El sentido en el balompié II

Conocí al fútbol de una manera muy extraña. No fue amor a primera vista, no hubo esa chispa de enamoramiento, al contrario, ni verlo, ni jugarlo. Mejor de lejos. 

Así fui la burla entre mis congéneres, porque era malísimo, a la fecha lo sigo siendo, pero por lo menos ahora lo disfruto. 

Un buen día conocí a una persona que respiraba, bebía y comía fútbol. En las tardes patear el balón y los fines las retas. Ver el balón rodar, sentir el esférico entre sus pies lo hacía con una sonrisa. Siempre lo vi así. Ante todo era una persona feliz. 

Durante mucho tiempo vi en el fútbol a esa persona y a otras más que en cada partido entraban sonriendo, que en cada entrada lo hacían con respeto y algarabía. Que al final saludaban respetuosa y sonriendo al rival. Que no veían maldad en el otro. 

Durante mucho tiempo vi el fútbol en la televisión y nunca vi ese mismo sentimiento. Quizás porque ya no era hobby, quizás porque ya era profesión, chamba, y tal vez eso le resta por antonomasia alegría. Veía virtudes en otros jugadores, como honestidad en Maldini. Pero resabios de felicidad, quizás en Borguetti o en Cuauhtémoc Blanco, no obstante, también veía algo de burla al contrario. Quizás los más cercanos a mí fueron Jorge Campos y Ronaldo Nazario.

Pero entonces vi A Ronaldinho, la sonrisa del fútbol, así se le conoce y no en vano. Y como si se tratara de Pendragón arrebatando a Excálibur del yugo de la tierra, Ronaldinho arrebató la tristeza que estaba comenzando a dominar el fútbol, era una tristeza provocada por la estadística. Un orden extremo en la cancha que convertía a los jugadores en máquinas. Sin embargo, Ronaldinho no se inmutó y con su forma de jugar hizo lo impensable. 

Porque déjeme decirle, afable lector, que el fútbol da sentido, sí, pero también da sin sentido y enemistad, que va más allá de la rivalidad deportiva. Da envidia, celo.

Después de Ronaldinho llegó Kaká y, después de ellos, la magia se extinguió un poco y dio paso a los números y datos, frívolos, duros, pero que el fútbol atenúa en su basta gloria. 

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