Presentación para Barraca de bisonte de Juana Adcock

En un momento del libro Barraca del bisonte de Juana Adcock, dos personas se preguntan si tienen casa en distintos lugares del mundo: en Turquía, en Costa Rica, en Finlandia, en Japón. Y siempre responden que sí. 

Yo, a veces, juego a vivir en ciudades donde nunca he estado. Abro Google Earth o empiezo a ver la ubicación de fotos o videos en Instagram y termino caminando con el cursor por calles de Lisboa, entrando a un mercado en Estambul o deteniéndome frente a una esquina cualquiera en Berlín. Giro la cámara, avanzo unos metros, miro un parque.

Durante unos minutos ocurre algo extraño: siento que ese lugar también me pertenece un poco. Como si imaginar esas casas fuera una manera de no sentirse nunca del todo sin hogar.  

Ese gesto atraviesa el poemario y abre una pregunta, ¿dónde vivimos realmente? Si vivimos en un país o en una ciudad o en un idioma o quizá en algo mucho más inestable, como la memoria o la imaginación.

Lo más interesante es que esa pregunta no se limita a la experiencia humana. A lo largo de los poemas descubrimos que muchas cosas migran: las personas, por supuesto, pero también los animales, las palabras, las lenguas, e incluso los árboles.

Por mucho tiempo pensé que los árboles representaban lo contrario del movimiento. Lo fijo, lo arraigado. Pero el libro recuerda algo distinto: ellos también migran. Lo hacen lentamente, generación tras generación, a través de semillas que buscan nuevas tierras cuando el clima cambia o el suelo se vuelve esteril. 

Ese desplazamiento silencioso despierta en mí un miedo concreto: el de no poder llegar a ser madre. No porque alguien me haya dado un diagnóstico, sino porque a veces el cuerpo se vuelve territorio incierto. Muchas personas conocen esa incertidumbre: descubrir que la vida orgánica no siempre responde a los deseos que tenemos.

El poemario recuerda que, en español, estéril también es un término minero: la tierra de la que ya se ha extraído todo lo valioso, un suelo que queda infértil después de la explotación.

De pronto el cuerpo y la tierra aparecen unidos por el mismo lenguaje.

Desde el primer poema, el cuerpo aparece como un pequeño ecosistema: la piel funciona a la vez como límite y superficie habitada por miles de microorganismos. No es una identidad cerrada, sino un espacio poroso, atravesado por otras formas de vida.

Esa idea de frontera permeable recorre todo el libro, entre especies, entre territorios, entre idiomas, entre historias.

Y muchas de las historias que llamamos civilización también son de desaparición de fauna y flora, de hábitats, de comunidades.

En el cruce de la lectura aparece la figura del bisonte, que condensa un archivo histórico. A través de su rastro se cuenta algo más: la relación entre los pueblos humanos y los animales, pero también la violencia de la colonización, el exterminio ecológico y la transformación del paisaje bajo la lógica del progreso.

Pero la lectura no se queda únicamente en esa dimensión política. También vuelve una y otra vez al cuerpo y a la experiencia íntima de habitar el mundo.

En ese movimiento espejo —del paisaje al cuerpo, del afuera al adentro—, el poemario toca algo profundo: la manera en que nuestras emociones están conectadas por sucesos similares de desgaste, violencia y fragilidad.

Esa misma sensibilidad aparece en el libro sobre el acto de nombrar. Cuando no sabemos el nombre de una planta, todo el bosque parece una sola masa verde. Pero cuando empezamos a reconocer cada especie, el paisaje se vuelve más complejo, más preciso.

Algo parecido ocurre con la poesía. La poesía también es una forma de aprender a mirar.

Al final, Barraca del bisonte nos recuerda que tal vez no estamos tan separados de todo lo demás como creemos. Que nuestra vida está entrelazada con la de los animales, las plantas, los paisajes y las lenguas.

Y que quizá habitar el mundo consiste precisamente en reconocer que, de alguna manera, siempre estamos viviendo un poco en todas partes.

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