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Maneras de leer

Recuerdo bien al lector que era hace veinte, treinta, cuarenta años, y recuerdo también que empecé a leer de otra forma hace unos quince años, justo cuando conocí a Constantino Bértolo, que en aquellos tiempos era el editor de Caballo de Troya.

En 2012 escribí Nueve semanas (justas-justitas), un ejercicio de estilo que llegó inesperadamente después de unos años buscando la piedra filosofal de la literatura. Escribí esta novela para Constantino, habíamos cambiado algunas frases, tanto por vía epistolar como a través del blog de Caballo de Troya, y Nueve semanas fue una especie de tesis.

Aunque Constantino me la rechazó —ya estaba jubilándose—, posteriormente me escribiría el prólogo de la obra, y me gusta pensar que eso equivale a un aprobado.

El lector que era tiene mucho que ver con el escritor que fui, y el lector que soy es inseparable del escritor que fui a partir de Nueve semanas (justas-justitas).

Antes solo me interesaba la trama, lo que estaba pasando o lo que iba a pasar, no prestaba ninguna atención a la forma en que estaba escrito el texto, e incluso me molestaba si algún autor trataba de contarme las cosas de una manera especial.

Hoy, sin embargo, me interesa más la sintaxis, la coherencia, el ingenio, la personalidad, cuéntame lo que quieras pero cuéntamelo como nadie me lo ha contado.

Abandono un libro escrito de forma vulgar (y casi todos lo están), abandono un libro incoherente (y los hay a puñados), abandono un libro aburrido (y abundan), abandono los fárragos y todo lo que huela a impostado, y también lo artificioso, si no me lo creo, no me interesa.

Leo despacio, muy despacio, y disfruto cuando todo está donde debe estar, y disfruto cuando el autor me sorprende con un párrafo ingenioso («Sesenta años. Pelo platino. Un tatuaje en el brazo. Dedicado a alguien llamado Antonio. Voz de Ducados. Tetas fellinianas. Inmensas en su generoso escote. Ésa es Purificación»), 

y disfruto con la magia («A partir de aquí la tía Marisol hizo algo de lo más extraño: empezó a enseñarnos nuestra ciudad. Con maneras de guía turística, nos mostró el edificio donde trabajó de costurera antes de, el soportal en el que se citaba con sus amigas cuando, la cafetería ―un restaurante chino ahora― donde. Y decía nombres como si supiéramos quiénes eran o como si nos importara quiénes fueron. Aquella esquina, aquel beso y aquel novio tan joven y tan bien puesto que iba para piloto del ejército» porque sin magia no hay literatura.

Lo que antes me disgustaba (el estilo) es ahora lo único que me gusta, quiero detenerme en cada frase, sentirla, vivirla, quiero una prosa viva, eléctrica, que me arranque una sonrisa interior, lo plano me abruma, señores escritores, no me cuenten más historias, mejor sáquense la entrañas y deposítenlas sobre el escritorio, y si no pueden, si no les ha llegado el momento, no requieran mi atención, please.

Foto: Ánh Dang (pexels)

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