En el penúltimo capítulo de La cena de los notables, Constantino Bértolo nos dice que la literatura actual depende de una estructura social inaceptable. Si dividiéramos esta estructura en tres partes (notables, invitados, pueblo), los invitados deberían tener derecho al voto; y el pueblo, a dejar oír su voz. Así ocurre (poco más o menos) en el ejemplo que nos pone, donde los notables organizan «una gran cena pública a la que no está invitado el pueblo llano pero en la que es costumbre dejar los postigos abiertos para que todo el mundo pueda ver y escuchar lo que allí sucede».
Tras la cena, el alcalde (un notable) cuenta una anécdota para que los incondicionales de siempre puedan reírle la gracia. Y entonces, alguien (un invitado) protesta desde la otra punta de la mesa: «¡Todo eso está muy bien! Pero ¿qué pasa con el pan malo?». Y, automáticamente, la voz del pueblo se deja oír a través de los postigos: «¡Eso! ¿Qué pasa con el pan malo, señor alcalde?».
La situación narrada sería la ideal, con un alcalde orador (escritor instituido por el editor), un invitado censor (crítico) y un pueblo expectante (lector). Porque «la escena de la novela de Hardy propone y ejemplifica el espacio propio de la narración crítica: la puesta en entredicho de la legitimación de las narraciones alienantes, al paso que, narrativamente, aclara el lugar de la crítica: cuestionar en público, desde el público y desde lo público, el discurso del poder. Pero, evidentemente, la escena de la novela es difícil de trasladar a nuestros tiempos. En el relato de Hardy está presente el público, el alcalde es oído por toda la comunidad y no existen instancias intermedias entre la voz del autor y la reacción activa de ese público, ya sea esta acción un callar, un aceptar, un reír o un protestar».
Según Constantino, las claves de esa idoneidad social son tres:
*La contraposición de intereses: grandes comerciantes (editores y escritores), pequeños comerciantes (críticos y libreros) y pueblo llano (lectores): cabecera de la mesa, la otra punta de la mesa y el exterior.
*«Información transparente: los postigos abiertos para que todo el mundo se entere».
*Diversidad de proyectos: el alcalde (editor o escritor) negocia con el grano; el pequeño comerciante (crítico o librero), vende el pan o muele el grano; y el pueblo llano (lector), lo come.
Pero hoy día no es posible esta situación, pues:
*No hay proyectos divergentes: los grandes comerciantes (grupos editoriales) son los dueños efectivos de los medios de información y comunicación y, por tanto, no hay intereses divergentes; además, «el mundo, la percepción del mundo, se ha reducido a la percepción de ese comedor de notables».
*Desinformación: los postigos están cerrados porque ―¡supuestamente!― la lucha de clases ya no existe y, por tanto, ya no hay nadie al otro lado de los postigos cerrados.
*Contraposición de intereses más que relativa: como no hay nadie al otro lado de los postigos, asistimos a una simple cena de notables. «Cierto que unos sentados a la cabecera y otros en «la otra punta de la mesa», pero comiendo todos de […] los mismos manjares, aun cuando, qué se le va a hacer, en el extremo sean éstos algo más escasos y lleguen más fríos y peor presentados».
Así que tenemos una situación ideal y otra real. En la ideal, unos escriben (instituidos por el correspondiente editor), otros critican y los últimos leen. En la real, los que escriben cuentan con un editor que se erige en crítico con el fin de convencer al lector de las excelencias de sus productos.
Nos dice Constantino: «…pero lo que sí defiendo es la responsabilidad del que escribe […], y lo defiendo porque el pan sigue estando malo y los que están al otro lado de los postigos tienen que seguir tragándoselo (y además la cena me la están sirviendo fría, pues la crítica, en efecto, comparte mesa con los notables pero se sienta en el lugar reservado a los preceptores de la casa)».
Y yo digo: ¡todo eso está muy bien!, pero ¿lo han conseguido?, ¿han acostumbrado al pueblo al pan malo?, ¿han conseguido que les guste?, ¿podría ser que ―¡finalmente!― incluso a ellos les gusta?
En definitiva: ¿han convertido, por la fuerza de la costumbre, ¡a fuerza de tragarlo (y hacerlo tragar)!, el pan malo en bueno?
Y si es así, ¿qué vamos a hacer ahora?
