Globos cumpleañeros

Cuando termina octubre, en ocasiones el cambio de mes me recuerda que fue a finales de ese mes cuando aprendí lo terrorífico que puede ser el enterarte de la indiferencia de tus amigos.

No es una anécdota personal, pero sí una que aún 17 años después recuerdo porque en mi adolescencia y el siempre confuso territorio de grupitos amistosos, vínculos, crushes y demás queveres, me impactó ser testigo de algo que probablemente fue intrascendental para el resto. 

Era viernes en la mañana. 30 de octubre. Detrás de la secundaria, era menester sacar las copias, impresiones, cartulinas y cualquier material de última hora, incluidos los globos para los cumpleañeros. Ya en segundo año, periodo en el que comenzaba a dejar de preocuparme por las divisiones binarias y el que obsequiar algo a un muchacho pudiera interpretarse con una segunda intención, había decidido adoptar la dinámica de entregar algunos globos a cada cumpleañero. De tres a 5 globos, de tres a cinco pesos cada uno.

Ese viernes se me juntaban dos cumpleañeras del salón*. Una (Bere) actualmente es influencer. De la otra (Cynthia) no tengo actualizaciones recientes desde hace varios años. A Bere la conocí durante las primeras semanas del primer año. Simpática, cute, demasiado bonita, nos hablaba muy bien a todos, pero en el salón nos poníamos en muchos trabajos en equipo junto a otros compañeros; no éramos las mejores amigas, pero sí buenas compañeras.

A Cynthia la conocía desde cuarto de primaria (creo). Siempre en las bolitas de las populares o aventadas, pocas veces habíamos hablado lo suficiente como para considerarla amiga o buena compañera, al asumirse parte de todo el contingente que me hiciera el softbullying que siempre recuerdo, pero en las bolitas en conjunto actuaba bien; en secundaria, había quizás más madurez de su parte, pero siempre tuvo una actitud más aguerrida ante la gente (y siguió en bolitas de las populares).

Vuelvo a ese viernes, meses después del inicio de cursos y donde Bere llegaba con un objetivo implícito de ya no ser sólo cute sino también popular, para mí, considerada ingenua o despistada, resultó notorio un cambio de dinámica, pero que no entendería hasta entonces. Acudí en la mañana a la papelería. Seis globos. El vendedor amarró los plateados con el rosa, que planeaba dar a Bere en lugar de con el azul, que era para Cynthia, el cual quedó en una extraña combinación con otros más apagados. “No pasa nada”, pensé, “al cabo los globos ni se notarán con los demás que les den sus amigas”, aparte de que Bere era más amiga, por lo que era lógico darle los más bonitos a ella y a la otra los normales, por cortesía.

A las 6:50 a.m. aún faltaba más de la mitad del salón, pero Bere ya estaba ahí (llegaba temprano), y me recibió los globos con la felicidad de siempre, emocionada por el regalo anticipado. Minutos después llegó Cynthia y, muy entusiasta, aceptó los míos. Esa mañana fue de muchos recibimientos. Aún a la hora del receso, Bere continuó acumulando obsequios y más globos. Cuando caí en cuenta, Cynthia seguía con mis tres globos, ahí, amarrados a su mochila. Tardé en procesar esa imagen porque no concebía que sus amigas, a quienes recuerdo haber visto dándole globos a Bere, no le hubieran regalado globos también a su amiga, quien sí cumplía años ese viernes, y a quienes pocas personas felicitaron en la escuela.

Esta anécdota finalmente pudo no haber incidido en las vidas de ninguna, y más bien termina hablando sobre el autoestima personal y entender tu valor, al recordar a Cynthia caminando entre los pasillos, feliz con sus tres globos, y a Bere con su contingente de globos.

No cambió en absoluto la dinámica ni resultó en tragedia local, mientras yo aquí sigo construyendo una narrativa en torno a los cumpleaños, obsequios y felicitaciones. Pero para cualquier observador queda abierto el universo de dinámicas fraternales. Aterrorizarte, como lo estuve ese viernes, sobre la posibilidad de que seas tú la que reciba los tres globos. Emocionarte, como muchos lo llegamos a estar, por cumplir años. O simplemente divagar sobre todos los ángulos posibles respecto a anécdotas ajenas.

*Nombres cambiados por la remota e ínfima posibilidad de que alguien leyera esto y reconociera a las mencionadas.

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