Yo, lentes

(El antes)

En tercero de primaria comencé a bajar mis calificaciones de Matemáticas. Como niña de 10, preocupé al profe, que en la junta individual con mi mamá le recomendó cosas. Más bien una: llevarme al oculista. Resulta que mis calificaciones habían bajado no porque no entendiera las matemáticas, sino porque prácticamente estaba realizando otras operaciones (como resta en vez de suma) o cambiando números (7 en vez de 1), lo que sólo podría significar que tenía algún problema en los ojos. No fue hasta que, una semana después de consultarme con quien se convirtió en mi doctora, cuando fuimos a recoger mis lentes, que lloré.

Nunca quise usar lentes. A los 8-9 ya tenía más autopercepción, y sabiéndome poco bonita (para no decirme fea) y gorda, además de considerada “inteligente” (que sonaba a sinónimo de ñoña), lo que menos quería era sumarle otra razón más para no ser bonita y que se burlaran de mí. Resultó que nadie se dio cuenta de que ahora usaba lentes, o por lo menos nunca me dijeron nada en mi cara.

“¿Qué es eso? ¿No ves de cerca o de lejos?”. ¿Cómo te explico que ambos?

Mi diagnóstico a la hora de las gotas para dilatar el ojo fue hipermetropía. Y que quizás de grande podría hacerme cirugía, pero que ésta no me duraría tantos años como a alguien con miopía o astigmatismo.

Pero a diferenciade los otros, los hipermétropes tenemos un “super poder”: durar hasta dos días sin lentes y seguir viendo. Escenario que aproveché infinidad de ocasiones. De niña/adolescente: para nadar, hacer ejercicio, correr, en mis XV. De joven/adulta: para tomarme fotos, ir a la playa, salir de party, en el gym, zumba, danza.

Por ahí de los 16 entendí que mis lentes siempre iban a ser más costosos no sólo por la tecnología hi index (el gran bastión vs el fondo de botella), sino porque mi cabeza no estaba hecha para la mayoría de los lentes. Cuántas fotos no me topé con mis lentes chuecos de una forma no intencional, o con los mismos resbalándose ya que mi cráneo los deformaba. Sin contar mis descuidos de toda la vida que terminaron con un par pisado por mi mamá. Ya de adulta, adquirir el armazón adecuado se volvió imprescindible: grueso, de color oscuro/sólido y grandes para cubrir bien mi rango de visión. Después también con transition para que se pudieran polarizar.

Mis lentes siempre han sido costosos no por gusto, sino por necesidad y para que aguanten al menos año y medio de mi vida. Por ello la insistencia de mi familia de cuidarlos, dejarlos en lugares seguros, limpiarlos, etc.

La única ocasión en que estuve a punto de dejarlos fue esa consulta en que me sugirieron intentar lentes de contacto y finalmente dije que sí. Aguanté un mes debido a lo pequeños de mis ojos y el retote de colocarlos, hasta para la mano más entrenada.

Hace tiempo ya que asimilé las bondades de cada que me coloco los lentes. Despertarme cuando tengo sueño. Bajarme los efectos del alcohol. Ver bien bajo el sol. No maquillarme o depilarme las cejas. Armonizar mi rostro. Aterrizar mentalmente.

Cuando crecí y mi oftalmóloga comenzó a preguntar si no había pensado o quería cirugía, fue natural responder que no. Hasta que el año pasado mis papás decidieron obsequiarme el procedimiento. Igual lo vi lejano cuando entonces me hicieron un primer estudio, jurando que en enero ocurriría, para luego recorrerse a marzo, y luego indefinidamente. Era su insistencia, no la mía, la que me recordaba el futuro suceso.

Hace unas semanas, por primera vez me robaron en el gimnasio al que llevo acudiendo una década (no cuento la vez que olvidé haber olvidado un termo, que eventualmente pienso que alguien se llevó o tiraron a la basura; o la otra vez que olvidé un termo y apareció sin el plástico inferior que evita que suene cada que lo coloco en superficies… porque esos son olvidos). Soy muy descuidada con el estado de mis cosas, pero cuidadosa con guardarlas, por lo que la ironía de ese viernes no me pasa desapercibida:

Guarda tus lentes en la cajita, muy bien. Déjala en un zipper aparte para que luego no batalles a la salida.

Siempre te los pones en cuanto sales de los lockers y se empañan, ya mejor cuando salgas. Uy, ya estás afuera y la mochila bien colgada, ya de una vez te esperas hasta la casa.

Llegué a mi cuarto… y los lentes (y la caja) no estaban.

Estoy casi segura de que fue la señora que se estaba poniendo sus tenis, pero no recuerdo su rostro; y tampoco puedo asegurarlo al 100.

Entre lloradas y crisis existenciales por no tener el capital inmediato para unos lentes, así como la pérdida de unos con los que había congeniado tanto, mi familia decidió ponerle fecha a la cirugía de mis ojos. Mientras, a usar mis lentes anteriores, los cuales ya había jubilado de lo rayado que están (lo cual me ha hecho errar al escribir o leer) y de un polarizado que ya se anda cayendo (pareciera que traigo constelaciones en los ojos).

Dice la doctora que mínimo tendré 10 años excelentes. Mi papá me dice que me mentalice a que sean muchos más. Yo me pregunto cómo será la vida sin lentes, aunque luego recuerdo que ya lo vivía a ratos. Mis redes sociales son prueba de ello, así como todos los espacios donde me los suelo quitar para que no vuelen de mi cabeza, con personas que de vez en cuando aún se sorprenden cuando me ven con lentes. Y aún así me puse reflexiva sobre una existencia desnuda.

Preoperatorios listos. Asuntos medio arreglados para los siguientes días que al parecer estaré sensible a la luz. Gente avisada. Mi cirugía es en unas horas. Bastarán 10 minutos para borrar dos décadas de uso constante.

Ante una vida donde siempre debí traerlos puestos, aunque tuviera mis rutinas sin ello, más que otra cosa, da miedo pensar que ahora ya no tendré ese bastión facial disponible por necesidad.

Nunca quise usar lentes. Y mientras escribo con ellos puestos, ya los extraño un poco.

Sólo un poco.

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