Jardín de las delicias

Siglo XV. Un pájaro con sotana devora hombres. Un pez camina. Un hombre florece. Un demonio carga una cuchara enorme. Un instrumento musical se vuelve máquina de tormento. Un huevo se abre y dentro aparece una taberna. Nadie explica nada. Todo ocurre con la serenidad de lo inevitable. 

Jeroen, Jheronimus o Hieronymus Bosch, mejor conocido como El Bosco, proveniente de una larga estirpe de pintores, no dejó escritos sobre su obra. Así que lo que nos queda, como espectadores, es especular. Quizá entendió que la pintura, como el sueño, se resiste a la traducción. 

Hay algo infantil en ese universo. Como si el pintor hubiera mezclado los juguetes de Dios y del demonio y luego hubiese sacudido el mundo.

En sus paisajes la humanidad aparece multiplicada y minúscula. Los hombres se persiguen con cuchillos diminutos, se distraen con frutas gigantes, se esconden dentro de conchas, se devoran. No sabemos si esas figuras celebran o si ya están siendo castigadas. 

Mirar la pintura de Bosch durante mucho tiempo produce una sensación curiosa: la sospecha de que la realidad cotidiana es apenas una versión mínima de algo mucho más extraño. 

Por eso sus cuadros no envejecen. Cada siglo cree descubrir en ellos su propio desastre. 

El nuestro, por ejemplo, podría verse fácilmente reflejado en ese jardín donde todos parecen ocupados, felices incluso, mientras la humanidad está atrapada entre el pecado y la salvación. 

Bosch lo sabía: el infierno rara vez comienza con fuego. 

Casi siempre empieza con entretenimiento. 

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