Oposición (Sara Mesa)

«La escritura de Mesa reivindica en cada línea su estricto cariz literario», nos dice Manuel Hidalgo (El Cultural) en la zona de la contracubierta reservada para los elogios, y, aunque, por lo general, tanto las alabanzas que se vierten en las fajas como las que se insertan en las contras suelen ser exageradas o incluso falsas (¡qué vergüenza!), en esta ocasión estoy totalmente de acuerdo.

«Implementar era mejor que poner en marcha y los cambios se denominaban —no llamaban— transformaciones. Si algo tardaba en llegar era porque había sufrido una demoraincrementar y reducir se prefería a aumentar o disminuir y preferible era mejor que mejor».

Sara Mesa vuelve a entregarse entera en una novela que poco tiene de ficción, apunta, dispara, acierta, y lo burocrático cae cuan largo es, y lo personal queda al descubierto y nuestra fragilidad expuesta, con el alma al aire, desnuda y bufando.

«Cuando empecé a abandonar mis funciones y a redactar los informes de cualquier modo, solo para acabar cuanto antes, sin prestar atención a la exactitud de los datos, ni a la precisión del lenguaje, ni a los formatos tipográficos, ni a las incongruencias ni a nada, hice un descubrimiento terrible: nadie apreciaba las diferencias».

Acierta Sara cuando le endosa a Sara (sí, la protagonista se llama como la autora) una dislalia que no le permite pronunciar la erre, acierta Sara cuando le endosa a Sara indecisión y osadía a partes iguales, acierta Sara con la atmósfera y con el ritmo y también con el tono.

«Comprendí que cuando deformaba las palabras no era para construir algo nuevo, sino para eludir su significado y desnaturalizarlas. Como un modo de verlas desde fuera sin implicarme, de no apropiármelas».

Oposición está escrita con esa precisión que es marca de la casa, cada frase está donde debe estar, y cada párrafo, y cada capítulo, todo en Oposición es coherente, creíble, rotundo, nada en ningún momento rompe la armonía de una novela que roza la perfección.

«Como crear una forma verbal nueva: la cuarta persona del singular. Ni yo ni tú ni ella, sino alguien más allá que pudiera observarlo todo en la distancia sin tener por qué formar parte de lo dicho».

Y, por supuesto, la obra tiene chispa, magia, y toda la naturalidad del mundo, escribe Sara con franqueza, sin artificiosidades, con la sencillez de los inspirados.

«Era una mujer ridícula e inocente, pomposa y buena, cálida y posesiva, de la que era muy fácil reírse y de la que, al mismo tiempo, debería ser delito reírse. Cómo podía ser tan fácil cometer ese delito resultaba una paradoja casi cruel».

No me canso de decirlo, Sara Mesa es mi oasis particular, siempre me salva cuando me adentro en un desierto literario, técnica perfecta, mirada natural, un sí sé qué subyugante con el que apunta, dispara y nos deja con el culo al aire, pasen, pues, y lean.

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