Despedida tardía a un sueño transfronterizo

fondo de cultura economica, oficinas abandonadas

Durante años miraba esa casa y decía: “Yo quiero conocerla un día por dentro”.

En la esquina de esa zona junto al bulevar Agua Caliente, en Tijuana, esta ciudad joven tenía una de tantas mansiones reconocidas, la susodicha a pocos metros del Toreo ahora perdido bajo un centro comercial. Yo me fijé en ella únicamente porque me pareció bonita: pasto rodeándola, una puerta principal con entrada escalonada, tres pisos… Para entonces ya era escuela, y me daba curiosidad cómo adaptaron tal hogar a salones de preparatoria (luego me enteraría que también en secundaria), por lo que la única forma en que podría conocerla sería trabajando en su interior. Resulta que lo averiguaría en 2019 cuando las circunstancias me llevaron a la docencia en escuela privada, de donde me retiré tres años después (aunque desde entonces he vuelto algunos días, brevemente a cubrir).

Resulta que ese año también me acercaba a otra gran casa (que aún no conozco en su interior).

Desde niña, en la época en que la ciudad aún no se congestionaba tanto por el aumento de vehículos y personas ante vialidades insuficientes o en mal estado (vamos de mal en peor), mi padre cada que podía nos daba sus tours por zonas que le gustaban o tenían historia con él, entre ellas una donde se localiza el ZETA, periódico local e ícono investigativo, apareció otra de mis casas de ensueño. Como salida de una película invernal, con fachada en todos sus lados, chimenea, textura café oscuro gracias a los ladrillos… Una maravilla que constantemente me hizo decir “Yo quiero trabajar en el periódico para poder pasar siempre y admirar esa casa”.

Naturalmente, todos podemos tener ese sueño de conocer o ver lugares, pero esos dos coincidían con que la forma en que regularmente podría conocerlos era trabajando ahí o cerca de.

Mientras buscaba de qué manera liberar mi servicio social profesional que se viera bien, me nutriera, pero tampoco implicara afectar en demasiado mi calendario de vida, en 2016 decidí aplicar al Fondo de Cultura San Diego, proponiendo realizarlo en mis vacaciones. Esos dos meses me hicieron vivir la vida transfronteriza de tantos que a diario van de Tijuana a San Diego temprano, agarrando el ritmo preciso para que el tiempo de la garita peatonal permita tomar el transporte a tiempo.

La primera vez, sentí que podría perderme, pero Maps y los mapas del sistema de transporte me ayudaron. Aún así, al bajarme del camión, no estaba segura de encontrarme en la zona adecuada. Un cruce con casas a un lado y edificios pequeños tipo bodegones u oficinas random al otro; sí era en este último, hasta que llegué a un espacio que este año dejó de existir.

De mi legado en el Fondo no queda nada, pues el blog donde me tocó laborar hace años recibió un refresh intencional y muchas entradas (no sólo mías) desaparecieron. En mi librero están los libros que me traje con mi bono de cierre, el cual me permitió pasearme a conciencia por el almacén que tantas veces recurrí en mis labores de recomendaciones literarias para Elementary Schools y el Booktruck (un amplio foco de ventas, según me explicaban), y elegir algunos libros, con todo y que, ya conociendo el espacio, me abrumé y no tomé ejemplares que pude haberme llevado. Fotos, menos, pues atravesaba la transición a celulares con mayor resolución mientras el mío seguía el mismo, con la excepción de una que otra imagen que seguro anda perdida de mis evidencias del servicio.

La oficina de FCE USA, en San Diego, me hizo sentir por primera vez en mis años de licenciatura que quizás sabía hacia donde dirigirme en mi posterior camino laboral. En pocas palabras, me dije “Yo quiero trabajar ahí”. Quizás romantizando, sólo tantito, la rutina transfronteriza en la que hasta tuve la experiencia con un migra que me preguntara que cuál era mi propósito para cruzar (lo irónico es que ya estaba por terminar mi servicio cuando ocurrió, pero como me atendió dos días seguidos a la misma hora, me vio sospechoso, en especial porque yo nunca mentí a dónde iba, pero lo bueno que traía los libros del Fondo, y hasta revisó mi cel). Quizás me gustaba ese momento de quietud al bajarme del bus, por esas cuadras sin un alma a la vista, pero sí muchos pastos y la curiosidad de desvelar sus interiores, como el que apenas estaba averiguando en el servicio.

Esto no pasó por dos cosas: la primera, todos los trabajadores eran “emigrados”, teniendo aparte el permiso legal para trabajar ahí residiendo en Tijuana gracias al involucramiento federal, y yo naturalmente no lo era/soy; y la segunda, porque no quise alterar mi plan universitario cuando me sugirieron que llevado el momento, aplicara a la beca de intercambio de prácticas con ellos, pues al ser otro país ya ería intercambio internacional, y tendría más beneficios, con el bonus de no sufrirle por estar lejos de casa, manutención, etc. Sólo me arrepiento poquito de no haberlo hecho.

Cada que pasó por la librería del Fondo en el Centro Cultural Tijuana, me acuerdo del Fondo San Diego. Cada año, con la convocatorio de ensayo FCE, me acordaba de la sede estadounidense, mirando sus variaciones constantes entre mucho y poco contenido en redes. Por alguna razón, olvidé hacerlo el año pasado. Enterarme entonces mediante un video de Facebook de las cajas en una calle, con libros que luego Paco Ignacio Taibo II declaró casi casi desechables. Más allá de las pormenorizaciones sobre el caso, y la crónica de un cierre “anunciado” desde finales del año pasado, a mi mente llegó esa época del servicio, de ver al equipo de trabajo (puras mujeres y tres hombres: dos en almacén y uno, mi supervisor, en subdirección) en sus labores, de poder pasearme por el almacén ya inexistente, de esa rutina de cruzar y volver, de mi motivación por un trabajo acorde a mí.

Sí, definitivamente romantizo algo que pasé sin pena ni gloria más que la satisfacción de haberlo hecho, y que más allá de lo que la modernidad virtual denominaría “manifestación”, fue circunstancial, porque las posibilidades eran prácticamente nulas, como me lo recordaba LinkedIn, pero el conferirle sentidos personales a edificios o espacios resulta interesante a la distancia. O tal vez sí quiero manifestar algo.

Salir de la versión móvil