Lo políticamente correcto

Twitter: @aldoalejandro

Es su segundo matrimonio. Han sido cuatro meses de relativa felicidad después de la boda por el civil y ya piensan en tener un hijo. Ella es mamá de una pequeña y estrenó el cargo hace casi seis años. Hoy está dispuesta a pasar las mismas incomodidades y problemas durante otros nueve meses. Claro, después de una ceremonia religiosa, para hacer las cosas como Dios manda.

Subió a la colectiva en el paradero cercano a la plaza comercial con dos bolsas. En una llevaba una muñeca nueva, una de esas estilizadas cuya presencia inunda jugueterías y pantallas en épocas de regalos infantiles. En la otra había espinacas, cebollas, pollo…

Al cerrar la puerta y poner en marcha la unidad, el conductor repite la frase otra vez, como ha hecho desde hace dos días: “se les informa que el costo del pasaje ha aumentado un peso y ahora cuesta 10. Gracias”.   

—Sí, está bien, responde mientras termina de acomodarse e intenta sacar el móvil de la bolsa delantera de la chamarra, donde continúa el fastidioso repicar.

Contesta. Confirma haber conseguido el regalo de reyes para la pequeña y lo necesario para la despensa semanal. Y sí, el famoso recalentado será suficiente al menos hasta el jueves. No es su culpa la indisposición de los primos, sino del pinche bicho ese. La sonrisa empieza a transformarse hasta convertirse en ese gesto de fastidio mundialmente conocido y pronuncia una frase imperceptible para los demás. Termina la llamada y de inmediato marca.

—¿Hola? Sí, me acabo de enterar. No, no hay problema, solo que la próxima vez avísenme al menos para estar, después de todo es mi casa…

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Es imposible escuchar el nombre de Félix y no pensar en el gato ese de las caricaturas. 

Pero no, por favor, no lo tome a mal. El comentario no lleva consigo burla, sorna, escarnio o una oculta e improbable pretensión de denostar a quienes así fueron nombrados, sin consentimiento, por un par de adultos privilegiados y abusivos. Eso sería políticamente incorrecto y ofendería hasta quién sabe qué niveles a uno o quizá dos sectores de la población. 

Quienes llegamos a esta vida matraca entre la década de los 60 y los 70, en el siglo pasado, recordamos esa animación, aunque tampoco somos contemporáneos: “el gato Félix, también conocido como Félix el gato, es un personaje animado de la era del cine mudo. Su pelaje negro, ojos blancos, y amplia sonrisa, junto a las situaciones surrealistas en las que sus historias se presentaban, contribuyeron a hacer de Félix uno de los personajes animados más reconocibles…”, eso dice Google.

Pero no solo era una figurita animada para divertir a algunos, también era el protagonista de una historieta creada para él específicamente y era acompañado por otros como él, de igual género y mañas. Su biografía en el señalado navegador detalla su tonalidad (blanco y negro) y su sexo (masculino). Tengo mis dudas, la memoria me falla a veces, pero recuerdo haberlo visto en compañía de una gatita bien linda y sexy con similares características y… siempre ignorada. 

No lo sé, igual estoy confundido.

El asunto con el gato ese es su capacidad para llegar a sitios inesperados y protagonizar incontables y ocultas aventuras con sus compinches, cuando los había. Ahí tiene usted, por ejemplo, apareció en la película de Jessica, bueno, en la de su marido Roger Rabbit, y tuvo incluso varios especiales. En uno hasta rescató la Navidad. 

Sin duda era una mascota cómica aunque, como muchas, eventualmente caía mal en su afán protagonista…

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Estaba realmente molesta. Había trabajado por años para construir y arreglar su casa, una de las más bonitas en los alrededores de esa peligrosa zona y estaba empecinada en sembrar un frutal en la banqueta de la entrada sin importar los ornamentales a lo largo de la cuadra. Su cuadra. 

El jefe de la manzana le había dado su aprobación ya, pero el vecindario no lo permtiría: “todos son adornos, no podemos romper la armonía visual de nuestra calle solo por una inexplicable y empecinada necesidad de satisfacer un capricho”.

—Una golondrina no hace verano, les había respondido, pero se burlaron de ella.

De cualquier forma consiguió un árbol y lo sembró. Era un majestuoso y hermoso tejocote cuya producción frutal seria casi inmediata porque ya estaba crecidito, pero al siguiente día ya no estaba en su sitio, al menos no como lo había dejado. Alguien había intentado arrancarlo y solo lo aventaron a un lado. Ella decidió poner una reja protectora a su alrededor luego de recolocarlo en su sitio original y al día siguiente pasó lo mismo, y al siguiente y al siguiente y al siguiente también. 

No se dio por vencida.

Cuando le llamaron para decirle enfureció por un momento: “los vecinos arrancaron el tejocote y se lo llevaron. En su lugar dejaron un coquito ya con flores”. 

—Pero es mi propiedad, ¿por qué los dejaron?

—Se los dijimos, pero ellos alegan que la banqueta es de uso común y, si lo piensas, tienen razón.

—Sí, es cierto, pero es mi casa

Su molestia era evidente, pero la mayoría, para bien o para mal, lo había decidido.

Después cayó en la cuenta. De nada le sirvió el berrinche…