Ensayo «¡Yo-ho-yo-ho pirata siempre ser, yo-ho!» por Augusto Montero

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

José de Espronceda

Contemplar el cielo estrellado cada noche y la inmensidad del océano azul, surcar los mares a toda vela, soportar tormentas irascibles, luchar con una espada en la mano derecha y apuntar tu pistola con la izquierda en el abordaje a un galeón cargado de oro y joyas; pelear ebrio de ron en un bar en alguna isla remota del Caribe para gastar casi todo tu dinero del hurto y luego enterrar el resto para guardar su ubicación en un mapa del tesoro, esa es la vida del pirata del siglo XVIII. Vida que sólo obedecía a una ley, su propia ley: la libertad.

Cuando era niño, en el lejano 2003, estrenó la película que devolvió su antigua gloria a los piratas del siglo XVIII, aquellos que surcaron por el todo el Caribe cuando América aún era colonia del antiguo continente, sí, me refiero a Johnny Depp como Jack Sparrow: Los piratas del Caribe. La maldición del Perla Negra. Al ver la película quedé encantado con el mundo de los piratas, sentí una atracción inmediata que no a pocos les ha surgido al ver a un capitán pirata arriba del mástil, dirigiendo con su espada en mano y apuntándola hacia el inconmensurable horizonte, ordenando a sus piratas izar la bandera pirata como símbolo de un estilo de vida que cautiva. Uno que en apariencia nos promete un mundo de aventuras y un escape a nuestra aburrida cotidianidad, pero uno que en realidad es tan irreal como lo eran los piratas fantasmas contra los que luchaba el capitán Jack.

¿Por qué nos gustan tanto los piratas? ¿Por qué unos sanguinarios saqueadores y ladrones nos cautivan y anhelamos su vida? ¿Será acaso que su concepto se trastocó tanto debido al cine y la literatura? ¿Acaso es el deseo de escapar de nuestra aburrida cotidianidad? ¿Tal vez es el deseo de sentir la libertad romantizada por una vez en nuestras vidas? ¿O pudiera ser una mezcla de todo eso y un toque de vivir sin ataduras, con el barco como único hogar y el mar, patio de juegos?

¿Pero quiénes fueron realmente los piratas?, ¿hombres libres?, ¿viles ladrones de altamar?, ¿gente sin dinero que sólo buscaba una forma de ganarse la vida?, ¿aventureros con pocos escrúpulos? Nuevamente la respuesta termina siendo: un poco de todo. Mi amor por los piratas no es exclusivo, no por nada abundan en la mente de miles de personas; al final del día su mundo y estilo de vida nos atrae y queremos vivir sus aventuras, pero siempre desde la comodidad de nuestro camarote terrestre. Queremos ser piratas, pero no queremos lanzarnos a la mar para que nos maten en un atraco o el barco se hunda. Era una vida dura que realmente ignoramos y sólo desde la lejanía vemos sus momentos de aventura, sin saber realmente qué conlleva esa aventura. Nos atrae su mundo, pero realmente lo que nos gusta —así como quizá muchas cosas romantizadas por la imaginación— es esa supuesta vida de libertad que se nos vendió como el mundo de los piratas. La realidad era mucho menos encantadora que el supuesto mundo marino del buen Jack Sparrow.

Los piratas siempre han existido, y sí, digo que han existido porque siguen haciéndolo, pues no es necesaria una máquina del tiempo para conocerlos —si es que alguien quiere—, basta con ir a Somalia para encontrarse con piratas modernos que surcan los mares en busca de algún barco que secuestrar y pedir rescate; ya no pretenden tomar sus lingotes de oro (para empezar porque ya no transportan eso), sino esperar que de un helicóptero caigan fajos de billetes verdes para no matar a nadie abordo. Pero volviendo al punto; la piratería ha existido desde mucho antes que existieran los atuendos de patas de palo, parches en el ojo, garfios en las manos o pericos en el hombro. Ya desde la antigua Grecia se tenía que lidiar con estos maleantes marinos que asaltaban a los barcos comerciantes en el mediterráneo; sin embrago, a quienes nosotros reconocemos son justo a esos ataviados barbones que navegaban en bergantines con un Jolly Roger como bandera (la famosa bandera de cráneo blanco con fondo negro). Esto debido a que su apogeo marcó un hito en la historia de las islas Caribe y fue tan fuerte su impacto que dejó un legado que hasta nuestros días se puede apreciar. Las historias de piratas que surgieron gracias a esas vivencias inspiraron a hombres como Daniel Defoe o Robert Louis Stevenson a escribir novelas que cautivarían a miles de lectores y regarían como la pólvora el fuego del amor hacia los piratas que hacían caminar por la tabla a sus prisioneros (spoiler: sólo hay un registro en la historia de la piratería documentada de que eso ocurriera). 

Y es que como lo anterior, la realidad y la fantasía en nuestro imaginario colectivo están muy entremezclados. Para empezar, hay que entender un punto que se contrapone, pero a su vez se complementa. ¿Por qué la gente decidía volverse pirata? Esto porque la respuesta tiene dos variantes —buena y mala, por decirlo de alguna manera— que ayudarán a entender tanto el mundo imaginario y aventurero que se nos vendió, así como la cruda realidad de este mundo.

Para empezar, los piratas surgieron en esa parte del mundo específicamente debido a varias razones; la primera, la gran riqueza proveniente de las colonias españolas cuyo destino era el basto océano Atlántico, y cuyas embarcaciones cargadas de ese tesoro estaban desprotegidas; la segunda, tiene que ver con la pobreza y la guerra. Después de la guerra de sucesión española hubo muchos soldados marineros que terminaron desempleados, pero con la experiencia de saber navegar por los mares, aunado a que los impuestos en las colonias subieron para poder resarcir los estragos de la guerra, la gente necesitaba una manera rápida de conseguir dinero para sobrevivir, ¿y qué mejor forma que lanzándose a la aventura a altamar? Así pues, la guerra que envolvió a un continente y sus colonias de 1701 a 1713 provocó que la piratería tuviera su esplendor de 1713 a 1730. Ahora bien, por qué se idealiza esta figura del pirata como hombre libre si realmente era gente que sólo buscaba sobrevivir sin más, ¿no podría acaso haber cierto paralelismo con los narcotraficantes que inspiran el mismo miedo que estos bandidos marinos? Finalmente eran hombres que no deseaban seguir las reglas del mundo en el cual vivían. Pudiera ser que la lejanía nos ha hecho romantizarlos y olvidar sus barbaries, y aunque no todos eran iguales, ciertamente, había crueldad en muchos de ellos. Quizá fuesen menos sanguinarios que los antes mencionados narcotraficantes —pudiera ser que el mundo de aquel entonces no alcanzaba el cinismo de nuestro mundo—, sin embargo, no dejaban de ser personas que conquistaban su ideal libertario a costa de derramar la sangre de sus víctimas. Tal vez para poder entender lo anterior habría que entender el mundo en el cual estos hombres se movían, conocer un poco de esta vida que llevaban o al menos empatizar con quienes se vieron forzados a una vida de lobos de mar para poder sobrevivir. 

Entonces tenemos dos variantes, la de la fantasía donde eran hombres sedientos de aventuras y la otra, donde eran hombres comunes y corrientes que encontraron una forma de sobrevivir. Aunque quizá la mística y magia de estas personas yace en la conjunción de ambos elementos. Eran hombres que añoraban la libertad del mundo burocrático, vigilado y controlado; donde se podía ver al no tan lejano horizonte una supuesta libertad ilimitada que obviamente resultaba muy atractiva; por otro lado, hay registro de que podían llegar a ser sanguinarios ladrones que llegaron a cortarle los labios a un capitán de barco por haber tirado el tesoro por la borda o sacarle los intestinos a un cautivo y obligarle a bailar. Esas atrocidades se llegaron a dar en un mundo hostil y sin ley a kilómetros de distancia de tierra firme. Es la dualidad entre la fantasía romántica que tenemos y los documentos que indica la ferocidad de los piratas. Hubo gente decente y humana entre los mismos, así como sociópatas en grupo. Quizá nos atraen tanto porque encarnan en su máxima expresión los extremos del ser humano: el deseo de ser libres y el potencial libertinaje que puede rayar en maldad. 

Tal vez si las películas o la literatura nos contaran el día a día de una vida en un barco pirata, si ejemplificaran fielmente la realidad, nadie añoraría ese estilo de existencia: tasa de mortalidad altísima por enfermedades, heridas, comida podrida o escasa, vestimenta extraída de los muertos y nada de mapas del tesoro porque había que gastarse todo el dinero lo más rápido posible, pues la muerte acechaba todos los días; entonces, esos aires aspiracionales se desvanecerían como la espuma del mar. Pero es que la cultura popular nos ha vendido esta imagen del pirata como un hombre (o mujer) realmente libre, como alguien sin ataduras que puede vivir su vida como se le venga en gana, sin ningún tipo de ley que lo ate a las normas tradicionales de alguna civilización o sociedad. Tanto es nuestro anhelo a este mundo que hasta un día internacional de hablar como pirata existe (19 de septiembre). En fin, que nos seduce la idea de divorciarnos del mundo monótono y lanzarnos hacia aguas desconocidas que liberan nuestra pesada vida de su cotidianidad; sin embrago, reitero, todo esto por el velo fantasioso creado por el imaginario colectivo. 

Aunque de todo este mundo imaginario hay cosas que nos hacen pensar en cómo esa vida de libertad inventada tuvo cosas que rayaron en lo utópico, y que quizá de allí surgió la idea de los piratas como amantes de la libertad, se sustentó: su organización socio política (si es que se le puede decir así). Se sabe que llegaron a vivir en pequeñas comunidades protoanarquistas donde se tomaban decisiones colectivas y había un respeto genuino por las jerarquías, pues el capitán era elegido por votación; sin mencionar que se llegaban a distribuir equitativamente las labores y ganancias. Había más igualdad entre una banda de criminales que en los trabajos de cualquier ciudad de aquella época. Puede que ese ideal utópico que llegaron a implementar fuese lo que a la postre los terminó idealizando —con su dote, claro, de fantasía e imaginación de algunos escritores— pues a pesar de lo despiadados que pudiesen llegar a ser, eran personas que sólo buscaban su lugar en ese caótico mundo de principios del siglo XVIII. 

Al final del día, la mística, ignorancia, fantasía, pero, sobre todo, los anhelos de libertad —bien o mal encausados— son lo que hace que nos atraigan tanto los piratas. Gente la cual vivía como si no hubiese un mañana verdaderamente —y quizá para algunos era así— entre aventuras y atracos, entre la suciedad y la peste, entre la soledad del mar y la compañía de los camaradas a bordo. Una vida que seguro de vivirla día con día la detestaríamos antes de que acabase la semana. Sí, es más bien una fantasía como la de ser un astronauta para navegar el cosmos o un caballero medieval para rescatar princesas. Realmente lo que atrae es ese escape a la cotidianidad de la cual somos presos, queremos ser algo que no tenemos idea de cómo sería serlo en la realidad, pero suponemos que el ancho mar con su azul inmensidad es mejor que el cubículo de la oficina que nos ahoga peor que el agua salada en nuestros pulmones. La vida ordinaria nos hace soñar con un océano de posibilidades; sin embargo, muchos piratas cambiarían su vida de peligro por un poco de paz y tranquilidad con una vivienda y pan diario para comer. Deseamos escapar de nuestra vida, pero a veces olvidamos que el aventurero se lanza porque no tiene nada por que vivir y sólo eso le puede dar una posibilidad de seguir con vida. Los piratas deben seguir viviendo en nuestra imaginación, así como los caballeros andantes, pues nos recuerdan nuestros deseos humanos de libertad, pero nunca debemos olvidar que más allá de ese sentimiento había una vida a la deriva de las aguas que muchas veces sólo quería un puerto seguro donde atracar y descansar. Sin embargo, hay un punto que debo confesar: no me molestaría ser pirata durante un día y sentir la brisa en mi cara, el ímpetu del arrebato de libertad, el sentirme dueño y señor de los mares, y mientras aprieto el timón con destino hacia algún puerto para infundir respeto y temor, pensar por un segundo: ¡Qué diablos, pirata siempre ser!