Cuando me hablaron de Recursos Humanos del call center para ofrecerme trabajo y yo les respondí que no podía porque ese fin de semana iría a ver el musical del Rey León, y aun así me volvieron a hablar después, tuve que haberlo visto como la señal de que era muy cierto que en Telvista encontrarás buenos compañeros… o algo así decía uno de los slogans publicitarios y ciertos de aquella compañía que precovid era “el” callcenter de Tijuana. En 2015 era seguro que conocieras a alguien que trabajó en esta empresa, o que tenía un conocido laborando ahí. Y si no, quizás eras tú quien trabajaba en este legendario call center como agente de llamadas, fuera en Atención a Clientes, Soporte Técnico o Ventas (más los casos en que subían a un puesto operativo).
La ocasión me llegó finalmente en 2016, tras insistencias familiares de que la experiencia me serviría para mejorar mi inglés y de paso ganar dinero. No recuerdo por parte de quién nos enteramos que la empresa realizaba capacitaciones gratuitas en su sucursal de Torres, previas a solicitar un puesto como agente de llamadas, pero el caso es que durante ese verano asistí unos días a cursos sabatinos para entender ese mundo, capacitación que daban a potenciales empleados; luego siguió ahora sí solicitar el puesto de “agente de contact center”, con lo cual asistí a las instalaciones centrales (Hipódromo), en un proceso que duraba varias horas, ya no recuerdo si uno o dos días, porque incluía un examen psicométrico, entrevista con R.H. y conversatorio en inglés, más una prueba de tecleo y revisión médica.
Fue el último fin de semana de octubre cuando inicié mi mes de capacitación oficial en la sucursal Agua Caliente, y a finales de noviembre cuando ya me integré a la planta oficial. Si algo recuerdo de esos sábados y domingos de 7:00 a.m. a 5:00 p.m. es que la vida se sentía eterna. Nunca lloré frente a mi computadora, ante llamadas interminables donde, si bien algunas sí procedían armónicamente, estas eran las menos, siendo el grueso aquellas donde me cuestionaban si sabía hacer bien mi trabajo, si no era extranjera por mi acento, si lo que se reflejaba en sus cuentas no era cierto, que si les pasaba mejor con el supervisor, etcétera.
Cuando en 2017 decidí renunciar a mi experiencia de fin de semana laborando, luego de poco menos de seis meses, ya había aprendido a sufrir por el cierre de cada semana escolar que daba paso a la de atender llamadas a cambio de mínimo 800 y tantos pesos (ganando aproximadamente 1,300 ya con bonos). De esos 20 que ingresamos en mi tanda, quedaban cinco antes de irme (uno ya entre semana). Y entre toda esa rutina, el respiro era la convivencia con el otro (fueran ellos, otros compañeros, supervisores o técnicos): un saludo al pasar entre computadoras, alguien ingresándote un código “ilegal” con el que te saltaba una llamada o te daba minutos extras de descanso, otra persona preguntando genuinamente cómo estabas, esa red social interna motivándote a chismear sobre la experiencia colectiva de las consecuencias de trabajar en un call center a cambio del beneficio de dinero rápido, legal, con prestaciones, gracias a ser bilingüe…
(Ni tan rápido, porque dependía y depende aún de la apertura o cierre de campañas con las compañías telefónicas estadounidenses que prefieren contratar a terceros como nosotros para pagar menos, y que recuerdo bien ya era un problema en 2016-2017 porque algunas ya se estaban aliando con otros países que cobraban aún menos que México por este servicio, antes del auge de otros servicios o la opción de home office. Ni tan efectivo como respaldo laboral tampoco, al tener reglas medio raras para casi no poder faltar a trabajar, o no ser contratado por ello, y donde, irónicamente, nunca le llamaron a mi hermano cuando hizo su solicitud porque iba a tener que faltar un día por una competencia de la escuela; pero conmigo no hubo problema por mi musical, o de otra compañera por su desfile de modas).
Entre estudiantes, señores, deportados y uno que otro licenciado, de 16 a 50 y tantos, resulta que a mis 20 fui parte de esa estadística ante un lugar donde el trato como empleado dependerá de la campaña en la que te contraten, pero donde todos terminamos sufriendo por igual los tiempos mínimos para comer e ir al baño, las sesiones de revisión de llamadas que ponían en juego los bonos, el querer colgarle a los clientes, etc etc etc.
Resiliencia, le llamarían los más bondadosos. Explotación laboral, los que hemos vivido ese sistema del que actualmente Telvista no es la punta de lanza en Tijuana, con tantas nuevas empresas orbitando, pero uno donde sé que, en crisis económicas, segura y lamentablemente estaría tentada a volver.
