≡

El cuerpo como ceremonia: sobre Los amantes de Mishima, de Ingrid Bringas 

Existe una forma de belleza que se conforma con ser contemplada, y otra que exige una prueba de existencia. Necesita del cuerpo, lo compromete. Imaginemos de color magenta al deseo y la destrucción en color naranja habitando el mismo espacio.  

Ahora piensen en una espada —ese objeto capaz de abrir la carne. 

Piensen ¿qué clase de amor necesita una espada para explicarse? 

En Los amantes de Mishima, de Ingrid Bringas, los cuerpos se buscan, se ofrecen, ensayan la delicadeza y el combate. Yukio Mishima, escritor japonés, fascinado por la belleza física, la disciplina y la muerte, quiso hacer de su propia existencia una obra en la que el pensamiento y el cuerpo dejaran contradecirse. El 25 de noviembre de 1970, después de entregar la última parte de El mar de la fertilidad, participó en una acción política y se quitó la vida mediante el seppuku —ritual históricamente asociado con la clase samurái. La acción consiste en un desentrañamiento.  

Tenía cuarenta y cinco años. 

¿Un hombre puede contener en su cuerpo la historia entera de una cultura? Mishima fue sus contradicciones, sus intereses políticos, sus ficciones, sus necesidades. En su nombre no encontramos un Japón detenido en el tiempo, sino un inventario de objetos e imágenes que la poesía vuelve extraños otra vez al entrar en contacto con el deseo: la katana, la máscara, el guerrero, la danza.  

Una espada corta / El lenguaje también. 

En Los amantes de Mishima, la palabra se desplaza, se acerca a la intimidad, al deseo, a las zonas del cuerpo que la otra mirada suele interpretar antes de conocer. En Bugaku —título que remite a una danza tradicional de la corte japonesa—, un cuerpo aparece dentro de una relación entre gesto, belleza y representación. Y en su primer verso de lee, “Pero los hombres de occidente no comprenderán”. ¿Cuántas formas de existencia quedan fuera de la vista porque se nos ha enseñado a asociar determinados cuerpos con determinadas conductas? 

Los cuerpos aquí no se dejan traducir con facilidad. Están hechos de deseo y de todas sus contradicciones y disciplinas pero también de aquello que no se consigue someter. En ellos, la identidad es una ceremonia que se repite, se corrige, se oculta. Una representación que puede protegernos y, al mismo tiempo, encerrarnos. Las máscaras me hacen pensar en esto. En el universo del libro pueden ser una forma de ocultamiento, pero también una manera de construir intimidad. 

 ¿Cuánto necesitamos ocultar para poder existir? Hoy también habitamos máscaras, aunque no siempre sean de madera, tela o maquillaje. Las construimos mediante las expectativas sociales y las imágenes que presentamos ante los demás.  

La máscara del guerrero. La del hombre invulnerable.  

Por eso creo que una de las maneras más fértiles de leer Los amantes de Mishima consiste en poner en relación sus imágenes con nuestro presente, sin borrar la distancia. Honor, lealtad, disciplina: palabras que pueden organizar una vida y también estrecharla. ¿En qué momento una convicción deja de orientarnos y exige nuestra destrucción? 

Quizá por eso la muerte ocupa un lugar tan inquietante en este universo. El Hagakure —tratado del siglo XVIII vinculado con el pensamiento samurái— reflexiona sobre la conciencia de la mortalidad como pensar en la muerte para aprender a vivir.  

La poesía contemporánea que recupera estos símbolos para someternos a otras preguntas.  

Y pienso entonces, que ningún cuerpo termina donde termina su forma. Y amar un cuerpo consiste, quizá, al menos en parte, en renunciar a la idea de poseer.  De contemplar.  

Salir de la versión móvil