Ensayo: «La poética de la miseria en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez» por Wilson Guillermo Díaz Rodríguez 

Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición

lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto

calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad 

Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, la obra simbólica por la crítica es la demonización de la poética de la miseria, cuyo valor se encuentra representado a través del abandono, el olvido de lo que en un principio fue nombrado para después arrinconarlo en el sótano de la memoria y nunca más cometer el error mitológico de darle un significado por el hecho de haberlo bautizado. El mundo Macondiano trae desde sus orígenes la Arcadia de la malandanza. 

La evolución de la poética hacia la miseria se encuentra sustentada por el dominio del calor en la naturaleza para decir que los objetos, las palabras, los descubrimientos, los asuntos del corazón no son oxidados por el mar al contrario por ese círculo candente (el sol) atravesado entre olas de fuego cuyo propósito es deteriorar con los años a una generación marcada de pobreza. 

La voz metafórica que instaura García Márquez en la novela empieza a agrietarse y a crear desde el extrañamiento y el desvió estilístico, surcos de imágenes poéticas que se van fragmentando junto a los personajes y a la decadencia de su entorno. La voz poética es inaudible como piedritas pulidas buceando en un río cargado de óxido y arena. 

La poética de la miseria en la obra en particular, trae hacia el mediodía ardiente la demostración desde que José Arcadio Buendía el esposo de Úrsula Iguarán, desenterró una armadura del siglo XV engalanada por un cascote de óxido. 

Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. (Márquez, 2007, p.10). 

La voz profética de Melquíades el gitano, evidencia que la única herencia en el árbol genealógico de los Buendía es la recitación por no de decir la cantaleta de reclamar entre los socavones de la soledad los amargos sueños y ebriedades de los recuerdos. El óxido es una constatación de vital importancia para desenterrar y crear en el mundo de Macondo la analogía que existe entre las siete generaciones y el pueblo que vive en el maremágnum de sus miserias. 

El Caribe emerge de la hornada poética de la naturaleza y se vuelve a sumergir al revés en el mundo construido por el abandono y la desolación, como si fuera castigado sin ninguna justificación de resarcir algún pecado. La urgencia de José Arcadio Buendía al tratar de descifrar acertijos por medio de perturbadores experimentos al navegar en la noche mirando a las estrellas como si fueran esmeraldas plateadas, solo se presiente en el cuarto la correspondencia de imaginar en convertir la miseria en lingotes de oro. 

Y es de esta manera en que empieza a florecer la poética de la miseria en sus personajes sin dejar de lado la presencia de los objetos, las palabras, los lugares encerrados y hasta se podría decir claveteado también en los ríos oscuros y luminiscentes del corazón. 

Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue esa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. (Márquez, 2007, p. 12). 

Lo inalterable del destino hace eco en los procesos desesperados de José Arcadio Buendía, en no resistirse que viene de una generación no prodigiosa al contrario nacidos para la desgracia. Su aura es triste como también la de Melquíades, las palabras que son nombradas envejecen no solo con los años también al mencionarlas. ¿Qué virtud hay en el empeño de descubrir algo que ya por sí mismo es fallido? ¿Qué objetivo tiene tratar de reinventar el mundo cuando su decendencia experimenta asiduamente la miseria? La simbología que se encuentra en Cien años de soledad permite escudriñar más allá del caldero, una poética que aún no se ha interpretado pero que está latente sobre esa raspadura de cobre como lo expresa Gabriel García Márquez. 

Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajaba con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero. (Márquez, 2007, p. 16). 

El intento trabajoso en recuperar lo que siempre estuvo perdido es un juego de viejos sin demostrar el cansancio de los sueños perdidos con el mondadientes haciendo estragos entre las miserias que solo conocen el movimiento de girar en un círculo fundido de hierro. La desacralización de las artes mágicas como  La piedra filosofal hace de la ruindad un calabazo de incredulidad y burla en las risibles historias o trucos en vivir con la sangre hirviendo algún descubrimiento beneficioso para la familia. De muchas maneras aparece la poética de la miseria en la obra que hace tener el privilegio de nunca aburrirse o perder su encantamiento. Un ejemplo afortunado de ello ocurre en la siguiente cita: 

De tanto mostrarlo, terminó frente a su hijo mayor, que en los últimos tiempos apenas se asomaba por el laboratorio. Puso frente a sus ojos el mazacote seco y amarillento, y le preguntó: <<¿Qué te parece?>>. José Arcadio, sinceramente, contestó: —Mierda de perro. (Márquez, 2007, p. 40). 

Carlos fuentes en el prólogo García Márquez: La segunda lectura menciona el libro Las palabras y las cosas de Michel Foucault indicando según el filósofo que la adivinación supone signos que le son anteriores. En el conocimiento moderno, el signo sólo significa dentro del propio conocimiento y el drama de esta ruptura obliga a buscar afanosamente las prolongaciones que puedan volver a comunicarnos con el mundo que nos pre-existe. 

Cabe plantear acerca de lo que pre-existe ¿qué elementos se ajustan anteriormente a la preexistencia de la miseria? Existe algo anterior arraigado a otro signo ajeno al vínculo de las palabras y las cosas en  Cien años de soledad que sea diferente al deterioro del cuerpo en el constante ciclo de una generación casi más desgraciada a la anterior cuyos elementos u objetos se tropiezan con los síntomas de la locura, las obsesiones viriles en los espectáculos del hombre convertido en víbora o el desmantelado reguero de la ilusión encarnada en el reflejo de las porquerías. 

En el desmantelado campamento de los gitanos no había más que un reguero de desperdicios entre las cenizas todavía humeantes de los fogones apagados. Alguien que andaba por ahí buscando abalorios entre la basura le dijo a Úrsula que la noche anterior había visto a su hijo en el tumulto de la farándula, empujando una carretilla con la jaula del hombre-víbora. (Márquez, 2007, p. 45). 

Michel Foucault en su libro Las palabras y las cosas una arqueología de las ciencias humanas específicamente en El ser del lenguaje argumenta que a partir del siglo XIX, la literatura vuelve a sacar a la luz el ser del lenguaje, pero no como aparecía a finales del Renacimiento. Foucault expone que ya no existe esa palabra absolutamente inicial que fundamentaba y limitaba el movimiento del discurso; ahora en adelante, el lenguaje va a crecer sin punto de partida, sin término y sin promesa. El texto de la literatura traza día a día el recorrido de este espacio vano y fundamental. 

El espacio en donde aparece Macondo con la poética de la miseria no establece en el lenguaje un origen, es el palimpsesto de una cofradía de voces, escritura y reescritura de las cosas, acciones del cuerpo saboreando la cal que han dejado varias generaciones junto con sus ritos, brebajes, olvidos y lucidez cuando tiernamente acarician y raspan el cobre de los sueños. 

Nadie entendía cómo no se había muerto de hambre, hasta que los indígenas, que se daban cuenta de todo porque recorrían la casa sin cesar con sus pies sigilosos, descubrieron que a Rebeca solo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas. Era evidente que sus padres, o quienquiera que la hubiese criado, la habían reprendido por ese hábito, pues lo practicaba a escondidas y con conciencia de culpa, procurando trasponer las raciones para comerlas cuando nadie la viera. (Márquez, 2007, p. 54).   

Al considerar la concomitancia de imágenes poéticas en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, es descifrar la arquitectura en la escritura como un pilar trazado de líneas circundando en el tiempo marcado por la añoranza, el deseo, las intenciones de descubrir el significado de las cosas para darles un nombre y a su vez permitir al ejercicio de la memoria otra forma de observar el mundo de la literatura. El capricho de sustentar que más allá de un realismo mágico en la obra ya dictaminado por la crítica, es arriesgarse hacer otra lectura para analizar cada poema en prosa y fragmentado que cuando se lee suscita reencontrarse con la esencia y la vitalidad de la palabra así ella camine mutilada cargando entre sus espaldas el mito de sus miserias. 

Y es así entre la soledad de cien años de lecturas e intentos de escritura logra García Márquez, transformar el universo de Macondo en un trompo de madera hacia lo esencial de una poética desterrada entre el calor y el mar haciendo remolinos de transmisiones cuyas ondas engendran reverberaciones del pasado, presente otra vez el pasado rocoso alimentando los hijos de los hijos con las miserias de sus antepasados.  

Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita. (Márquez, 2007, p. 60).  

Todo sucumbe, se hace efímero pero cuando la palabra penetra las miserias, crea la poética, la poesía, el fuego incalculable de los años en donde no basta Cien años de soledad sin su crisol eterno por la oxidación. 


Referencias bibliográficas

Márquez, G. G. (1997). Cien años de soledad. Bogotá: Editorial Norma S. A.

Márquez, G. G. (2007). Cien años de soledad Edición conmemorativa Real Academia Española Asociación de Academias de la Lengua Española.  Bogotá: Editorial Norma S. A. 

Foucault, M. (2010). Las palabras y las cosas una arqueología de las ciencias humanas. Bogotá: Siglo veintiuno editores. 

 

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