El espectáculo está servido

Carl Jung nos relata en una de sus obras su encuentro con un jefe nativo americano. El venerable le dijo: «Los blancos tienen el rostro tenso, sus ojos miran con demasiada fijeza y muestran una actitud cruel. Siempre están buscando algo. ¿Qué están buscando? Los blancos siempre quieren algo. Siempre están inquietos y agitados. No sabemos qué quieren. Pensamos que están locos».

Unos locos que terminaron apropiándose de medio continente. Unos locos que hoy no toleran ningún tipo de inmigración. Unos locos que pueden emigrar si lo desean y serán bien recibidos aunque ellos no reciban bien a (casi) nadie. 

A propósito de esta locura, nos dice Eckhart Tolle: «Esta disfunción colectiva […] está intrínsecamente conectada con la pérdida de conciencia del Ser, y forma la base de nuestra deshumanizada civilización industrial. Esta disfunción colectiva ha creado una civilización muy infeliz y extraordinariamente violenta que se ha convertido en una amenaza para sí misma y para todas las formas de vida del planeta».

El ser humano ha migrado desde el principio. Nacimos nómadas y fue la crisis climática del Holoceno, tras la última glaciación, la que nos hizo sedentarios. De eso hace diez mil años. Y aquí estamos, comiéndonos el mundo.

De los cuatro millones que éramos cuando nos dedicábamos a la caza y a la recolección, hemos pasado a ser ocho mil millones. Seguro que nuestros antepasados estaban en comunión con la Naturaleza. Cuesta imaginarlo. Nosotros. Ellos. Dos razas diferentes. 

Antes del desarrollo de la agricultura, los seres humanos en general no padecían enfermedades crónicas. Fue con la inclusión de los cereales en la dieta cuando se produjo una serie de consecuencias negativas sobre la salud, entre las que destacan reducciones de la estatura, disminución de la esperanza de vida, aumento de las enfermedades infecciosas, de la mortalidad infantil, deficiencias nutricionales, trastornos óseos y dolencias dentales.

Ellos vivían sin fronteras. Y a nosotros nos encantan. Desde entonces, el migrante ha vivido todo tipo de situaciones. Se ha integrado, ha conquistado, ha sido rechazado. Algunas culturas son muy hospitalarias. Otras, no aceptan a ningún forastero.  

Si hablamos de Occidente, hoy día se acepta de buen grado la diferencia cuando aparece tapizada de distinción, pero se la desprecia sin reservas si se manifiesta revestida de insignificancia. La diferencia se diluye cuando la persona que migra tiene un valor social. Ni el color ni la procedencia importan cuando se trata de integrar a un atleta, a un intelectual famoso, a un rico. 

Señores, el espectáculo está servido, pasen y tomen asiento, que esto acaba de empezar.

Foto: Quang Nguyen Vinh (Pexels)

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