Homeostasis

Guardémonos de decir que la muerte se contrapone a la vida. El ser vivo es sólo una especie del muerto, y una especie muy escasa.

-Friedrich Nietzsche

 

 

La muerte siempre ha sido uno de los fenómenos, que más han llamado la atención de los hombres. El hecho mismo de que los hombres se hallen incluidos en este acontecimiento, hace más trágico el estado del suceso. No solamente somos espectadores, sino actores en un hecho profundamente personal.

Aunque en los días de hoy, parece que la existencia se reduce a mantener una estabilidad homogénea de nuestro ser. Ya no se trata de lograr que la vida nos irrumpa con sucesos, sino que sea lo más estacionaria posible. Por eso, cuando la existencia nos choca con la muerte de alguien, siempre nos impacta el hecho de descubrir, que solo somos una eternidad instantánea en la vida de los demás.

Shopenhauer nos dice: “El animal conoce la muerte tan solo cuando muere; el hombre se aproxima a su muerte con plena conciencia de ella en cada hora de su vida”, aunque esta afirmación, en esta sociedad hiper-modernista, tal vez no sea tan cierta.

Actualmente la mayoría de la personas no concebimos, que solos somos una finitud en la eternidad del vacío. El hecho es que nadie se quiere morir, pero sabemos que nada se puede escapar. La muerte siempre es la posibilidad latente en cada uno de nuestros caminos. Tratamos o creemos muchas cosas para poder vivir cómodamente en este mundo, y una de ellas es que pensamos que la muerte siempre está lejana a nosotros. La razón sabe que nos vamos a morir, pero mi voluntad es ignorarla y negarla. La inconsistencia más grande que existe es esta: nacemos para morir. Extrañamente, mientras más vida acumulamos más pensamos en la muerte.

Constantemente nos preguntamos qué sentido tiene todo esto, ignoramos cómo es en realidad el mundo que nos rodea, y entonces nos asalta la idea de que todo es absurdo. Tal vez la vida no tenga ningún sentido literal, tal vez no hay ninguna búsqueda mística ni espiritual.

Pascal en una analogía sobre la existencia humana, comparó la situación con “un hombre que ha sido llevado a una isla desierta y espantable, sin saber dónde está y sin medios para salir de ella”. Me recuerda un poco a la analogía de Nietzsche en El nacimiento de la tragedia. El hombre está atrapado dentro de una barca, en medio del mar embravecido: la barca representa la lógica que nosotros mismos le queremos otorgar a la cosas en sí; el mar personifica lo dionisiaco, al sin-sentido de la existencia, aquella fuerza intempestiva que nos arrastra a la nada.

La religión es el vano intento de dar algún significado al sentido de la vida, es el grito de “¡Esto debe tener algún sentido!”. La creencia de que existe algo divino, es la negativa a admitir que todo es incomprensible, que somos el producto más azaroso que hay.

Déjame decirte que el esperma que gano eres , que alcanzó la fecundación antes que otros y eso solo fue producto del azar. La contingencia nos hace crear historias, sentidos ocultos para darle vías de continuidad a nuestras vidas, por ejemplo: “es que por algo se conocieron mis padres, es que por algo me paso esa desgracia en mi vida, es que por algo Dios me quito esto y es por algo que estoy en este mundo”. Y ese “por algo, por algo” se vuelve la pieza de rompecabezas que tratamos de incrustar a la fuerza, y la verdad es que no cabe.

Pensamos que al mirar para atrás en nuestra vida, creemos que todo debe haber servido para algo, y que la muerte debe ser el punto que nos ha de llevar de la A hasta la Z. Una línea recta de continuidad, para intentar vivir al devenir.

El problema de la muerte es que la mitificamos, cuando debe ser un aspecto natural de la existencia, la colocamos en un lugar místico, la situamos tan arriba que cuando llega a nosotros se quiere morir de muerta, más bien, tendríamos que aceptarla como aquella pelusa que tenemos todo el tiempo debajo de la alfombra.

La muerte es uno de esos grandes problemas filosóficos que nunca se resuelven, pero que esto, la vuelve fascinante. Una de las grandes cuestiones de la muerte, y por la cual no sabemos la respuesta, es que es irrebasable, no podemos pasar de ella. Podemos suponer y suponer, mas al final nada se resuelve porque no podemos saltarla o pasarla, no sabemos que esta después de ella. La muerte es aquel muro en el cual se nos presenta lo incógnito y lo lejano.

La muerte nos recuerda nuestros límites, nos baja del pedestal de la omnipotencia en el que ser humano, muchas veces se coloca. Está nos realmente hace cuestionarnos, de que si la vida tiene un final inminente, ¿hace falta ponernos tan mal si llegamos un día tarde al trabajo?

En el relato bíblico, sin la muerte de Cristo, su vida no hubiera tenido ningún valor. Era necesario aceptar la muerte, la parte final del plan. La muerte es en cierto aspecto lo que le da sentido a la vida, contrariamente a lo que se piensa, la culminación es lo que hace que algo tenga un inicio, piensa en una historia que nunca se termina, no solo se volvería insoportable, sino que también perdería sentido la historia misma.

El detalle es que el ser humano trata de volverse omnipotente al vivir la vida sin desenlace. La cubrimos y vivimos tratando de ignorarla. Sabemos que la muerte no se reparte como si fuera un bien. Sin embargo; cada día debemos replanteárnosla y pensarla como si estuviera guardada debajo de nuestra cama, porque así es, la muerte es el aun no pero tal vez sea mañana, y por esto no digo que no pensemos planes a futuro, pero si entendemos que todo es tan transitorio y momentáneo, ¿seguirías en esa relación tan enfermiza con la vida misma?

Si analizamos bien a la muerte, la muerte en sí, no es un problema, un problema es algo que tiene solución, y como bien hemos dicho: la muerte no se resuelve, se acepta.

Recordar constantemente que vamos a dejar de existir es problematizador (lo cual no representa que ella sea el problema) y liberador al mismo tiempo, al recordar a la muerte, la volvemos una emancipación, se nos vuelve un elemento desafiante y catalizador. Esto hace que nos podamos apropiar de la vida, que seamos un devenir constante. Que reconozcamos el carácter efímero y transitorio de la existencia misma; que podamos ver frente a frente, la angustia existencial que se esconde en cada uno de nosotros, y por lo cual, tengamos una existencia verdadera.

Al final de todo, supongamos que la “ciencia” llegara a una comprensión total de la muerte, que no nos quedaran dudas de absolutamente nada. Imaginemos que todos los fenómenos, las causas y las leyes que las rigen fueron aprendidas. Pues bien, aun con todo ese conocimiento, aún nos cabría preguntarnos: ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué existe esto y no, más bien, nada? ¿Por qué tengo yo que estarme preguntando todo esto? ¿Por qué tengo que nacer y que morir?

Es en ese momento cuando surge el verdadero dilema. Tengo que hacer yo una elección. O bien todo me es absurdo, o bien todo tiene un sentido. Para esto, lo único que se puede cambiar en nosotros es la mirada, no el mundo y su finitud.

El cambiar la mirada acerca del mundo es cambiar el mundo. El cambiar la mirada de la muerte, no va a cambiar a la muerte, pero va cambiar en cómo afrontas la vida. Si la muerte es nada, no hay nada de que temer. Si la vida lo es todo, todo lo tienes por vivir. Leon Tolstoi nos dice: “No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”. El ser humano debe creer en la vida misma, porque en esta reside la fe para poder morirla viviendo.