienden montañas, levantan reinos, escriben normas, inventan enemigos, administran el alimento, fabrican verdades. Quieren gobernar incluso aquello que no comprenden. En uno de los textos, el hombre mundo crea símbolos, ficciones, religiones, distribuye bienes, moraliza, castiga y termina rozándose a sí mismo.
Nada demasiado extraño.
Lo hacemos todos los días.
Durante siglos se imaginaron las herramientas como extensiones de nuestras capacidades. El martillo prolonga la fuerza del brazo. El telescopio amplía la vista. La imprenta multiplica la palabra. Pero en Reino mundo la tecnología parece adquirir una especie de voluntad silenciosa. Ya no se limita a prolongarnos: comienza, poco a poco, a sustituirnos.
Por momentos, el libro recuerda ciertas tradiciones literarias en las que el progreso siempre llega acompañado de una inquietud moral. El peligro no está necesariamente en una máquina que se rebela contra quien la creó, sino en algo quizá más perturbador: aquello que promete cumplir mejor que nosotros nuestras propias aspiraciones.
Hay algo en el tono del libro que me hace pensar en una especie de anticristo contemporáneo, no en el sentido religioso literal, sino en sentido estructural.
En la tradición teológica, el anticristo no aparece como una figura monstruosa que destruye el mundo de inmediato. Más bien, aparece como una imitación de la salvación que promete orden, progreso y resolución de las dificultades humanas.
Su poder no reside en la violencia, sino en la seducción.
En Reino mundo, como en nuestro mundo, la tecnología llegó con pequeñas facilidades. Procesos que se automatizan. Decisiones que ya no necesitamos tomar. Y en ese gesto aparentemente inocente se abre una pregunta que atraviesa todo el libro: ¿qué parte de nosotros desaparece al dejar de decidir?
Por todas estas razones no consideraría de esta obra exactamente una distopía. Tampoco es una advertencia moral directa. Es más bien una observación literaria del presente, como si el autor hubiese detenido el tiempo para examinar algo que ya está ocurriendo, aunque todavía no terminemos de nombrarlo. Porque si la tecnología funciona como una especie de anticristo narrativo, no es porque destruya el mundo de manera espectacular. Lo inquietante es que lo reemplaza sin que nos demos cuenta.
Leer Reino mundo por Juan Mireles me produjo una sensación extraña: la impresión de que estoy leyendo algo que pertenece a nuestro presente futuro.
