La manía de insistir en que un poema puede explicar el mundo 

Hubo un tiempo en que la filosofía, la física, la ciencia y la poesía eran inseparables. Parménides escribió un poema para pensar el ser. Empédocles hizo lo mismo con la naturaleza. Y en el siglo I antes de nuestra era, Tito Lucrecio Caro, discípulo de Epicuro, imaginó un universo compuesto por átomos, vacío y movimientos invisibles sin abandonar jamás el hexámetro —tal vez, antes de que la ciencia descubriera su lenguaje, el universo todavía podía hablar en verso. 

Esa es la extrañeza de De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas). No solo porque Lucrecio, un poeta romano, se atrevió a describir el universo compuesto por átomos invisibles muchos siglos antes de la física moderna, sino porque nunca consideró contradictorio escribir un poema para comprender el mundo.  

Solemos leer a Lucrecio como un precursor de la ciencia. Sin embargo, cada vez sospecho más que su descubrimiento más radical no fue anticipar una teoría de la materia, sino recordarnos que ciertas ideas necesitan una forma capaz de producir asombro antes que certeza. Es decir, donde el conocimiento no comience desde una respuesta, sino con un cambio de mirada. 

Uno de los pasajes más célebres del poema ofrece una imagen para entenderlo. Lucrecio compara sus versos con la miel que un médico unta en el borde de una copa para que un niño acepte una medicina amarga. Durante siglos esa imagen se entendió como una defensa de la poesía: el verso endulzando la filosofía para hacerla agradable. Pero quizá ocurre que la miel no disimula el remedio, sino que, solo lo transforma —después de todo, la forma también modifica aquello que puede ser pensado. 

Esa intuición cuestiona la teoría de que primero aparece el pensamiento y después encontramos las palabras para expresarlo. En esa lógica, la escritura sería apenas como un vehículo, y Lucrecio parece sugerir lo contrario. Hay pensamientos que solo existen cuando encuentran una forma. No siempre pensamos primero y escribimos después. A veces pensamos porque escribimos. 

Por eso no deja de resultarme significativo que, más de dos mil después, Anne Carson ha vuelto una y otra vez a los filósofos y poetas griegos. Sus libros, situados entre ensayo, la traducción y la poesía, parten de la convicción de que la imaginación no embellece el pensamiento, sino que participa de él. En su obra, Safo conversa con la teoría literaria; Simónides, con la fotografía; Eurípides, con la autobiografía. Las fronteras entre los géneros dejan de ser categorías estables para convertirse en distintas maneras de conocer. 

Quizá por eso regreso a Lucrecio y a Anne Carson. No porque crea que un poema pueda responder las grandes preguntas, sino porque las formularla de otra manera. Escribir no consiste en explicar el mundo, sino que consiste en volverlo un poco más extraño al hacerlo más visible. Y si eso es cierto, ya la pregunta no refiere a si un poema puede explicar el mundo, sino ¿por qué seguimos creyendo que comprender y poetizar pertenecen a lenguas distintas? 

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