Las hormigas de Carolina en nuestra piel

Hay una frase muy breve al comienzo del libro Carroña botánica por Carolina Moreno, que me acompañó durante toda la lectura: 

“Las hormigas

  se heredan”.

Me parece difícil leer eso y no pensar, de inmediato, en la propia familia. Porque todos sabemos que heredamos cosas, pero ¿qué cosas heredamos? De pronto, la imagen pequeña e insignificante de las hormigas crece. 

Desde el título, Carolina nos pone frente a dos palabras que, juntas, incomodan. 

Por un lado, aquello que ha muerto. Por otro, aquello que crece. Entonces, uno se pregunta, ¿qué florece en los restos? 

Y en respuesta, nos entrega un inventario de criaturas y objetos: una manzana, un gorrión, una semilla, una lombriz, un hormiguero, una madre, un padre, un cuerpo. Y nos deja entrar con ellos. Sin decirnos qué sentir. La poesía, allí, funciona un poco como un test de Rorschach —esas pruebas donde alguien nos muestra una mancha y pregunta ¿qué ves? Carolina dibuja la mancha y cada uno de nosotros trae la respuesta. 

La cuestión está en que, algunas palabras en Carroña botánica son traviesas o imprudentes como esas que uno preferiría mejor enterrarlas. Como en uno de los poemas donde la madre entierra una palabra en el jardín y después el yo lírico se pregunta: 

Si las palabras 

son más felices 

bajo tierra”. 

Allí, la poesía puede producir una intimidad muy particular. Mientras, estamos leyendo el jardín de alguien que no conocemos, sin darnos cuenta, comenzamos a revisar nuestro propio jardín. 

Carroña botánica está dividido en tres partes. Sus títulos hablan de manzanas, de palabras que están por existir y de palabras que escapan. Y parte del placer del libro está precisamente en descubrir cómo una imagen regresa transformada algunas páginas después. Aparecen también, vientres, huesos, venas, corazones, ultrasonidos, radiografías, jeringas. Como si Carolina quisiera mirar aquello que sucede debajo de la superficie —esto me recuerda a un poema de Juan Gelman. Y pensé que, probablemente, hacemos algo parecido cuando leemos. Leemos para saber qué ocurre debajo de otra persona, de una familia, de una palabra o, sobre todo, debajo de nosotros mismos. Esa una de las razones por las que este libro pide ser releído. La primera, descubrimos los poemas. La segunda descubrimos sus conexiones. Y, quizá, la tercera lectura nos descubrimos a nosotros dentro de ellas. 

La tensión en discurso es colocada dentro de una semilla que silenciosamente nos pregunta: ¿todo lo que puede crecer tiene necesariamente que hacerlo?

Hay poemas que necesitan ser vistos. Por eso me parece que Carroña botánica pertenece a esa clase de libros que ganan mucho cuando uno puede tenerlos enfrente, regresar una página, mirar un espacio vacío, descubrir que algo que parecía accidental estaba esperando desde diez páginas atrás. 

Así que les hago esta invitación a abrir y leer, este poemario. 

A encontrar una imagen. 

A seguirla. 

Y ver dónde termina. 

Sigan a las hormigas de Carolina y, quizás, terminen en una habitación de su infancia. 

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