“Nadie me ha puesto nombre, pero no sirve de nada llorar por ello”. (Yo, el gato, Natsume Sōseki).
“La figura de la Malinche resulta tan ambigua debido a que su identidad continúa siendo borrada, o resurgido bajo una óptica romantizada. Si bien no existen obras autobiográficas que nos permitan conocer sus propios pensamientos, fuentes primarias y secundarias (así como obras de arte) resultan esenciales para acercarnos a su realidad”. (“¿La Malinche o Malinalli? La narrativa que conocemos vs la que deberíamos saber”, Kiana Rodríguez).
Sé que Malinche está muerta.
Hará tiempo, centenares de años, que nadie ve o escucha a la de andar ligero, aquella cuya voz y presencia sinuosa la convirtieron en conectora incidental de mundos.
Así saludé por años a Malinche, quien, al igual que su homónima, quizás no se llamaba así (nunca lo sabremos). Quizás su destino nunca fue ser esa histórica representación de la Conquista, o en este caso resistencia ante una banca que, al igual que para su predecesora, no era su hogar, sino un espacio donde los viajantes la reconocimos y dialogamos aún sin entender su lengua. Quizás, cuando se acercó a mí, no pretendía que cumpliera las históricas promesas de un Hernán perdido, sino mostrar lo que habría sido la libertad de aquella nahua de haber sido felina y no humana.
De esta Malinche no se escribirán libros, ni nadie más que yo especulará si acaso hay una historia verdadera, un origen, un amor, familias o familiares de este ser aparecido en medio también de un momento histórico mundial. De esta Malinche se desconoce tanto más que de aquella otra, aclamada por algunos, crucificada por otros; mi única certeza, además de su nombre final, es haberla conocido: decir “Hola Malinche” a las seis de la tarde, ocho y media de la noche, diez y tantos de la mañana; preguntarle por qué tan temprano, por qué tan tarde, por qué en otra parte, las veces que nos topábamos en husos ajenos; detener el instante sólo para preguntar “¿Me permites?” y cordialmente esperar a que, con un maullido o acercando su bigotuda presencia, me permitiera acercarme (un lujo que la otra Malinche no tuvo).
En otra vida, quizás habría sido la no salvadora blanca de Malinche, pero quizás sí una acompañante segura, un lugar al que esa minina gigante volviera tranquilamente, en vez de residir entre casas, a veces sin acicalamientos, ducha ni alimentos, dependiente de vecinos y uno que otro transeúnte.
—¿Cómo se llama?
—Malinche.
Desde un inicio, la paradoja del nombre se me quedó grabada, una en la cual a la fecha sigo hallando paralelismos que quizás sólo yo pueda repensar.
Malinche era —¿o es aún?— una gata esponjosa color arena. Apareció de repente a inicios de 2021, mientras caminaba en la residencial donde vivo, pero ya entonces era un alma vieja, dócil. ¿A quién pertenecía? Un misterio. Los primeros vecinos en responderme me dijeron su nombre y que toda la privada la cuidaba. Otros de la misma zona ni idea tenían de su existencia. A mi mamá, una amiga le dijo que su dueña era de dos privadas a la izquierda, pero que —según esto— siempre se escapaba. Yo lo que sé es que siempre la vi en la calle, siempre en la misma zona, siempre relajada; a veces con collares nuevos, a veces muy limpia, a veces como si se la viviera en la calle, muchas veces malnutrida o con respiraciones entrecortadas. Acercarme a saludarla o quedarme junto a ella, en su banca, haciéndole mimos por 10 o 15 minutos en días soleados y aquellos más fríos, fue un gusto y endorfinas constante.
De las últimas veces que la vi, a inicios de año, en cada ocasión pensaba que ésta podría ser la última, tras verla cada vez más quieta, un poco más sucia o desvanecida; o habrá sido también mi pensar producto de ver cómo una vecina a media privada le decía a su hijo que revisara que la Malinche se quedara adentro (¿Sus dueños? Al día de hoy lo sigo dudando. ¿Criaturas? Desconozco, más nunca la vi preñada o en celo). A la fecha, sigo esperando que un día, quedamente, nos volvamos encontrar, aunque dentro de mí algo me dice que no, así como de la Malintzin, Malinalli o Doña Marina un día ya nada se supo. Quizás lo único prudente de esta reflexión gatuna con más incertidumbres y desvaríos que certezas es saber que la enorme gata beige a 400 metros de mi hogar se llamó Malinche, y que, como aquella mujer histórica para México, de ambas nunca sabremos todo. Pero si alguien se la llega a encontrar, “por favor, sea tan amable de darle mis saludos al gato”.
